Éxodos

Carta al arzobispo Antonio Cañizares

31.10.2015 | 04:00

Escuchando una y otra vez sus palabras acerca de los refugiados e inmigrantes y de los pobres tengo que empezar diciendo con todo el convencimiento y respeto que la Iglesia que usted representa no es mi Iglesia y no creo que sea la Iglesia de Jesús, y que usted habla de un Dios que yo no conozco; por tanto, no creemos en el mismo Dios. ¿Cómo voy a entrar en comunión con una persona que habla de los refugiados e inmigrantes como invasores, como una amenaza, y de los pobres como una realidad que va a menos y si alguien los quiere ver que se asome a un puente?

Usted habló de los refugiados como si muchos de ellos fuera gente mala, utilizó el concepto ´caballo de Troya´ mostrando una gran insensibilidad ante el drama de esas familias que huyen de los conflictos bélicos, de esas criaturas que mueren en el mar cuando vienen a Europa. ¿No le impresionó la imagen de ese niño sirio ahogado llamado Aylan? No sólo mostró insensibilidad y un corazón endurecido y cruel, sino que alentó a rechazarlos por parte de las autoridades políticas y a blindar Europa ante esa pobre gente que busca un poco de vida digna. Sí, don Antonio Cañizares, buscan vida digna, porque son gente que sólo quieren vivir, sólo eso, pero no les hemos dejado: les vendemos armas, fomentamos el Estado Islámico desde Arabía Saudí, país apoyado incondicionalmente por Estados Unidos, mirando Europa para otro lado. Querer poner a salvo a su hijos e hijas me parece algo loable; yo haría lo mismo. Sigo sin entender cómo usted no puede comprender ese tremendo sufrimiento y verlos como invasores, y sugerir que vamos a sufrir las consecuencias dentro de unos años. Por cierto, estos refugiados para algunos países, entre ellos el imperio alemán, son mano de obra cualificada y barata; por eso se ofrecen a coger un cupo, el cupo que necesitan para su economía, no lo hacen por humanidad.

Le recordarle el evangelio de Mateo y también a esos políticos que se declaran cristianos y opinan igual que usted: «Porque tuve hambre y no me dísteis de comer, tuve sed y no me dísteis de beber, fui forastero y no me recibísteis, anduve sin ropa y no me vestísteis, caí enfermo y no me visitásteis, estuve en la cárcel y no vinísteis a verme. Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o falto de ropa, o enfermo o en la cárcel y no te ayudamos? El Rey les contestará: os aseguro que todo lo que no hicísteis por una de estas personas más humildes, tampoco por mí lo hicísteis». ¿Recuerda este pasaje del evangelio? A los que Jesús de Nazaret llama personas humildes usted los denomina invasores, no trigo limpio y caballos de Troya. ¡Dios mío! ¿En qué Dios cree usted?

En esa intervención, también habló de la pobreza, no de los pobres, porque indudablemente creo que no conoce a muchos; a las autoridades, a las élites sociales y económicas sí los conoce, porque decir que no ha aumentado la pobreza pues no ve «a más gente debajo de un puente» me parece otra nueva insensibilidad, además de un disparate Según usted, para saber si hay más pobres o menos es cuestión de asomarse a los puentes. Me sale otro ¡Dios mío! ¿Por qué no se acerca a las colas de Cáritas o de Cruz Roja y dialoga con ellos? ¿Por qué no visita las plataformas de afectados por la hipoteca, a los centros de acogida? Se daría cuenta del sufrimiento que ha causado esta estafa financiera que ha provocado tanto dolor, suicidios, destrucción de familias, que sigue y aumenta porque, entre otras cosas, los trabajos son precarios, eventuales, sueldos con una media de seiscientos euros y en condiciones inhumanas y humillantes. ¿Usted puede vivir con seiscientos euros? Pues imagínese una familia con hijos. Dice que «hay que reconocer la recuperación»; lo único que se ha recuperado ha sido la avaricia, la codicia, la ambición, el egoísmo y la violencia institucional y estructural.

Tal vez haya que agradecerle su sinceridad y eso siempre es bueno, porque nos indica lo que realmente pensamos y sentimos, y en función de lo que pensamos y decimos actuamos. A los tres días pidió perdón, espero que no sea un perdón estratégico o político, es decir, que lo diga obligado por las circunstancias y no desde el corazón. Ha dicho que se siente calumniado; le pido que no se sienta calumniado, sino interpelado. Ustedes, los obispos, están acostumbrados a decirle a la gente lo que tiene que hacer, lo que tienen que pensar, cómo tienen que vivir su vida, incluida la conyugal; en cambio, no aceptan de buen grado las críticas. El poder, en este caso eclesiástico, peca también de orgullo, prepotencia y soberbia. Siento, igualmente, el silencio de la Conferencia Episcopal Española, porque sus declaraciones han herido a muchísima gente, católica y no católica, no en cambio a la derecha dura y pura, ni a los banqueros ni a los políticos cómplices.

Desde aquí quiero pedir perdón a los refugiados, inmigrantes y empobrecidos en nombre de mucha gente que estamos en la Iglesia y que no coincidimos en nada con estas declaraciones. Les expreso nuestra solidaridad, reivindico la justicia y les muestro nuestra angustia e impotencia al ver este mundo corroído por el dinero y el afán de tenerlo.

Usted suele venir a Murcia con frecuencia invitado por la UCAM, además de que fue obispo de esta diócesis en sustitución de don Javier Azagra. Sea bienvenido y también sea interpelado, no se enrosque en la vanidad y la soberbia episcopal de los que se creen ´pequeños dioses´, porque nuestro Dios nos transciende a todos nosotros. No sé de lo que hablará, pero no llame a los refugiados invasores, sino hermanos que sufren, y queremos una pobreza cero y un trabajo digno para todos.
Un abrazo.

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