Ida y vuelta

Un día en el aeropuerto

02.01.2016 | 12:54
Un día en el aeropuerto

Por circunstancias de la vida el otro día me tocó esperar diez horitas de nada en el aeropuerto. Fui a otra ciudad a hacer papeleos y burocracias varias y, tras acabar abducido por las mismas, tuve además que vivir el nunca suficientemente valorado placer de las esperas aeroportuarias. Diez horas. Te da tiempo a todo. A mí me fue bastante para comprarme un libro de García Márquez, Doce cuentos peregrinos, y leerme sus doscientas páginas del tirón. Antes era habitual ver a personas como yo, abandonadas a su suerte en las salas de espera, pegadas a la letra impresa. En aquel aeropuerto yo no vi a ningún otro lector. De libros, al menos. Con el móvil en la mano todos. Con un libro sólo yo. Y no exagero. Me paseé hasta el aburrimiento pasillo arriba, pasillo abajo. Y no vi a nadie más leyendo una novela, un ensayo, o siquiera una revista, o un periódico. Ni uno. Todos abducidos por la pantalla. Absortos en ella. Devorados por su resplandor. Chateando rodeados de personas, pero sin hablar con nadie más que con aquel que estuviera al otro lado de la red.

Lo de los móviles y el atontamiento generalizado no es nada nuevo. Algo deben tener los aparatitos que es ponernos a hacer cosas en uno y olvidarnos del mundo que nos rodea. A mí me impacta el cambio. En apenas unos pocos años se ha pasado de ver multitud de lectores, a no ver ni uno. Pueden leer desde los móviles. Es verdad. Pero casi nunca veo a nadie haciéndolo. Lo que todos hacen es chatear, o consultar redes sociales. Pero no leer. Así que te paseas por un aeropuerto y lo único que ves son zombis indiferentes a todo lo que no salga de su particular faro de Alejandría.

Además de leer, también comí en el aeropuerto. Comer en un aeropuerto es bastante más peligroso que viajar en un avión. Las posibilidades de muerte son sustancialmente más elevadas. En diez horas comí dos sándwiches (uno de pollo –extraño, carne amarilla–, otro de jamón y queso –indefinido el jamón, hipotético el queso–), dos empañadillas de pollo (hojaldre externo ardiendo, relleno pollil frío), dos cervezas (una sabía bien, servida en copa, fría, bebida en la barra de una auténticamente falsa barra de pub irlandés; la otra de lata, templada, burbujeante, transmisora de soledad como pocas cosas que me haya bebido en los últimos meses). Los precios del aeropuerto son igualmente motivo de controversia: ¿traen los productos en avión para que sean tan caros? ¿Cómo puede costar una botella de agua de medio litro tres euros? ¿La ha ido cogiendo el piloto de un Jumbo de las nubes según las cruzaba?

Lo que me encantó fueron las bandadas de azafatas. Todas del mismo color, con el mismo traje, sombrerito, corte de pelo y estatura. Las palomas del aeropuerto se suben en los aviones y sirven bebidas frías y calientes. Las ves yendo y viniendo de puerta de embarque a puerta de embarque. Enjambres de abejitas. Las metáforas son muchas y no todas afortunadas, pero ver media docena de mujeres iguales irrumpiendo entre risas y ruido de maletas rodantes en un espacio aséptico, frío y muerto como lo es toda sala de espera de un aeropuerto las merece. Uno al verlas se pregunta dónde dormirán esa noche. En qué ciudad. En qué hotel y en qué cama. ¿Serán ciertas las leyendas que sobre ellas se cuentan? Supongo que no. Pero no puedo verlas y no pensar en ellas.

Los pilotos. Después de las azafatas siempre aparecen los pilotos. No son tan interesantes como sus compañeras. Se dividen entre el de tres fideos y el de cuatro fideos. Sólo la manga de la camisa los diferencia. Supongo que el de cuatro es el que manda. Hoy en día también hay mujeres piloto y hombres azafata. Asistentes de vuelo, creo que los llaman ahora. Es lo que tiene la modernidad, que arrasa con los estereotipos, los roles tradicionales y las fantasías de los niños y las niñas. Antes las niñas querían ser azafatas. ¿Pero qué criatura de cinco años es capaz de decir que quiere ser asistente de vuelo?

Tal vez lo que más impresiona de un aeropuerto sea el silencio. Salvo cuando se produce un embarque, momento en el cual la megafonía primero, la muchedumbre en movimiento después y las llamadas a los rezagados en último lugar lo sacuden todo, un aeropuerto es lo más parecido que podemos encontrar a un cementerio. Hay muchísimas personas, pero parece que todas estén muertas. Siempre hay alguien corriendo porque llega tarde a su avión, como en un cementerio siempre hay alguien llorando a lágrima viva, pero, en general, el silencio y el sopor reinan entre los asistentes. No pasa sólo en los aeropuertos. En los bancos sucede igual. En las iglesias por supuesto. ¿Será la impresión ante el encuentro respectivo con dios, el dinero y la posibilidad de darnos un castañazo desde diez mil metros de altura? Quién sabe. La impresión o el aburrimiento. Todo puede ser, pero el silencio reina. Diez horas estuve en ese aeropuerto perdido y ni una sola voz oí más alta que otra.

Finalmente embarqué. Agotado de no hacer nada. Una hora de vuelo y llegué a mi destino. Lo bueno de los aeropuertos es que no son reales. Como si de burbujas idénticas unas a otras cualquiera que sea la parte del mundo donde se encuentren, nada de lo que pasa en ellos realmente pasa. Mis horas de espera fueron poco más que un sueño del que lo único que me queda es el libro que leí y esta columna que ahora escribo. Son una fantasía sin objeto ni sentido en la que esperamos con cara de tonto ascender a los cielos. Como la vida misma.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine