La escalera

Nuestros derechos y libertades

15.12.2015 | 04:00
Nuestros derechos y libertades

El 10 de diciembre se ha celebrado, como cada año, el Día Internacional de los Derechos Humanos, con la particularidad de que este año la celebración, bajo el lema «Nuestros derechos. Nuestras libertades. Siempre», no se queda en un día sino que se hace extensiva a todo un año, en conmemoración de los dos Pactos Internacionales adoptados por la Asamblea General de la ONU. Uno de los actos se refiere a los derechos económicos, sociales y culturales; el otro, a los derechos civiles y políticos.

A nosotros, la celebración del día 10 nos ha pillado en plena batalla electoral. Habría sido una ocasión estupenda para que los participantes en la contienda o, al menos, alguno de ellos, se refiriera a los derechos humanos; sin embargo, yo no he oído ni una sola alusión. No es un tema de actualidad. Pero lo peor de todo es que nunca lo ha sido.

De la Declaración Universal de los Derechos Humanos lo sabemos todo. Sabemos que tiene sus antecedentes en la idea de un derecho 'natural' del ser humano que los pensadores contractualistas ingleses empezaron a proclamar en el siglo XVII. Sabemos que de esta idea se hizo eco la Revolución Francesa dándole una difusión que la Revolución Gloriosa no le dio. A principios del siglo XX diversos tratados reconocieron derechos 'humanos' antes de que la Declaración actual fuera aprobada por la Asamblea General de la ONU en 1948. Sabemos también que los Pactos Internacionales que este año se conmemoran se aprobaron en el año 1966. En definitiva, de la Declaración de los Derechos Humanos lo conocemos todo, porque tiene historia. Sin embargo, mientras que la Declaración tiene historia, los Derechos Humanos carecen de ella, por la simple razón de que nunca se han aplicado.

Los Derechos Humanos representan un horizonte ético que parte de una concepción no solo optimista sino idealizada del ser humano, al que entiende como un ser que posee un elemento diferenciador que lo hace distinto del resto de los seres vivos. Antes, a ese elemento se le llamaba alma, ahora ha dejado de tener nombre, pero se sigue contando con él. Tal vez de ese error de inmodestia se derivan muchos males, todos ellos relacionados con nuestra incapacidad para cumplir aquello que somos capaces de formular.

Para dar un toque de actualidad, conviene recordar que las libertades que se recogen en el lema de este año se refieren a la libertad de expresión, a la de culto, a la que se deriva de vivir libres de miseria y a la que se deriva de vivir sin miedo. También conviene recordar que la no discriminación se reivindica como 'principio transversal' necesariamente complementario al principio de igualdad.

Lo que se nos dice es que tenemos derecho a expresarnos libremente, sin miedo a que se nos condene o se nos castigue por ello y que la miseria o el miedo no deben ser un obstáculo para la libertad. Nada menos, teniendo en cuenta que la miseria, como el miedo, tiene muchos rostros.

El contraste entre los derechos y la realidad que vivimos causa pavor, sobre todo si miramos más allá de nuestras fronteras o en nuestras fronteras. Si miramos lo que hacemos o, mejor dicho, lo que se hace en nuestro nombre, comprobaremos que el único 'principio transversal' es el de la discriminación. Pero incluso, si miramos más cerca, a esta realidad que no nos espanta porque está envuelta en el bonito papel del consumo, a esta realidad que, no solo en la campaña electoral, un partido como el PP nos quiere ocultar, nos topamos con la libertad de expresión amordazada; con la corrupción entendida como derecho de cuna; con la precariedad, tan cercana a la miseria, implantada como único derecho laboral; con la discriminación contra las mujeres bajo su peor forma, la violencia de género, convertida de hecho en un derecho social porque no se sabe o que no se quiere combatir e incluso en algún caso, como en el de Ciudadanos, porque ni se quiere reconocer.
Ningún partido político nos va a conducir a un paraíso en el que los Derechos Humanos sean una realidad, pero sería bueno que alguno pudiera contribuir a que empiecen a tener historia, al menos en este país. Poder se puede, lo que falta es que nos dejen.

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