Ida y vuelta

Los pequeños detalles

05.12.2015 | 01:10
Los pequeños detalles

Qué es lo que hace que un país se desarrolle o sea un desastre? Muchas son las teorías. Que si las instituciones políticas, que si el clima y la geografía, que si la riqueza natural y la ubicación, que si la religión y el carácter? Los hay, incluso y como es tristemente sabido, que no se les ocurre nada mejor que proponer que la raza, como si los seres humanos fuéramos perros y gatos y no criaturas racionales.

Yo, desde estas líneas y con el ánimo de reforma social (y un poco también el de broma) que siempre dirige mis reflexiones, propongo que lo que realmente hace que un país prospere o se pegue el castañazo son las pequeñas cosas. Nada de política, religión, cultura, clima o raza. Eso son tonterías. Lo que hace que Dinamarca vaya disparada y en Somalia te disparen (chiste horrible) son los pequeños detalles. ¿Cuáles? Permítanme destacar tres que creo ilustran perfectamente la idiosincrasia de cada pueblo: la forma de conducir, el respeto al derecho ajeno al silencio y la forma de hacer cola en el supermercado.

Empecemos por la primera. ¿Cómo diría usted que conducen sus amigos, sus vecinos, sus compatriotas, o usted mismo? No afirmo que exista una relación causa-efecto entre conducir bien o mal y que tu país vaya bien o mal. Sin embargo, sí que considero que un país con ciudadanos solidarios, respetuosos con la ley, civilizados y pacíficos irá mejor que otro con habitantes egoístas, burladores de la ley, incivilizados y agresivos. Y en pocos sitios se visualiza mejor esta diferencia que en nuestras calles y carreteras desde detrás de un volante. Yo, por ejemplo, vivo en un rincón encantador del planeta en el que es habitual observar situaciones que ni en la carrera de cuadrigas de Ben-Hur: taxis haciendo slalom kamikaze sin cinturón de seguridad (no porque no te lo pongas, sino porque no hay), autobuses estilo Mad Max yendo en dirección contraria, decisiones sobre la prioridad vial basadas en el tamaño de tu vehículo? Una maravilla. Sé de unos amigos que sufrieron un ataque de pánico en un trayecto de 500 metros en línea recta. Subieron al bus siendo gente feliz y bajaron convertidos en protagonistas de película de terror. ¿Quién demonios puede pensar que un país con semejantes costumbres viales será nunca un lugar desarrollado? Si se comportan así para ir al trabajo, imagínenlos una vez en él.

Segundo punto. El respeto al derecho ajeno al silencio. En una columna anterior ya expliqué mis experiencias con loros psicópatas y fiestas ruidosas e inacabables. Recuerdo otra ocasión en Bruselas en el que el autobús en el que iba quedó cruzado en medio de una calle por una equivocada maniobra del conductor. Se armó un atasco de cuidado. ¿Alguien pitó protestando? Ni uno. Imaginen eso en nuestra soleada España. No hablemos de la tierra de mi amigo el loro. ¿Si no respetas el derecho al sueño de tu vecino porque te consideras legitimado para armar un carajal nocturno en nombre de que es el cumpleaños de la niña o el santo del primo, actuarás civilizadamente en la vida pública, seleccionarás a los candidatos más capaces, optarás por las propuestas políticas más sensatas? Permítanme dudarlo. Un sujeto al que le da igual que su vecino pueda dormir en paz es un sujeto al que le darán igual las desigualdades sociales, los crímenes, la corrupción y, en general, todo lo que socaba un país. Salvo que le toque a él, claro.

Tercera cuestión. Las colas del supermercado. Disculpe, es que me olvidé la mortadela y le pedí a este señor que me guardara el sitio. Y donde no había nadie y creías que ya era tu turno aparece un señor con un carrito con mil cosas. Permiso, permiso, ¿me deja llegar junto a mi marido? Y donde sólo había un señor con una fanta, ahora hay un matrimonio cuya componente femenina dejó al marido guardándole el sitio para incorporarse después con un carro hasta arriba. Oiga que tengo prisa. Y el cajero te mira con cara de fumarse un puro. Historias de cola de supermercado. En ellas se ve quién es quién. ¿Creen que no? Donde yo vivo existe la costumbre de no llenarse uno mismo las bolsas. Se asume como normal que el cajero te las llenará él. Con lo que es habitual que haya una cola salvaje y que el tipo al que están atendiendo ni se moleste en colaborar en el llenado de sus bolsas para así aligerar un poco. Nada. Pasando olímpicamente. ¿No tenemos dinero? Pues que nos sirvan. Claro, una sociedad que en nombre de la vanidad de que te llenen las bolsas ignora las incomodidades generadas a sus conciudadanos, ¿se preocupará de otras cosas? En Canadá se llenan las bolsas a sí mismos. ¿He estado alguna vez en Canadá? Nunca. Pero estoy seguro que se llenan las bolsas a sí mismos.

Con lo que son los pequeños detalles los que determinan el nivel de desarrollo de un país. Uno en el que se conduzca en modo apocalipsis zombi, en el que se desprecie el derecho ajeno al silencio y en el que el personal no sea capaz de llenar sus propias bolsas del supermercado está condenado al subdesarrollo. He dicho. Ya puede tener la mejor Constitución del mundo, riquezas naturales sin fin y una población con ganas de trabajar y prosperar, que si te saltas los stop, te saltarás los impuestos; si maltratas los oídos del vecino, maltratarás la democracia; y si no eres cívico en la cola del súper, no lo serás en ningún sitio.

Ahora que vengan Montesquieu, Weber y otros ínclitos a llevarme la contraria. Qué sabrán ellos. Seguro que eran tan tontos que respetaban las normas de tráfico, se callaban por no molestar a los vecinos y guardaban la cola del supermercado.

Menudos pringados.

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