Mirando hacia arriba

Verdaderos expertos

09.01.2016 | 04:00
Bahía de Portmán.

Según el diccionario: Experto es la persona que posee muchos conocimientos en un tema determinado, pero esta definición sería mucho más amplia. El experto debe tener, por un lado, unos conocimientos técnicos y científicos que le permitan contar con una visión y capacidad de situar cada caso dentro del contexto general, analizando sus particularidades, y por otro, una amplia experiencia sobre el terreno, lo que le confiere una autoridad absoluta dentro del contexto que le incumbe y que le permite tomar decisiones adaptadas a las circunstancias y al entorno.

En concreto, el experto en patrimonio debe poseer una formación y conocimientos en general y un profundo dominio del Patrimonio cultural. Por otro lado, debe tener experiencia dentro del sector del estudio y conservación de los bienes culturales, de modo que sus conclusiones se ajusten a la realidad desde los puntos de vista artístico, jurídico, económico, histórico, etcétera. Esto es lo que le convierte en un experto. Las actuaciones, de alguien que se quiera considerar experto en patrimonio cultural, deben desarrollarse en el estricto respeto a la independencia de juicio, al igual que en su propia honradez. Pero para obtener la consideración de experto, una persona debe haber desarrollado su actividad profesional dentro del sector de la cultura y sus resultados físicos, en actividades vinculadas a otros expertos. Debe ser principio básico del experto el estudio y la protección de nuestro patrimonio por encima de cualquier interés económico o comercial. Debe ser consciente que su actividad puede afectar al mantenimiento, por tanto, debe actuar en consecuencia, evitando poner en peligro la integridad de la obra de arte para complacer intereses particulares o sectarios. Aplicando en todo momento criterios objetivos. Es fundamental que el experto esté especializado en un tema, o excepcionalmente en más de uno, del que conocerá el máximo de detalles, la especialidad deberá ser lo más concreta posible para poder abarcar el máximo de conocimientos sobre la misma.

Llegar a ser un experto en algo, exige esfuerzo para la adquisición de saberes, capacidad para relacionarlos entre sí, independencia e integridad ética, larga experiencia profesional y profundo conocimiento del entorno. No debemos emplear el término experto para designar a la simple recopilación de datos, aunque sean de elevado interés. Banalizar el término experto es un gravísimo error, ya que desde la implícita seguridad se nos lanza a las movedizas arenas de la relatividad. Huyamos pues de la frase «los expertos dicen...», antes debemos saber cuáles son esos expertos y el bagaje profesional que asegure su condición. Importante es recalcar la imposibilidad de la autodesignación como experto, pues es imprescindible que sean otros técnicos del mismo nivel, previa y ampliamente reconocidos, los encargados de realizar tal denominación. Confiar en pseudo expertos equivaldría al suicidio patrimonial. Por tanto, debemos censurar, sin ningún tipo de dudas, a aquellos que sin base se auto proclaman como expertos. «El experto es alguien que conoce algunos de los peores errores que se pueden cometer en su especialidad, y cómo evitarlos». Werner Heisenberg, premio Nobel de física y creador de una de las bases de la Teoría Cuántica como es el Principio de la Incertidumbre. Sin duda, un verdadero experto. Es lo que debemos hacer, hacer caso a los que aprendieron de los errores para no repetirlos.

La bahía de Portmán ha sido durante décadas el ejemplo de degradación patrimonial, el cambio de la línea de costa debido al relleno de estériles provenientes de los procesos mineros, el expolio y la desaparición de restos arqueológicos y el posterior abandono de las instalaciones industriales y civiles, factores que han provocado un intenso cambio estético, acompañado de la irreparable pérdida de patrimonio. En este caso, la herencia recibida se encuentra gravada con una gran carga, y como en cualquier caso de procesos de transmisión de bienes, contamos con dos opciones, la primera sería no aceptar el legado, provocando, por consiguiente, la continuidad del proceso de degradación. O por el contrario, aceptar nuestra responsabilidad con generaciones futuras y actuar, claro está, de manera decidida y consensuada con todos los expertos de áreas diferentes implicados (arqueólogos, arquitectos, ingenieros, historiadores, biólogos, químicos, conservadores...).

La restitución de la línea original de la costa es el primer paso, pero debemos conservar los restos del olvidado patrimonio industrial, que si bien pudiera parecer carente de valor cultural es un bien de indispensable protección, pues la historia de la minería en nuestra Región ha sido determinante, visible, no sólo en los edificios residenciales construidos por la burguesía de la época, sino en nuestro patrimonio inmaterial. Creo que, como sociedad, ya hemos elegido la opción de recuperar y proteger nuestra herencia para legarla al futuro. Ahora habrá que trabajar, de manera coordinada, para que se puedan materializar una acertada decisión.

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