Pasado a limpio

La jauría humana en la ruta de la seda

11.10.2015 | 04:00
Miguel Ángel Alcaraz Conesa

Alemania en el horizonte. Como aquel pirata que Espronceda dirigiera hacia Estambul: ‘Asia a un lado y al otro, Europa’. ¿Alguno de ustedes recuerda la guerra de Bosnia? Aquella que nos hizo olvidar la de Croacia

El Neolítico, con el descubrimiento de la agricultura, hizo al hombre sedentario. Fue entonces cuando tuvo casa y pueblo. Echó raíces y nació el sentimiento de pertenencia ad locum, a un lugar. Empezó a cultivar la tierra y casi a un tiempo el espíritu. Se hizo culto cuando engalanó el terruño. Así, del cultivo, nació la cultura. Levantó monumentos al saber, pues eso son las grandes obras de la arquitectura, compendios de matemáticas y geometría, pero también una concepción del espacio que los buenos arquitectos saben ordenar siguiendo el espíritu de los tiempos. En las grandes construcciones hay pocas casualidades. El templo cristiano no siguió el modelo griego de planta única, sino que tomó el de la basílica romana. Nada que recordara al politeísmo pagano, sino a la mejor de las invenciones del genio romano: el Derecho, pues el edificio columnado era la sede de la Justicia. Dura lex, sed lex.

Y levantó ciudades, la concepción espacial habitable. Al principio eran objeto de deseo de los invasores y saqueadores, luego, cuando Roma expandió su imperio a casi todo el mundo conocido, las urbes dejaron de tener murallas, por innecesarias. Pero la Ciudad Eterna no nos enseñó a defendernos de los fanatismos, porque también ella conoció cruentas guerras civiles; incluso la Pax Augusta tiene mucho de la paz de las necrópolis, donde también se asiste al esplendor de las artes y las ciencias: Virgilio, Ovidio, Horacio, Tito Livio, Mecenas... Y Roma levantó ciudades como Palmira, que trascendió los odios de los siglos posteriores, en uno de los lugares más transitados de todos los tiempos: la ruta de la seda. Incluso en los esplendores del Islam, Palmira entre Damasco y Bagdad, transformó el antiguo templo pagano en mezquita a mayor gloria de Alá.

Pero los dioses son más antiguos que la cultura, porque también hay dioses nómadas, dioses del odio y la venganza que infunden a sus acólitos el aliento de la ira. Ahora, esa jauría humana, que de tiempo en tiempo ruge como la marabunta, destruye cuanto encuentra a su paso, no cultiva, por que el terror no es una semilla, el terror no se siembra. Dicen que cuando Roma arrasó Cartago la sembró de sal para que nada creciera y recordara el antiguo esplendor de quien se atrevió a pugnar con ella „delenda est Cartago, Cartago debe ser destruida, clamaba Catón el Viejo„. Tamerlán fue un azote para los musulmanes, pues los derrotó, incendió sus pueblos y levantó enormes cúmulos de calaveras de sus víctimas. Surgió la leyenda del Preste Juan, martillo de herejes de un reino cristiano del Lejano Oriente. Pero peor que el Gran Kan son los mismos demonios de la jauría. Dicen que no hay animales más terribles que los perros salvajes, que se aúnan en manadas de cientos de individuos y no respetan ni al rey de la selva.

Poblaciones enteras huyen de la masacre, del fanatismo, del terror. No son emigrantes que busquen fortuna, mejores trabajos ni el oro de las indias; no son condenados a penas de destierro, que reconstruyan en el exilio sus vidas y las de su gente; no son nómadas, que vivan y respiren el polvo del camino. Son gentes que sufren el fundamentalismo político y religioso y que nos ponen a nosotros frente a nuestros propios fantasmas.

Los pacifistas de salón reclaman una intervención bélica y se unen al clamor de los belicistas, que ya no tienen excusa para no desbocar sus crueles instintos. Vemos imágenes patéticas, tragedias familiares que hubieran permanecido ocultas, sepultadas como serán, no las ruinas, sino los escombros de Palmira. Cuando los terribles cuchillos degollaron al octogenario Jaled Asaad, jefe de Antigüedades de Palmira, el arqueólogo que conservó las ruinas durante décadas, la gente culta quedó compungida; a los demás, nos pareció una salvajada más de quien ejecuta a sus rehenes para esparcir su terror. Pero cuando vemos morir a un niño, ¡dies irae!, la ternura se transforma en indignación y clamamos con furia ese ¡basta ya! que parece sacarnos de nuestro letargo.

La historia reciente muestra el fracaso de las intervenciones militares. Mas se ha desatado una tormenta de ideas. Quienes no hemos tenido un fusil en nuestra mano, debatimos sobre estrategias militares como si de un partido de fútbol se tratara, tal que arreglar los males de la patria. «No, es la infantería la que tiene que ir allí, los bombardeos aéreos son ineficaces si no se consolida el terreno», enfatizan aquellos que aplaudían que cierto gobierno retirara a sus tropas de una guerra lejana „tan cercana a Palmira„, olvidando que no hay mayor delito en la batalla que la deserción de quien crees tu compañero. Se puede no ir a la guerra, pero nunca abandonar la contienda y al aliado a su suerte. No había mayor deshonor en la falange griega que perder el escudo que protegía el hombro derecho del camarada, aquél cuyo brazo portaba la lanza; escudo y lanza, codo con codo; un hueco en la formación es un punto débil que pone en riesgo a todos.

Y asistimos impasibles, como el buen documentalista, a la caza del implacable depredador, otra vez la liebre pierde, la gacela no pudo hacer su último requiebro. El cineasta debe ser aséptico para no romper el equilibrio biológico. También la naturaleza humana tiene sus reglas, por eso el hombre empezó a cultivar y a cultivarse, para ponerse a salvo de las leyes naturales.

Alemania en el horizonte. Como aquel pirata que Espronceda dirigiera hacia Estambul: «Asia a un lado y al otro, Europa». ¿Alguno de ustedes recuerda la guerra de Bosnia? Aquella que nos hizo olvidar la de Croacia. Aquella que libraron por nosotros los EE UU de América. De una cosa estoy seguro, la China ´novoliberal´ (sic) que quiere ser la primera potencia mundial, la que tiene el mayor ejército del mundo, no la va a librar. Y no vivimos en los tiempos del romanticismo, de los espacios libres habitables que cantara el poeta «Allá muevan feroz guerra / ciegos reyes, / por un palmo más de tierra, / que yo tengo aquí lo mío, / cuanto abarca el mar bravío, / a quien nadie impuso leyes».

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