Ida y vuelta

Lo de Cataluña

24.10.2015 | 04:00
Alfredo Ramírez Nardiz

Últimamente, y como español en el extranjero, todo el mundo a mi alrededor me pregunta por lo de Cataluña: «Los catalanes, qué, ¿se independizan?», «¿Al final qué va a pasar con Cataluña?», «¿Pero qué está sucediendo en Cataluña?». A uno le entran ganas de responder que ni lo sé ni me importa y que, ya de paso, estoy hasta los mismísimos santos poderes de semejante mamadera, como se diría por estos lares en los que me desenvuelvo.

Tristemente soy profesor de Derecho Constitucional, así que se presupone que sí tengo una respuesta y que, además, ésta ha de ser, como mínimo, fundada y argumentada. Así que todos me siguen preguntando tan rumbosos como indiferentes al estupor que su insistencia genera en mí.

Lo de Cataluña. Sinceramente, lo que me gustaría responder a tantos colombianos como me preguntan sería lo siguiente: miren ustedes, lo de Cataluña es la prueba evidente de cuán locos y estúpidos somos los españoles, único país desarrollado del mundo que no encuentra nada mejor que hacer con su tiempo libre que intentar autodestruirse. Porque llega el punto en que por muy jurista y, supuestamente, conocedor de la materia que seas, lo que te apetece responder es con un exabrupto, pues nada sino un exabrupto te parece desde la distancia la política de tu patria.

Por supuesto, al final nunca lo haces. Al final tratas de explicarles, con paciencia de monje cartujo, que lo de Cataluña es una situación que viene siendo problemática desde que España fue más o menos fundada a finales del siglo XV por los Reyes Católicos. O quizá era problemática ya antes. O quizá nunca jamás ha dejado de ser problemática. En cualquier caso, ahora, y desde hace unos pocos años a esta parte, la situación se ha acelerado. Otro de los resultados de la crisis económica, les cuentas. Llegó un presidente regional que por ideología y por necesidad se tuvo que poner a hacer recortes. Le montaron un asalto al Parlamento autonómico que le obligó a llegar a él en helicóptero.

Se produjo una manifestación-monstruo a favor de la independencia. Y, como Pablo cayendo del caballo, vio la luz y se puso al frente del desbarajuste con la única voluntad de despistar, distraer, atontar y que nadie percibiera que era la crisis y sus efectos, los recortes por él promovidos, los problemas sociales y no los nacionales, el follón interno y no España, el verdadero problema de los catalanes.

Desde luego que desde Madrid no han colaborado en solucionar el lío. Entre otras cosas porque el actual presidente del Gobierno tiene las potencialidades intelectuales y el arrojo de carácter de un flan de huevo. Y eso siendo optimistas y sin ánimo de ofender a los flanes de huevo.

Básicamente, en las últimas décadas la política del Gobierno de España respecto de Cataluña ha oscilado entre la indiferencia, la agresividad pero sin mucho convencimiento o el abierto cambalache cuando se han necesitado a nivel nacional los votos nacionalistas. El resultado, después de treinta años de educación, culturización y alienación en manos nacionalistas es que en Cataluña (y, en menor medida, en Valencia y Baleares) las nuevas generaciones padecen un sindiós intelectual de padre y muy señor mío.

No me cansaré de repetir que a mí en el instituto me convencieron de que Jaime I fue el autor intelectual (y material) de la bandera cuatribarrada de una cosa llamada la Corona Catalano-Aragonesa (que, según se ve, era una federación, por cierto) cuando, en el momento de su muerte tras la batalla, hundió sus cuatro dedos ensangrentados en su pecho abierto. Reconozco (confesiones húmedas) que un día la profesora, una mallorquina de acento indescifrable, logró excitarme al decirme que mi ciudad natal, Cartagena, hubo un tiempo en que también tuvo la gloria de formar parte del Països Catalans.

Así que imaginen el panorama, amigos. A la mínima que viene una crisis y todo se va al garete, agarrarse al cabo del proyecto independentista no parece tan loco. Especialmente cuando desde niño te han dicho que España nos invadió, nos sojuzgó, nos prohibió nuestra cultura y ahora nos roba el dinero que tan bien nos vendría para educación, sanidad y mordidas del tres por ciento (y ya dijo el Señor que los últimos serán los primeros).

Claro, explicarle todo esto del tirón y sin respirar a un latinoamericano que te mira con ojitos de pez no es tan fácil como parece. Así que, al final, optas por coger el camino del medio y resumir con un: panda de chalados. Afirmar que la independencia no sucederá nunca. Aseverar muy serio que la Constitución, cual Zeus tronante, lo prohíbe terminantemente. Informar de que Europa no lo toleraría. Y rezar porque la costumbre tan española de volver lo imposible real, por una vez no se cumpla.

Y eso que ahora la cuestión gira abiertamente sobre la independencia y no sobre el otrora tan popular ´derecho a decidir´ o de cómo organizar un referéndum sin que se note mucho pero dándole todo el bombo posible. Eso sí que era un galimatías. Explicarles que sí, que verán, que la Constitución, que las competencias autonómicas, que la democracia es algo más que votar, el Estado de Derecho, ustedes ya saben€, etc.

Yo, personalmente, soy partidario de justo lo contrario que pueden ustedes estar pensando que yo creí que algún día me dirían que yo pensaba.

O al revés. Quién sabe. Pues llega un momento en la vida en que el problema no es tener opiniones. Sino no ser capaz de dejar de tenerlas. No ser capaz de vivir con cierta normalidad. Y dejar de fastidiar al prójimo.

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