El año de la cabra

Albert Rivera, presidente del Gobierno

15.01.2016 | 14:44
Javier Orrico

Si a los partidos políticos constitucionalistas les interesara el futuro de España, que no es una abstracción, sino el bienestar de 48 millones de personas, más las consecuencias inevitables sobre el sueño europeo, ya estarían negociando un acuerdo sólido para frenar a los xenófobos separatistas y reconducir la reata de errores cometidos en los últimos cuarenta años en la articulación del Estado. Pero desde hace ya casi un mes, de lo único que se habla y se escribe en España, salvo contadas excepciones, es de qué les interesa a Rajoy, al PP, a Sánchez, al PSOE, a Ciudadanos y a Podemos. El desglose no es inocente. No creo, para empezar, que lo que le interese a Rajoy sea lo que interesa al PP, ni lo que conviene a Sánchez sea lo que conviene al PSOE. Y a partir de ahí, nada de lo que les beneficia a ninguno de ellos es lo que necesita España. Que lo que necesita es un poco más de patriotismo y un mucho menos de nacionalismos. Es decir, poner eso tan antiguo que es el bien común por encima de los taimados particularismos que siempre nos destrozaron, tanto los regionalistas xenófobos, como los partidistas o personalistas de sus cabecillas.

Lo primero habría de ser la dimisión de Rajoy. Su fracaso estrepitoso no puede seguir siendo disimulado por análisis más que interesados: ni cumplió el programa en lo que hubiera podido, es decir, en todo lo que no era política económica y no estaba condicionado por nuestra pertenencia al euro; ni hizo frente a los retos separatistas con verdadera convicción y concitando a los españoles frente a la más que posible ruptura del Estado; ni explicó nunca el porqué de los sacrificios a que debíamos someternos; ni afrontó las reformas regeneracionistas que habrían impedido los avances del chavo-iranismo de Podemos; ni reformó la Constitución en el sentido de reforzar la igualdad de los españoles, esa que hoy la extrema izquierda está presta a pulverizar para contentar a Cataluña y hacerse con el poder; y, como colofón, mantuvo una posición inasumible ante las más que sospechas de corrupción levantadas por el caso Bárcenas. El daño causado a su partido puede medirse: 63 escaños menos.

En segundo lugar, los socialistas deberían echar a Sánchez, que ha fracasado tanto como Rajoy, y a todos los barones que han pactado con Podemos y los han llevado, a ellos y a toda España, a algo peor que la ruina: el ridículo. Uno respeta a los revolucionarios verdaderos, que vengan y me digan que quieren implantar la dictadura del proletariado y fusilar burgueses. Pero no estoy dispuesto a soportar a giliburgueses que dicen que van a fusilarse a sí mismos, y que han dejado a la pobre revolución convertida en un desfile de Reyes Magos del orgullo gay y en ir en chándal al Congreso. No se lo merecen ni la revolución, ni los Magos, ni los chándales ni los gays. Y sobre todo, no se lo merecen ni los niños ni el Congreso, que algunos todavía recordamos el 23F y lo que significa el Congreso: la libertad.

Y hechas estas cosas, creo que se allanaría bastante el camino para llegar a un pacto más que necesario. No sé si saben que hay ya quien habla de que viene una crisis mucho peor que la anterior, porque esta vez caería con China y su deuda, tan enorme que no habría quien pudiera paliar su estallido. Y nosotros, aquí, jugando a las naciones de la Señorita Pepis y a los pactitos progresistas, que ya hay que tener cuajo para llamar progresista a Iglesias, el amiguito de las tiranías de Venezuela e Irán, y a toda la carcundia nacionalista, que no sólo son la Esquerra y Mas, sino todas las mareas que habitan Podemos.

No me parece, pues, que exista otra salida para enfrentar la situación interior, y la que puede avecinarse desde fuera, que un Gobierno de salvación nacional, en efecto. Y para evitar recelos y soslayar, por una vez, el cainismo hispano, un Gobierno presidido por Albert Rivera con una vicepresidencia del PP, que podría ser alguno de los jóvenes que no hayan tenido relación alguna con Bárcenas; y una vicepresidencia del PSOE, que, para evitar las facciones internas, tan dañinas en la malavenida ´familia´ socialista, podría recaer en algún viejo lobo, algún socialdemócrata sin ataduras con el zapaterismo, el verdadero origen de toda esta ruina.

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