Desde mi pecera

Si hay nubarrones, coge un paraguas

16.12.2015 | 04:00
Juan Antonio Megías

El otro día me di de baja en Facebook. Bueno, realmente no lo hice, entre otras cosas porque no sé cómo hacerlo. Lo que hice fue anunciar que lo dejaba, desconectarme yo mismo y dejar que la red siguiera su curso. A los pocos días, la curiosidad que mató al gato me hizo abrir la página para echar un vistazo. Y lo que encontré me sorprendió. Muchas personas, muchas más de las que pensaba, me habían escrito su comentario lamentando ´perderme de vista´ a mí y a mis citas. Últimamente tenía por costumbre despedir el día con un cita de Tagore bajo el poético título de Medianoche, y saludarlo con otra que bauticé Amanecer. Por lo que supe al conectarme, mis citas de Tagore, así como mis comentarios irónicos de otros tiempos, tenían más amantes que detractores. Encontré a mucha gente que encontraba en las citas de Tagore un mensaje de paz o de estímulo, un bálsamo con el que aliviar sus temores o sus frustraciones. Exactamente lo que a mí me ocurría.

Y es que la palabra hecha belleza de Tagore, sus pensamientos dulcemente expresados, su sencilla filosofía de la vida, su delectación en las cosas más simples, además de conmover sentimientos y afectos universales, causan como una especie de regresión al amor primero, al que siente un niño por un cachorrillo, por un objeto que brilla, por el juego constante del agua.

Hoy se nos previene de la adicción a las redes sociales. Y hay mucho de verdad en el peligro de quedar prendidos en ellas, pero también mucho de injusto. Las redes enganchan porque el hombre necesita relacionarse con el hombre, como antes lo hacía en la tertulia lánguida de un casino o mediante cartas primorosamente escritas o, habida cuenta de que las distancias eran en ocasiones casi insalvables, en encuentros personales muy de cuando en cuando. Hoy el mundo gira vertiginosamente y apenas hay tiempo para hablar y casi ninguno para sentarse a escribir una carta, de tal suerte que las redes ha venido a rellenar ese hueco.

La culpa no es de las redes, créanme, sino de la velocidad mareante con la que transitamos por la vida. Si fuéramos más despacio, si las tardes volvieran a ser largas y cansinas, con horas y horas que rellenar de conversaciones y encuentros, si hubiera tiempo ganado al torbellino en que hemos convertido la vida, si encontráramos un momento para escribir una carta de amor o de amistad vieja, si esperáramos con impaciencia a que llegara el día de volver a ver al amigo para hablar de todo un poco, entonces las redes serías como aquellos telegramas que contenían un mensaje que no podía esperar al lento traqueteo del tren correo.

También sirven las redes para estar informado de multitud de cosas, si bien la mayoría de ellas resultan insustanciales e innecesarias aunque divertidas. Pero si lo que uno quiere es estar formado, antes que informado, lo mejor es no acudir a las redes sino al viejo libro. El conocimiento requiere tiempo para asentarse y una cierta pausa para su asimilación. Es la verdad de los libros la que te hace libre, la que te proporciona ese pensamiento crítico e independiente que nos permite ser actores y no simples espectadores de la vida.

Si me permiten el consejo, disfruten de las redes en lo que valen, úsenlas y escojan lo que más les guste, relaciónense a través de ellas, y beban de sus fuentes. Pero, de vez en cuando, abran un libro y lean pausadamente y, si todavía recuerdan en qué consiste, escriban una carta, a mano si es posible, y hablen de lo suyo. Verán que, a diferencia de las redes, tienen tiempo para pensar en lo que dicen.

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