El Contenedor

Alzheimer y el pan nuestro

28.12.2015 | 04:00
Juan Bautista Sanz

Durante años, él, Miguel, ´el nene´, y ella, Mari, se dedicaron a hacer una gran familia numerosa y a levantar una de las panaderías de La Alberca. Madrugada tras madrugada, hornada tras hornada. Cuando el objetivo estaba cumplido, ella cayó en ese olvido canalla de una enfermedad misteriosa, el alzhéimer; y no la califico así porque la ciencia no conozca de ella, sino que nosotros, los demás, poco comprendemos de lo que pasa en las personas que queremos y que, poco a poco, las vemos marchar sin remedio, en una vaga ausencia de la memoria.

Miguel tiene un comportamiento ejemplar con ella; camina a su paso; la alimenta con su mano, cual pajarito sin plumar, sin haber perdido, que yo sepa, la sonrisa. La abriga en la noche y le imagino, en soledad, combatiendo la tristeza que sufre sin dar más cuenta que a su propia alma.

Miguel dice que le debe a ella toda esa atención mientras repunta el ánimo conmigo en un fraternal aperitivo, tan emotivo como frecuente.

Liviano, un quinto y un bocado. Es una pausa en su hermoso oficio de esposo y de panadero que, aunque jubilado, sigue ejerciendo en apoyo a sus hijos.

A mí me gusta llamarle Miguel porque me recuerda al poeta de Orihuela que componía versos en una tahona, la de su amigo Carlos Fenoll con olor a pan recién hecho, con color de harina blanca. Los hermanos del poeta mineral también fueron panaderos y panadero fue el gran Alberto Sánchez, que hizo de la escultura una plegaria hacia la gente noble y humilde. Yo veo todo eso en Miguel cuando le observo ahuyentando su pena, ilusionándonos con comernos un conejo frito con tomate cualquier noche de estas, al amparo de Victoria y Paco; pieza que nos han de traer de La Murta, por encargo expreso y en cuya fuente, podremos sopar de su pan, que cocerá ese día con infinito amor de amistad, de forma especial. Si es que el pan nuestro no es siempre el mismo, primor de fe en el ser humano.

A Miguel no le conozco destemplanza ni desánimo; nunca trasluce el drama que debe agotarle cada día. Respira paz, que es un regalo del mismo que le mandó la dosis de desaliento. Es una historia cotidiana. Frecuente. Siempre admirable mirándole las aristas a la tragedia. Si ahora viene el tiempo de los hombres de buena voluntad, viene el tiempo de Miguel y su grandeza de hombre bueno. De tantos y tantos como él, como ella; a ese lado del laberinto y el vértigo; a aquel lado de la realidad y el sueño. Creciente de todos los días, de todas las noches abiertas al desconsuelo; sin desesperanza, porque tratar con el pan „he llegado a esa conclusión„ nos trae serenidad al alma.

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