Tribuna Libre

Un relato inverosimil, irreal

25.11.2015 | 04:00
José Luis Romero de Jódar

Cuando Joel Escull renunció a la secretaría general del mayor sindicato de Cataluña, lo hizo convencido de que los popes que lo habían apoyado durante seis años no rendirían las banderas ante aquella gente extraña antisistema que quería destruir la organización.

Ya en las revistas de Ruedo Ibérico, en los años sesenta, se hablaba de los mismos popes, a los que ahora Escull decía adiós, más jóvenes y arrojados, que lucharon contra la dictadura, sufrieron cárcel y destierro. Héroes de una época que merecen pasar a la Historia con mayúscula.
El abandono de Escull no supuso, sin embargo, un acuerdo entre las sensibilidades presentes en federaciones y secciones sindicales, ni acuerdo en el reparto de secretarías, pues ese no era el problema. Para los ´antisistema´ el problema era la forma de entender el sindicato y de relacionarse con la sociedad.

La Confederación decidió disolver la Ejecutiva y nombrar una gestora que pilotara al sindicato hasta la celebración de un congreso extraordinario. Para tal fin nombró a tres personas que representaban a la Confederación (Pedro Cascales, murciano de las tierras del Noroeste; Alejandro Mariñas, de Ourense, y Santos Batallador, miembro de la Confederación, madrileño él), otros tres que apoyaron en su momento a Joel escull y tres más que representaban a los antisistema, a la gente nueva que se había abierto paso en la estructura sindical.

Desde un principio, los pacificadores llegados de tierras lejanas manifestaron su neutralidad ante la decisión de la afiliación catalana. Serían los afiliados los que tendrían la última palabra. Lógicamente, Cascales, Mariñas y Batallador buscaron el acuerdo, o al menos afirmaron que su labor era conseguir un acuerdo que serenara las tempestuosas aguas de allende el Ebro.

Surgen dos aspirantes. David Pagarolas, de la cuerda de Joel Escull, que daba por hecha la victoria del continuismo y Joan Garcés, que encabezaba a los ´antisistema´ que siempre dudaron de la imparcialidad de los confederales, pero consideraban que tenían mayoría suficiente como para sortear los obstáculos que iban surgiendo en el camino.

El congreso extraordinario se celebró un día de noviembre en Esplugues. Muchos delegados llegaron en tranvía, otros en coche particular, pues el AVE no funcionaba ese día. Los resultados estaban muy ajustados, la diferencia no sería más de dos o tres votos a favor de una candidatura sobre la otra. Los votos estaban contados y recontados, también la del topo que había superado tres votaciones y que seguía emboscado en la candidatura de Joan Garcés, a la espera de consumar su metamorfosis. Garcés era consciente de que tenía mayoría a pesar del emboscado.

Durante toda la mañana se palpó la tensión en la abarrotada sala de congresos de Esplugues. Las miradas desafiantes eran constantes. Los participantes emitieron voto secreto para decidir el número de miembros de la Comisión Ejecutiva. Esto era novedoso, siempre se habían votado estas cuestiones organizativas a mano alzada. Fue la primera sorpresa: los miembros de la Confederación votaron. En ese momento se calculó el resultado: la propuesta de David Pagarolas, hasta entonces con menos delegados, ganaría la votación. A sus seguidores sumaron el voto del emboscado en la candidatura de Garcés más los votos de Cascales, Mariñas y Batallador.

Desde ese momento, Joan Garcés supo que perdería el congreso aunque todavía había delegados que afirmaban que los confederales no podrían votar para elegir secretario general y Comisión Ejecutiva. Había resoluciones que así lo afirmaban. Pero Santos Batallador decía: «No es lo mismo, no es lo mismo».

La expectación fue en aumento cuando terminaron de votar los delegados y les tocó el turno a los miembros de la Mesa del Congreso, donde estaban los confederales. Surgieron los gritos de «tongo, tongo» y voces aisladas que expresaban en voz alta su incredulidad y vergüenza ante lo que se estaba desarrollando en la sala. El resultado dio la victoria a David, sacó dos votos más que Joan. Los seguidores de este último abandonaron la sala indignados mientras que los de Pagarolas se felicitaban. Los votos de Cascales, Mariñas y Batallador, tres personas de fuera de Cataluña, dieron un vuelco al resultado. Se dice que el secretario general de la Confederación comentó: «Soy consciente de que esto no ha acabado aquí, pero así es la vida, los muchachos han hecho lo correcto».

Nota. Este es un relato inverosímil, irreal. ¿Alguien puede imaginar que un murciano, un gallego y un madrileño puedan imponer a un secretario general en Cataluña? Imposible. Pero la Región de Murcia es otra cosa. Y a eso le llaman democracia, voluntad de los afiliados. Immanuel Wallerstein desarrolló el modelo de sistema-mundo. Centro, periferia y arena marginal. Al parecer hay gente que nos considera arena marginal.

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