Argumentos

Tumbas y muertos postmodernos

«Hay en la insignificancia del individuo humano una minúscula potencia que hasta el momento no hemos encontrado en ningún otro lugar del vasto universo: la determinación consciente a no ceder ante una fuerza que sin duda lo aplastará»

06.11.2015 | 04:00
Higinio Marín

lbert Speer, el arquitecto de Hitler, cuenta en sus memorias que una vez agregó a los dibujos de sus proyectos una recreación de las ruinas que tras los mil años del Reich testimoniarían a la posteridad la nobleza del edificio y sus constructores. El asunto levantó suspicacias, pero al propio Hitler le sedujo la idea y ordenó que en adelante todos los edificios emblemáticos se construyeran según la ´ley de las ruinas´. Aquella ley no escrita consistía „como el propio Speer detalló„ en renunciar a utilizar hormigón armado y acero en favor de la piedra, y en recalcular su estructura de modo que los elementos pudieran quedar en pie una vez derruida la cubierta o las secciones adyacentes.

Más allá del fetichismo nazi por las ruinas monumentales, semejante impostación de la memoria constituye una buena imagen de una característica general de nuestra cultura: nada de lo que hacemos se arruina con nobleza. Al contrario, como si estuviéramos hechos de las cualidades del hormigón y del acero, cuando algo se acaba nos parece que ya solo deja escombros y residuos que es necesario retirar y en la medida de lo posible reintegrar al medio.

Y de esa impresión general no escapan tampoco nuestros difuntos, a los que ya no velamos en domicilios ni templos, sino en tanatorios frecuentemente ubicados en las periferias industriales, cuyas instalaciones han de cumplir todo tipo de ordenanzas medioambientales para la evacuación de gases y residuos. Es como si nos pareciera que en los restos humanos ya no queda nada de humano.

Así que en nuestra época las personas se derrumban como los edificios sin dejar tras de sí más que despojos y materiales tóxicos. Si algún acontecimiento histórico pudiera simbolizar esa concepción, sería el derrumbe de las Torres Gemelas y su implosión en escombros de acero y cristal exhalando la nube de cenizas que amortajó al mundo. Aquella monstruosa montaña humeante y retorcida que se había convertido en el mausoleo más multitudinario y monumental de nuestro tiempo era también, en esa misma medida, la imagen de la imposibilidad postmoderna de los monumentos funerarios.

De hecho, si el derrumbe del World Trade Center fue el primer acontecimiento realmente global, no fue solo porque se presenciara de forma simultánea en todo el planeta por primera vez, como afirmó Habermas, sino porque sirvió de representación global de la imposibilidad postmoderna de distinguir entre túmulos o tumbas y montañas de escombros y detritus.

Y de ahí que para evitárselas a nuestros muertos ahora les dispensemos el trato postmorten que hasta hace poco suponía la más injuriosa de las profanaciones funerarias: la dispersión insepulta de sus restos higienizados. También en esto Hitler resultó a su pesar precursor de nuestro tiempo, porque en 1970 las autoridades soviéticas que habían escondido sus restos carbonizados, dispersaron en secreto sus cenizas en el río Elba. Al hacerlo seguían una lógica milenaria que había concebido la falta de sepultura como una muerte inhumana y que pensaba que el mayor castigo a infligir a un difunto era el borrado de su memoria. Damnatio memoriae, daño de la memoria, llamaban los romanos a la pena que obligaba a borrar el nombre y toda señal reconocible del muerto.

Poco sospechaban los cabecillas soviéticos que momificaron a Lenin que no infligían ninguna ofensa postmorten a su enemigo más odiado, sino que anticipaban lo que los familiares y allegados harían pocos años después con sus seres más queridos: dispersar con sigilo sus restos al viento o en ríos y océanos. ¿Pero qué ha ocurrido para que la ofensa definitiva se haya convertido para muchos en la más sentida de las formas de despedida de los seres queridos?

Otra renuncia arquitectónica, esta vez involuntaria, al hormigón y al acero puede orientarnos. En torno a 1950 el régimen comunista chino quiso emular los grandes rascacielos que ya se erguían retadores en Occidente. Sin embargo, la falta de dominio de la tecnología del acero les disuadió. En su lugar construyeron la plaza de Tiananmén: más de 400.000 metros cuadrados sin más edificación que su pavimentación. Aquella nada tan colosal en el centro mismo de la capital debió de parecerles que representaba incluso mejor al nuevo régimen comunista chino: cuanto más totalitario es el poder más insignificante e invisible resulta el individuo que se excluye del movimiento orquestado de las multitudes.

Así que en el centro mismo de la capital y del vasto Estado chino, el emblema arquitectónico del poder total que el visitante podía contemplar era la nada aplanada y pavimentada: el allanamiento ilimitado. Entre aquellas magnitudes nada individual merecía distinción. Pues bien, algo similar nos ocurre a nosotros: la conciencia de las innumerables muchedumbres de hombres olvidados que nos han precedido o que son nuestros coetáneos, la inabarcable historia natural de las especies naturales a la que pertenecemos, y la vastedad impensable de los espacios y galaxias en las que nuestro propio planeta es un rincón minúsculo, configuran una descomunal Tiananmén para la conciencia individual que se desvanece como un punto fugaz en un todo colosal.

Si a todo lo anterior se suma que la estructura de la realidad material forma un microcosmos bioquímico y subatómico en el que nos confundimos con los demás seres materiales y orgánicos, se comprenderá que el hombre contemporáneo haya aceptado casi inadvertidamente algo que ninguna otra época concibió, al menos masivamente: la nada como destino.

Y sin embargo, la visión más inspiradora que ha ofrecido Tiananmén es la de aquel ciudadano anónimo impasible ante una columna de tanques. Hay en la insignificancia del individuo humano una minúscula potencia que hasta el momento no hemos encontrado en ningún otro lugar del vasto universo: la determinación consciente a no ceder ante una fuerza que sin duda lo aplastará. La certeza de la muerte propia y de cuantos amamos no arruina esa soberana aunque nimia dignidad residente en cada uno de los individuos y que bien merece una compasiva con-memoración. Eso son las tumbas donde estos días los vivos visitaran la ausencia de sus muertos, y se resistirán a la dispersión de sus recuerdos y de sus restos en un abrazo imposible pero sostenido que implora mudamente un reencuentro. Ya lo dijo Nietzsche con su acostumbrada penetración: «Solo donde hay tumbas hay resurrección».

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