El contenedor

Paqui y Paco

23.11.2015 | 04:00

No daré más pistas de sus apellidos, por no dar pista a la delincuencia de cualquier estilo. Buena gente, muy buena gente, bellísima. Él le dijo a ella con las paredes vacías de su casa. «Quieres un visón o un Cantón»; desde ese momento, inicial de una pinacoteca magnífica, en ella existe un paisaje de la Chanca almeriense de Miguel Cantón Checa, al que conocí muy bien; uno de los brillantes del movimiento indaliano. Paco traspasó, hace muchos años, la frágil frontera de Murcia con Andalucía; él es almeriense, ella murciana. Gurullos se cocinan allá, gurullos cocinamos acá de la línea invisible. Al entrar en su casa te das de frente con un cuadro; todos los que la visitan y saben de pintura un mínimo, en la segunda mirada, los ojos se van a la firma. Paqui enseguida, atenta, aclara: «No es Zabaleta, es Perceval». No debe ser la primera vez que pone acento en el impacto. Pero podría ser del maestro de Quesada; en un sillón de la casa de Almería del cabeza del movimiento indaliano, Jesús de Perceval, a Zabaleta le dieron las últimas angustias de la antesala de la muerte.

La colección de pintura es hermosa en su conjunto, nada localista. Lo justo, quizá con alguna ausencia que solo percibimos hilando mucho, algunos. Los conocí, me conocieron, en los setenta y después de mí contactaron con Rodríguez Sahagún ¡lo que les faltaba!. Y así se configuró la línea que seguirían en lo sucesivo. La Escuela de Madrid, de París, Murcia y Almería. Y Molina Sánchez, el pintor amigo, del que guardan un museo. Tienen buena memoria, me recuerdan los cuadros que les vendí, que les cambié, no me guardan rencor por ninguna transacción, creo que al contrario; afecto por haberles contagiado una pasión pacífica.

Redondelas preciosos, el último Guijarro que llegó a comprarme a última hora, con la exposición vendida. No es ninguna bagatela, cuelgan Cossio, Peinado bien pintado, Úbeda. Un día de aquellos me trajeron un Vázquez Díaz para que opinara, aún no lo tengo claro después de cuarenta años. Hay cuadros que no descubren nunca su misterio. Luces de Andrés Conejo, de María Antonia Dans o Álvaro Delgado, paisajes de Luarca del maestro; piezas pequeñas y grandes; las paredes cubiertas desde el rodapié. Y algunos armarios llenos. Trescientas obras; una vida de satisfacciones coleccionistas. Aquel García-Ochoa de mi exposición de acuarelas del maestro.

Hacía tiempo que no nos veíamos aunque ellos sabían de mí y yo de ellos; lástima que se hayan jubilado y no continúen en la compra. Y una cosa entrañable para mí, son de los pocos que me llaman Juanito y yo voy y me emociono entre tanta belleza y tanta vida pasada acomodando y compartiendo el fuego y el humo de una pasión.

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