Pasado a limpio

En el nombre de qué dios

23.11.2015 | 04:00
En el nombre de qué dios

"Cierto es que las muertes de inocentes son tan lamentables aquí como en cualquier otro extremo del mundo, pero este es un atentado contra mi civilización, mi cultura, mis valores, contra los símbolos de mi democracia, y esto incluye al país vecino que es también miembro de la unión de países a la que pertenezco"

El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace descansar. El Salmo de David muestra la fe del hombre antiguo, pero también al Dios de un pueblo, excluyente de otras culturas y otros dioses. Las tres grandes religiones monoteístas, las del 'Libro', tienen un mismo dios, llámese Yahvé, Jehová, Dios o Alá. Ni la Biblia ni el Corán pronuncian su nombre. Cuando Moisés le pregunta, dice «soy el que soy», así que no hay forma de llamarlo, sino con un genérico, que en nuestro caso viene derivado de Zeus. La religión está en el origen de todo. Del padre del Olimpo viene Ius-piter, y con él, el 'ius', el Derecho de los romanos. El portador del rayo también nos trae la luz, pero en su aspecto más paternal es un dios jovial, porque es juvenil, además de justo, términos derivados de la misma raíz etimológica.

Supongamos por un momento que Dios no existe. Nuestro mundo tal como lo conocemos no dejaría de ser, pero todo lo que se ha hecho durante miles de años parecería un ejercicio inútil. Los grandes templos levantados, las guerras de religión interminables, las maravillosas obras de arte que ensalzan su imagen, los progromos y los autos de fe, las procesiones, las celebraciones, el martirologio, los ritos, los mitos y los pitos, hasta las Pasiones evangélicas del mismo Bach o el Réquiem de Mozart, todo quedaría vacío de contenido.

San Manuel Bueno, mártir, el místico de Unamuno, se encarga de decirnos que es necesario, que los hombres necesitan tener fe aunque su predicador sea ateo convencido. Sólo con la fe pueden soportarse las miserias humanas. De alguna manera, viene a decir que si no hubiera dios, habría que inventarlo. La Iglesia, heredera como era de Roma, conservó uno de sus mejores inventos, la liturgia, una puesta en escena misse en scènne, que dirían los franceses, misa decimos nosotros que recuerda los hitos más significativos de la historia de Jesucristo y que requiere de un conductor, un actor oficiante que en su máxima expresión sigue conservando el mismo nombre, pontifex.

Hábilmente, convirtió el panteón politeísta romano en el santoral católico, a cuya cabeza situó a un monarca absoluto y trino, lo que completa un cuerpo mistérico, y un nombre, que pronunciado en una derivación del griego, sigue siendo el mismo de Zeus (pronúnciese como una oclusiva labiodental) Olímpico, hasta con el mismo aspecto, que tan bien retratara mi tocayo Buonarotti.
En dos milenios, la religión cristiana pasó de minoritaria y acosada a mayoritaria y perseguidora y, finalmente, a espiritual y conductora, en una última etapa que comienza precisamente en París, con la toma de la Bastilla.

Hoy son los perros de la guerra reservemos el calificativo de señores para quienes pelean de frente quienes golpean en el corazón mismo de la libertad. Los franceses no construyeron la democracia moderna, porque ese invento hay que atribuirlo al parlamentarismo inglés, nacido también de una revolución que ellos llaman 'gloriosa' y que sin duda lo fue para la historia de Occidente. Pero los vecinos galos, cansados de tanta teocracia y absolutismo, imaginaron el laicismo e inventaron la administración moderna la que tan mal copiamos los españoles y perfeccionaron la teoría de la separación de poderes Montesquieu dixit que Locke había esbozado y que plasmaron los Estados Unidos de América mejor que nadie, como herederos políticos del espíritu romano.

Aún con los tímpanos perforados por las explosiones, Occidente, que ha perdido algunos valores fundacionales de nuestra democracia, se cuestiona su propia esencia. «Los atentados de París son la respuesta a nuestras agresiones» y «no somos capaces de sentir solidaridad por otras víctimas lejanas» son dos de las quejas más oídas estos días.

¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza!, diría Cervantes, pero de miras pánfilas, añado yo. «La vida de un ser humano vale lo mismo aquí que en Tombuctú, en la Patagonia o en la Conchinchina», claman quienes quieren avergonzarnos. «Estos muertos son la consecuencia de los que causaron nuestros ejércitos en Mesopotamia», dicen otros como si fueran el vaticinador Laocoonte.

Cierto es que las muertes de inocentes son tan lamentables aquí como en cualquier otro extremo del mundo, mas no se llora igual la pérdida de compatriotas o de hermanos. Este atentado ha sido en nuestra casa. He estado en Paris, he estudiado su cultura, admiro a esa nación y los principios que la fundaron. Por más que duela la muerte de seres humanos, la de mi hermano, mi vecino, mi paisano, mi compatriota o mi amigo, es especialmente llorada. Y este es un atentado contra mi civilización, mi cultura, mis valores, contra los símbolos de mi democracia, y esto incluye al país vecino que es también miembro de la unión de países a la que pertenezco. Y sí, puedo pedir a los policías de mi país que detengan a quienes han atentado contra la vida de mis compatriotas; sí, puedo pedir a los jueces de mi país que condenen a los culpables y sí, puedo reclamar a los gobernantes de mi país que tomen las medidas para que esto no se vuelva a repetir, que blinden los valores que fundamentan el Estado de Derecho en el que vivo y que aseguren mi libertad y la de mis compatriotas. Por eso, hoy soy francés, hoy soy parisino y entono La Marsellesa como mi propio himno, porque lloro por mis hermanos cobardemente asesinados.

Me pregunto: ¿Qué dios permanece impasible ante el crimen cometido en su nombre? ¡Tantos crímenes y tanta sangre por un dios o por otro, durante tantos siglos! Imperturbable como el documentalista ante la gacela que sucumbe al felino. ¿Quién espera al asesino al otro lado de la muerte? Quisiera pensar que el Dios vengador y justiciero del Antiguo Testamento, que será implacable en el Juicio Final, Pantocrátor severo, Hades sombrío. Pienso en el barquero Caronte que los condenará a vagar eternamente como almas en pena por no pagar su moneda. Acaso disfrazado de dios es el vacío y la nada. Y no podrán regresar del Hades para avisar que es inútil matar o morir en el nombre de un dios.

Espero que los inocentes mártires de esta cruzada de ida y vuelta gocen de los Campos Elíseos junto a los inmortales. Es un deseo, pues quisiera, como Unamuno, creer para vivir con una ilusión de eternidad.

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