Dulce jueves

Lo que viene después

12.11.2015 | 04:00
Enrique Arroyas

Era un chico de carácter débil y costumbres peculiares, como si escondiera su timidez tras un comportamiento extravagante. Era indeciso y más sensible que inteligente. Para él, no había diferencia entre vivir y sentir. Hallaba certezas donde los demás solo veían fantasías. Cuando tenía apenas algo más de veinte años, encontró una de esas certezas en el amor.

Ocurrió durante una semana de acampada con unos amigos de la universidad. Ella era la camarera del camping, una completa desconocida. Debía de estar a punto de entrar en los cuarenta y era equilibrada, sin ambiciones, y desprendía una serenidad que le hacía parecer al margen de las emociones. Él buscaba cualquier excusa para saltarse las excursiones y se quedaba rondando por el bar. Le gustaba de ella que viviera aislada y, sin embargo, no expresara ninguna ansiedad por huir, conocer mundo y vivir nuevas experiencias. «Si te fijas –le decía ella–, cuando uno es joven tiene todo el futuro por delante, pero no es capaz de ver nada: cuando te haces mayor, en cambio, ya puedes verlo todo, aunque lo que se ve es muy poco». Las montañas no eran para ella el horizonte, sino el escudo que le permitía atesorar un mundo secreto.

Él pensó que ella era mucho más joven que todas sus compañeras de universidad y creyó que si lo que sentía era de verdad podría ver el futuro. Ella se sintió un poco desconcertada por la intensidad de sus sentimientos, pero hubo algo que, rebelándose contra el sentido común, le hizo unirse a él durante esos pocos días. Cuando ella cerraba el bar y apagaba las luces de la terraza, se sentaban en las tumbonas que daban al río en la oscuridad. Ella le contaba cómo era la vida allí en invierno, exagerando un poco la dureza de las noches cuando la nieve los dejaba incomunicados. Él se imaginaba atravesando ventiscas con una camioneta llena de leña y buscando el calor de la chimenea. Una de las últimas noches, ella le señaló el reflejo de las estrellas en el río. ¿Qué ves?, le preguntó. Dímelo tú, replicó él. Lo que vemos es solo una luz muy débil que oscila como si fuera el viento agitando una llama, todo lo demás está oscuro. Cuando se haga de día descubriremos que la luz se ha vuelto invisible, pero deberemos creer que todavía nos puede iluminar. Esa es toda la certeza que puedes hallar en el amor.

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