Mirando hacia arriba

Legado, no una herencia

19.12.2015 | 04:00
Legado, no una herencia

Si pensamos en el patrimonio cultural que ha llegado hasta nosotros como una herencia de nuestros antepasados lo estaremos, implícitamente, poniendo en peligro, pues ¿cuántas herencias sobreviven al heredero? Debemos cambiar, es necesario que reconozcamos nuestro patrimonio como un legado que todos tenemos la obligación de transmitir a nuestros descendientes. Ésta, pienso yo, sería la actitud acertada para ayudar a la conservación.

Por otro lado, es necesario saber que no sólo debemos transmitir el legado patrimonial, también hay que saber respetarlo, mediante la aplicación de un conjunto de criterios que engloban; una objetiva lectura de la historia, el análisis de la evolución cultural, el estudio de las teorías de conservación, la observación del medio físico, la interface ciudadano-entorno, cuál es el grado de influencia existente con otras comunidades cercanas y qué tipo de relación existen entre éstas.

Que la cultura de un pueblo sea determinante en los desarrollos artísticos de éste, es sin duda indiscutible. Pero debemos huir del provincialismo excluyente, ya que es necesario reconocer que siempre han existido influencias de otras culturas externas a la propia. Influencias siempre enriquecedoras, que filtradas por el tamiz de la identidad común, aportan un valor añadido a nuestro acervo cultural. Negar la mayor, al contrario de hacernos mejores y diferentes, no llevaría a la pobreza moral y por tanto a la pobreza patrimonial.

No debemos confundir el diferente desarrollo cultural de una población humana con la supremacía de ésta sobre cualquier otra. Debemos hacer un esfuerzo de humildad y, aunque apreciemos lo nuestro, reconocer el valor del patrimonio ajeno. Pensar que somos mejores que los demás provoca la incapacidad para el aprendizaje y por tanto la imposibilidad del propio desarrollo.

Apreciar nuestro patrimonio, proteger nuestro legado, aceptar influencias sin perder nuestra personalidad, no perder la capacidad de aprendizaje y hacer todo esto de una manera natural, sin ambages, sin exageraciones, es tarea difícil, pero creo que no es imposible. Para realizar tal tarea solo hace falta buena voluntad, desprenderse de prejuicios y del elitismo intelectual que implica una falsa superioridad que alza barreras. Según Albert Einstein: «Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas». La única manera de salvar nuestra falta de conocimientos es ser consciente de esta carencia.

Inadvertido y singular ejemplo de conservación en Cartagena es la calle Villamartín. No sé por qué motivo, pero es una de las pocas calles que han atravesado, con dignidad, la prueba del tiempo. Posiblemente su supervivencia se ha basado, a pesar de encontrarse en el modificado casco histórico, en no ser una calle especialmente transitada, conservando de este modo, no sólo su aspecto, sino también su función. De un lado, el imponente edificio de la Capitanía General, del otro, tres edificios, de diferentes fábricas, pero de armónicas formas. El trazado de la calle también es peculiar, en forma de L, pero esta singularidad provoca que desde la plaza de San Sebastián las líneas de fuga se estrellen contra la pared del fondo, perteneciente al conjunto de la Capitanía General, pared que cuenta con un curioso vano en forma de óvalo, que funciona como punto de fuga.

Como en los grandes decorados operísticos, se pude apreciar la perspectiva forzada, consecuencia de la decreciente altura de las edificaciones civiles, que si bien comienzan siendo bastante más altas que el edificio histórico al que se enfrentan, al final del primer tramo quedan igualadas sus alturas. Es aconsejable, con el objeto de apreciar la verdadera magnitud de la vía, situarse a unos metros, frente al arranque de ésta, lugar en el que abarcamos las fachadas de las dos construcciones que funcionan a modo de gran marco.

La modificación de alturas de los edificios o la sustitución de estos por otros de nueva factura cambiarían, de manera irreversible, el carácter de la calle y por simpatía el de la ciudad de la que forma parte. Está claro que la evolución es deseable, que las influencias externas enriquecen, pero hay que determinar los cambios que pueden servir para nuestro progreso y cuáles para la involución. Conceptos y necesidades ya se recogidos en el preámbulo de la Carta de Cracovia de 2001, documento que con claridad incluye que «cada comunidad, teniendo en cuenta su memoria colectiva y consciente de su pasado, es responsable de la identificación, así como de la gestión de su patrimonio. Los elementos individuales de este patrimonio son portadores de muchos valores, los cuales pueden cambiar en el tiempo. Esta variabilidad de valores específicos en los elementos define la particularidad de cada patrimonio. A causa de este proceso de cambio, cada comunidad desarrolla una conciencia y un conocimiento de la necesidad de cuidar los valores propios de su patrimonio». QED.

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