Nos queda la palabra

No estamos muertos

01.11.2015 | 04:00
Julián García Valencia

Miedo miedo es vivir en las alcantarillas y soportar como entre sus mugrientas paredes algunos se empeñan en alardear de aire puro, intentándonos dibujar un paraíso cuando lo que anhelan es la paz de los cementerios. Aterrador es tener que acudir al diccionario o al fiscal jefe para que nos aclare qué es corrupción, una palabra que no admite trucos ni tratos. O blanco o negro y si se es un dirigente político, sea del color que sea, más vale que el blanco sea impoluto, como la cal que evita la peste.

Más importante que el techo de gasto o cualquier presupuesto son los cimientos. De qué nos sirve aprobar las cuentas si no nos trae cuenta. Lo primero es lo primero y „lástima que haya que aclararlo„ no es el dinero ni el poder. Grima da cómo, en virtud de su afiliación, se disfrazan los mensajes hasta la hilaridad, corroyéndose por dentro para acallar lo que dan ganas de gritar. Nos prometieron la resurrección del servicio público, frente a tantos años de apocalipsis provocados por el egoísmo privado, e intentan que traguemos con la misma ración y hedor.

Paladeábamos ya en nuestra imaginación colectiva los huesos de santo, la delicia de pensar que nuestros gobernantes mirarían únicamente por la regeneración y el interés general, y nos han vuelto a dar calabazas.

Córtese el cuello al que mata la mano o el pie para pastelear y dejen de pedir al común de los mortales que esconda la cabeza del que aún no la haya perdido por situarse en el lado oscuro de la crítica. Que no nos den gato por liebre, festividad de Las Ánimas por Halloween, aunque ciertamente en algunas profesiones escasean los santos. El cielo nos lo ganamos nosotros; aguantando estoicamente que, día sí y noche también, nos tomen por tontos o difuntos cuando, ciertamente, no estamos muertos, que estamos dando caña.

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