El Castillete

¿ADIÓS AL CAMBIO?

19.10.2015 | 04:00
José Haro

Desde hace un par de semanas, miles de personas han caído en la desilusión. Ya no confían en que, tras las elecciones del 20 de diciembre, se abra una posibilidad de cambio. Hemos perdido casi definitivamente la esperanza. La ruptura de las negociaciones entre Podemos e Izquierda Unida, presuntamente orientadas a la búsqueda de la unidad popular, han conformado un escenario francamente deprimente para quienes aspiramos a la consecución de una democracia real. En mi opinión, e independientemente del nivel de responsabilidad de cada una de las partes en la ruptura, ha fallado el planteamiento básico respecto a cómo construir una candidatura de unidad popular, al estilo de las que otorgaron las mayorías a las fuerzas del cambio en Ayuntamientos como los de Madrid, Barcelona, La Coruña o Zaragoza.

Efectivamente, cuando dicha unidad se pretende construir a partir de la negociación por arriba de aparatos de partidos, las conversaciones suelen girar en torno a cómo los miembros de las cúpulas se insertan en las candidaturas. Se habla poco o nada de programa, y bastante de 'qué hay de lo mío', aflorando los personalismos, los egos, los sectarismos y las actitudes prepotentes. Las organizaciones, unas más que otras, caen en la tentación de erigirse, por sí mismas, en los instrumentos ya conformados de la unidad del pueblo, por lo que afrontan la negociación como un gesto de buena voluntad para cooptar a personas de otras organizaciones e incluirlas en sus propias listas. Qué poco se ha aprendido de las exitosas experiencias unitarias fraguadas al calor de las últimas elecciones municipales. Aquellas marcaron el camino de lo que debiera ser la cristalización de la unidad en otros ámbitos.

La confluencia fundada en la asamblea soberana de ciudadanos y ciudadanas (sean o no de partidos políticos) que están por la transformación real, y a partir de la cual se construye tanto el programa político como las candidaturas, presenta a mi entender tres ventajas que facilitan el éxito en la convergencia buscada. En primer lugar, la unidad popular se hace realidad porque la ciudadanía, y no los aparatos, actúa como tegumento del proceso unitario. Son las asambleas abiertas de la gente las que marcan la pauta en la conformación del proyecto, y las cúpulas partidarias, así como los intereses autónomos que generan, quedan condicionadas a esa dinámica ciudadana.

En segundo lugar, las candidaturas emanadas de un proceso de estas características son más solventes, pues se soportan en liderazgos sociales sólidos. Las primarias abiertas sin restricciones, desde el inicio del procedimiento, permite a los y las mejores representar al colectivo en las instituciones, en lugar de perpetuarse en éstas aquellos miembros de la burocracia de los partidos que han hecho de la política su forma de vida, y que orientan su quehacer político, las más de las veces, no con base en las ideas y el proyecto, sino en función de sus intereses personales y pecuniarios.

Finalmente, la convergencia ciudadana (que no excluye, por supuesto, la presencia de siglas con su mochila de luchas) garantiza el compromiso en torno al cumplimiento del programa con el que se concurre a los comicios. Es éste un asunto de vital importancia, por cuanto es frecuente que, cuando la izquierda alcanza cotas de poder, se ve sacudida por un posibilismo paralizante que desvirtúa el proyecto merced al cual ganó las elecciones. Esto ocurre con más facilidad si quienes elaboran el programa y ponen a los candidatos son los jefes de los partidos, que si, por el contrario, tanto una cosa como la otra se sostienen en un protagonismo asambleario y ciudadano ante el que los representantes electos han de rendir cuentas respecto de su quehacer institucional. Lo dijo Anguita hace tiempo: los partidos, por separado o juntos en una coalición de aparatos, no garantizan el cambio. Que las fuerzas rupturistas no caigan en la tentación de considerarse depositarias exclusivas de ese anhelo de transformación. Aún se está a tiempo (poco) de reconducir la convergencia; a tiempo de evitar un desastre el 20 de diciembre.

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