La alambrada

Casi todos nosotros llevamos en los ojos las imágenes del dolor; las alambradas y tras ellas y los espinos dispuestos para abrir heridas, las criaturas deportadas, en espera de ejecución de los campos de concentración nazis

29.11.2015 | 04:00
Juan Bautista Sanz

Casi todos nosotros llevamos en los ojos las imágenes del dolor; las alambradas y tras ellas y los espinos dispuestos para abrir heridas, las criaturas deportadas, en espera de ejecución de los campos de concentración nazis. Un suceso en la historia del siglo XX que debe avergonzar la conciencia del ser humano. Las pobres telas a rayas, como uniformes míseros, no son esos pijamas „el pijama es otra cosa„, es la vertical y la línea textil de la angustia y la degradación.

Cuando joven me encontré el primer testimonio gráfico que caía en mis manos de los campos de concentración alemanes; un libro de fotografías desesperadas y un título estremecedor. Deportación. Fue un impacto para mí. Un mal sueño y en él el pueblo judío inmerso en la persecución y aniquilación total.

Se ha presentado un libro en Murcia que pretende la didáctica de la conciencia para acercarla a las nuevas generaciones. Lo que hace de sus páginas un necesario evento editorial. Su título: Experiencia totalitaria, resistencia y testimonio de Bonhoeffer a Kertész, escrito por estudiosos de esta temática histórica que aún sangra. Sus autores: Carmen González Martínez, Dámaso Eslava García, Fuensanta Pérez Mengual, José Antonio Fernández López y Ángel Prior Olmos, este último ejerce también de editor para un producto de la Universidad de Murcia.

Son unas páginas justas en su medida y reflexión; arrepentidas y acusadoras de la historia, documentales del ejercicio bárbaro del conflicto mental del ser en guerra con su bestia; en exaltación de ella que vive dentro de él y sus entrañas sin abrasar siquiera su espíritu. El humano como carnicero de sus semejantes. No hay más que volver, una dolorida vez más, sobre los esqueletos todavía vivos de las víctimas de aquella ignominia histórica, de aquella página mísera del siglo que pareciera caminar civilizado, para darse cuenta de la imperiosa obligación de todos de hacerle un hueco en el alma a la denuncia permanente.

Puede que sea, en el mejor de los casos, un brindis para la restauración moral de la humanidad, sin olvidar nunca el trance que nos llevó a Europa al crimen y holocausto de uno o varios pueblos perseguidos hasta agotarlos en las cámaras de gas y sepultarlos en trincheras de amargura terrena y moral; hacinamiento de seres ya inexistentes para la vida en su brutal enterramiento y calcinación. La brutalidad, el genocidio al descubierto.

Está bien este recuerdo y esta advertencia, esta difusión y esencia de las mejores intenciones para el conocimiento de los que vivieron la experiencia, como una novela negra contada, cuando se trata de testimonio y realidad.

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