Tribuna Política

Encomendados a Dios

03.11.2015 | 04:00
Andrés Pedreño Cánovas

Aquel 30 de junio, recién investido presidente de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia, y tras comer en Cartagena con su Grupo Parlamentario, el soberano inició una travesía regional que le llevó, según leemos en la crónica periodística de aquel día, en primer lugar, a Caravaca, donde fue a rezar al santuario de la Vera Cruz, para posteriormente, trasladarse a Puerto Lumbreras, su localidad natal donde además fue alcalde durante una década. Una vez allí, seguimos leyendo en la crónica periodística, el recién nombrado soberano fue recibido con «las campanas de la iglesia de la localidad que repicaron con fuerza para celebrar su proclamación como el sexto presidente de la Comunidad». Para su sorpresa, el cura Serafín Buendía organizó en la Casa del Cura un cálido homenaje rodeado de familiares y amigos al que a partir de ese día, «pasará a dirigir el destino de la Comunidad».

En la teoría política moderna, efectivamene, se ha dado en llamar soberanía a esa capacidad de dirección de los destinos de una comunidad. Fue el jurista alemán Carl Schmitt quien identificó el componente teológico del soberano: la soberanía imita literalmente no solo el poder de Dios, sino su capacidad de inducir sobrecogimiento en los súbditos. Por ello, Carl Schmitt, frente al dogma liberal del sometimiento del soberano a la norma y al procedimiento, destacó la autonomía de la política expresada en el soberano para expresar la capacidad de facilitar y contener otros poderes, incluidos los económicos y los religiosos. El soberano tiene capacidad de decidir con autonomía frente a los poderes económicos, y por tanto decide hacer y cuándo, una política más favorecedora del libre mercado o por el contrario opta por políticas más de distribución de la riqueza social.

Aquel 30 de junio, en su travesía hacia el santuario de la Vera Cruz en Caravaca, el soberano se preguntaba qué queda de su soberanía y autonomía. Una región endeudada con casi 8.000 millones de euros, intervenida y controlada por un Gobierno supranacional „la Unión Europea„ que supervisa los objetivos del déficit (y el consiguiente techo de gasto presupuestario para limitar el déficit por debajo del 3%) y que le impone una continua política de recortes en los servicios básicos. Tal vez aquel día se descubrió como el heredero de una época de la que ya no queda nada, una época en la que su predecesor „de nombre Ramón Luis Valcárcel„ ejerció como un auténtico soberano, que tomó decisiones de forma autónoma, pues ni siquiera la ley o el procedimiento pusieron límites a una época de decisiones ´soberanas´: Marina de Cope, aeropuerto de Corvera, desaladora de Escombreras, reclasificaciones de suelo en cascada, auditorios y un largo etcétera. Aquel 30 de junio percibía con claridad que era un soberano sin soberanía. Sintió vértigo y tal vez por ello su devoción ante la Vera Cruz fue mayor.

Qué sucede cuando el soberano ya no tiene los poderes de Dios y no puede contener a las fuerzas externas globales, como las de la economía. Paradójicamente, nos descubren los teóricos de la política contemporánea como la estadounidense Wendy Brown, «a medida que disminuye la soberanía del Estado, sus actuaciones tanto internas como externas van tomando cada vez más y de forma manifiesta un ropaje religioso». Es decir, la soberanía necesita más a Dios cuanto más se debilitan sus otras fuentes y poderes y más vacila su control territorial y su control sobre otros poderes como la economía. El soberano sin soberanía recurre más a Dios en ausencia de capacidad de autonomía y contención de los poderes no-políticos.

En los días posteriores a aquel 30 de junio, ya en la tranquilidad del despacho, a la hora de constituir su Consejo de Gobierno, consciente de su fragilidad y de su ausencia de autonomía, el soberano no dudó en encomendarse a Dios. La presencia de un negocio privado y de decantada vinculación religiosa, la Universidad Católica, iba a darle la oportunidad de apuntalar su malogrado poder de decisión. Algunos de sus consejeros y consejeras provendrían de tal universidad (bien por tratarse de antiguos alumnos, bien por su dedicación docente) y le proporcionarían el deseado ropaje religioso. Muchas de sus decisiones irían en beneficio de los privilegios de este establecimiento religioso.

Cuando el soberano sin soberanía descubrió su herencia, quizás no le quedó otra que resignarse y adoptar una de las pocas decisiones disponibles en todo el repertorio a mano.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine