La escalera

La chapuza nacional

Menospreciar a una lengua es algo que, antes o después, ha de tener consecuencias, porque una lengua es una manera de mirar, de entender y de comunicar el mundo. De una lengua cuelgan hábitos y costumbres, en definitiva, la cultura propia de un pueblo con elementos diferenciales

06.10.2015 | 04:00
Josa Fructuoso

Se nos ha repetido tanto lo de la unidad de España que lo tomamos ya como una verdad incuestionable, del tipo de la ley de la gravedad o de ´el sol sale cada mañana´. Sin embargo, la unidad de España no es una verdad científica, ni siquiera es una verdad empírica, es un concepto, o mejor dicho, dos, porque, aunque parezcan uno sólo, de una parte tenemos el concepto de ´unidad´ y de otra el concepto ´España´. Pero lo que importa es que, de hecho, la unidad de España no se vería alterada aunque España se viera reducida al tamaño justo para bailar un chotis, porque España seguiría siendo ´una´. Otra cosa es si nos ponemos a definir el contorno y el contenido de esa España que debe seguir siendo una.

La nación es un concepto moderno, empezó a gestarse en el Renacimiento y terminó su recorrido vestido de romanticismo en el siglo XIX. Hoy es un concepto desfasado, entre otras cosas por la globalización y la deslocalización, es decir, por obra y gracia del capitalismo industrial y financiero. No obstante las ideas de nación y el nacionalismo aún no están muertos del todo y dan sus últimos coletazos. Para entenderlo, no hace falta viajar a países fríos como Ucrania, teniendo, como tenemos, nuestros nacionalismos propios. El de más éxito ha sido y sigue siendo el nacionalismo español.

El nacionalismo español tiene su origen en la expulsión de gentes, los árabes, los judíos y los moriscos, que eran tan de aquí como los que los mataron o expulsaron por invasores, por infieles o por impuros, porque el nacionalismo español impuso como idea fuerza la pureza de sangre. En este sentido, los Reyes Católicos fueron precursores de Hitler.

Como sabemos y como nos ha recordado la serie de TVE sobre los Reyes Católicos, la unidad de España se forjó en el pacto entre la corona de Aragón y la de Castilla, bajo el lema «Tanto monta, monta tanto€». Pero el devenir de la historia ha hecho que lo castellano haya montado más y haya acabado imponiéndose y anulando la otra parte hasta convertirse en sinónimo de lo español. Así, la lengua castellana ha pasado a ser la lengua española, arrebatándole categoría a otras lenguas que, como el catalán, deberían tener, pero no tienen, el mismo reconocimiento, a todos los niveles, que el castellano.

Menospreciar a una lengua es algo que, antes o después, ha de tener consecuencias, porque una lengua es una manera de mirar, de entender y de comunicar el mundo. De una lengua cuelgan hábitos y costumbres, en definitiva, la cultura propia de un pueblo con elementos diferenciales. Por eso, la represión o el desprecio hacia una lengua acaban siendo la represión o el desprecio hacia un pueblo. Y, en ese caso, es lógico e incluso legítimo que el pueblo menospreciado se rebele.

La opinión que promueve la derecha nacionalista que representa el PP (ahora también Ciudadanos) lleva a la ciudadanía a caer en una grave y patológica contradicción, la del rechazo a lo catalán porque no es español y la de la negativa a que Cataluña deje de ser España. No beben cava porque es catalán pero se rasgan las vestiduras porque los catalanes quieren que el cava, como el fuet o los calçots, sean catalanes. Para volverse locos. Pero los que desde la derecha dirigen este galimatías no lo están, ya que precisamente con su férrea defensa de la unidad de España fomentan el independentismo catalán y exacerban un nacionalismo españolista que les da votos. Así que, en definitiva, el problema catalán a Rajoy y a los suyos les viene de perlas.

He de reconocer que yo era defensora del ´hecho diferencial´ catalán hasta casi antes de ayer, cuando me di cuenta de que Cataluña, a pesar de su ´hecho diferencial´ es tan España como Andalucía o como Murcia y confieso que ante esta evidencia, me siento decepcionada. He podido pasar por todo el disparate de Junts pel si, ese batiburrillo de partidos y asociaciones incompatibles entre sí, pero lo que ha superado mi capacidad de aceptación ha sido que Junts pel si asuma parte del programa anticapitalista de la CUP. Todas mis simpatías a la CUP, incluso su propuesta de hacer de la Generalitat un triunvirato, cuatrunvirato, quincunvirato o lo que sea, puede resultar innovadora, pero que Artur Mas encabece un Gobierno anticapitalista es algo más que una chapuza es una españolada.

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