Pasaba por aquí

Hazañas y vergüenzas

12.11.2015 | 04:00
Teresa Luengo Michel

Yo maté un león. Es la gran historia de mi vida, ahora que me acerco al final de la misma. Yo maté un león. Es la historia que siempre quise contar a mis nietos, se la busqué contra viento, marea y mi propio bolsillo, pero ahí está, con foto incluida. Yo maté a todo un rey de la Sabana. Aunque de toda su apariencia salvaje y de la majestuosidad vibrante de sus pasos poco quedaba cuando me senté sobre él, tratando de que la sangre que le brotaba de las heridas de mis balas explosivas no me manchara mis caros pantalones de safari€ tenía que devolvérselos a su legítimo dueño.

Sí, yo quería colgarme una gran hazaña por medalla con la que poder deslumbrar a la prole de mi sangre, y la logré, o eso quise creer. Tuve seis hijos, dos murieron antes de los quince y a un tercero se lo llevó el cielo poco después de acabar con el enorme felino que me ha acompañado muy a mi pesar hasta estos últimos días de mi vida. De los tres hijos que sobrevivieron lo suficiente sólo uno de ellos me procuró continuidad genética, si bien con las posibilidades de triunfo muy ajustadas, ya que únicamente me proporcionó una preciosa hembra, un ejemplar inteligente y vivaracho del que me enamoré inmediatamente muy a mi pesar, y no lo digo porque prefiriera un varón por heredero. Soy muy tradicional.

El problema con mi nieta es que ha conseguido que el objetivo vital que me costó tantos años, sacrificios y billetes alcanzar se haya quedado en nada, vaciando de sentido tanto tiempo de aquella manera vivido. Resulta que la niña adora la vida en todas sus dimensiones, incluida la animal, cualquiera que sea su forma, olor o tamaño. Yo era su abuelo preferido, y no sólo porque no tuviera otro con el que comparar. Ningún abuelo que conociera me llegaba a la suela de los zapatos, según ella. Me tenía por un dios de carne y hueso, adoraba que le contara la historia del temible león gigante que casi se come a su abuelito. Su mirada brillaba cuando llegaba a la parte en que lograba destronar al Rey.

Yo era su héroe€ hasta que la realidad se impuso a la edulcorada imaginación.

Un caluroso otoño la niña me pidió que la llevara de vacaciones a mi finca, que aún no conocía porque se hallaba a cientos de kilómetros de su casa. Sus padres accedieron. Durante el largo viaje hacia mi rancho no me preguntaba por otra cosa que no fuera el gran león, del que conservaba, como le había contado tantas veces, su enorme cabeza con su suave melena colgada en la pared. Cuando llegamos al salón de los trofeos, su reacción al ver la cabeza del felino no fue la esperada. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su mirada nunca más volvió a dedicarme bondad alguna. Yo maté un león, qué gran hazaña para contar a los nietos, ¿verdad?

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