Mirando hacia arriba

LA MURALLA DEL MAR

02.01.2016 | 04:00
Isidro Pérez López

El problema con el mundo es que la gente inteligente está llenas de dudas. Mientras que la gente ignorante está llenas de certezas, dijo Charles Bukowsky. Esto no significa que el conocimiento paralice el progreso, sino que el saber expande la mente mediante la adquisición de nuevas ideas y amplios abanicos de puntos de vista. Consecuentemente se abandona el sectarismo, las visiones sesgadas de la realidad y los prejuicios. Pues es mucho más fácil comprender las diferentes posturas frente a un mismo problema.

La protección del patrimonio cultural es, por sí misma, un objetivo, esta debe ser el único rédito. Buscar algo más es, como poco, interesado, y posiblemente malogre el resultado. El placer de preservar lo nuestro debe ser la motivación, que conllevaría poder admirar el patrimonio testigo de nuestro pasado y disfrutar trabajando por el futuro.

Todo ello implica un cambio en la educación de las jóvenes generaciones, una manera nueva en la que prevalezca el gusto por lo bien hecho frente a la recompensa inmediata, una manera nueva en la que, desde muy pequeños, se cambie el concepto «la cultura es aburrida», añadiendo un componente divertido y lúdico. Los educadores son indispensables en este proceso, ya que poseen las herramientas didácticas necesarias. Pero no podemos cargar toda la responsabilidad de la educación sobre el personal docente, la familia es corresponsable de la transferencia de valores a los nuevos miembros de la sociedad, creando de esta manera, una sociedad comprometida. De igual manera las actitudes de los responsables administrativos, demostrando una sincera sensibilidad patrimonial, podría ser un ejemplo a seguir por todos.

Sin entrar en controversias, la conservación de la Muralla del Mar de Cartagena es a todas luces un acierto, el rebaje del nivel del terreno en su base nos desvela la verdadera magnitud de esta construcción defensiva, acercándonos, sin eliminar la marca dejada por el devenir de la historia en su entorno, al momento de su construcción. Es importante, no sólo por imagen sino por la conservación material, el constante mantenimiento de nuestra muralla, eliminando la vegetación que con sus raíces disgregan el sustrato base y provocan la degradación, aplicando, también, fungicidas con objeto de eliminar hongos y líquenes que alteran la lectura del monumento y meteorizan la piedra que lo conforman. Actuaciones que a primera vista pueden parecer costosas, a largo plazo ahorran intervenciones mucho más gravosas. Es mejor mantener que tener que restaurar.

Como ya he comentado en alguna ocasión, los criterios de actuación sobre un bien patrimonial deben cumplir con los dictados de las diferentes cartas sobre restauración y conservación. Pero, a pesar de la claridad de lo recogido en estos documentos, existe la posibilidad de múltiple interpretaciones. Probablemente es lo que ha sucedido en nuestro caso. Unos hubieran optado por mantener la balaustrada, otros la hubiesen desmontado para reintegrar el volumen original con materiales similares, y por último, solución adoptada de hecho, se decantaron por reintegrar volúmenes pero con materiales modernos. Todos esgrimen sólidas razones para defender sus respectivas posturas.

¿Cuál se puede considerar acertada? No me aventuraría a tomar partido por ninguna, ya que tiempo será el verdadero juez. Como se puede comprobar en la plaza de la Virgen de los Reyes de Sevilla, lugar en el que conviven, de manera armoniosa, edificios de muy distintas épocas, estilos y funciones. En ella podemos encontrar un minarete almohade del siglo XII, rematado con un campanario renacentista del siglo XVI, la Catedral de estilo gótico flámigero del siglo XV, la Capilla Real renacentista del siglo XVI, el Palacio Arzobispal de factura barroca del siglo XVIII, se completa el conjunto por edificios civiles y religiosos datados en un periodo de tiempo que abarca desde el siglo XVII al XIX.

Más ejemplos de simbiosis urbanística
Es claro que a ninguno se nos ocurriría pensar que se trata de un entorno degradado, muy al contrario, cada añadidura aporta mayor belleza y armonía. Lo curioso es que, amparados por la protección del patrimonio, hoy sería imposible repetir ese tipo de actuación. Evidentemente existen otros muchos ejemplos de esta simbiosis urbanística, la barroca Plaza de San Pedro en Roma, que cuenta en su centro con un obelisco egipcio o el Beauboug ubicado un la plaza Georges Pompidou de París, entre otros muchos.
No debemos perder patrimonio, no debemos guiarnos por modas, ni debemos frenar el progreso, tampoco debemos caer en la realización de pastiches historicistas, tenemos que ser prudentes en todo momento y consensuar con expertos de todas las disciplinas y de otros lugares las medidas a aplicar en cada caso. De este modo conjugaríamos respeto por nuestro pasado sin frenar el desarrollo.

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