Pensando en voz alta

Morir en vida

05.10.2015 | 04:00
Francisco Marín

La semana englobada entre los días 21 y 27 de septiembre de este año de 2015 lleva inclusos dos días que han marcado parte de mi existencia. Día 21, se celebra el Día Mundial del Alzheimer y cada uno de esos días la tristeza embarga mi espíritu, pues hace veinte años que mi padre falleció afectado profundamente de esta enfermedad. Persona activa intelectualmente, estudioso, curioso por todo, gran lector; quedó afectado y así permaneció durante un año, más o menos, en el que transitó por todas las etapas de la enfermedad, totalmente ido y no consciente de sus actos, pero€ yo temía a esos momentos en los que, por un raro mecanismo, se levantaba del sillón, en el que normalmente estaba, se dirigía a un lugar determinado de la casa y rebuscaba€ sabía de sobra qué buscaba mi padre: «Papá ¿qué buscas?». «La pistola [era militar] para quitarme de en medio; con lo que he sido yo, y verme así». Esto duraba unos minutos hasta que retornaba al sopor del alzheimer. Estos días, y por la otra fecha a la que ahora haré referencia, la respuesta paterna me traslada a lo que José María Arguedas, escritor y etnólogo peruano, 1911-1969, dejó escrito antes de suicidarse: «Ya casi no puedo leer; no me es posible escribir sino a saltos, con temor. No puedo dictar clases porque me fatigo. No puedo subir a la Sierra porque me causa trastornos. Y sabes que luchar y contribuir es para mí la vida. No hacer nada es peor que la muerte».

Considero que eso es morir en vida. No hay nada peor que la disminución de la actividad intelectual para todos en general y en particular para los que, no sabiendo hacer otra cosa, impartimos clases, escribimos y leemos€ No se si estará bien justificar el acto de Arguedas, pero lo comprendo.

La otra fecha a la que quiero hacer mención es la del día 23, miércoles, día en que falleció mi gran amigo el doctor Eduardo Borgoñós. Ejemplo a seguir y modelo de persona humanista. Médico de profesión, a lo largo de su vida tocó palos diversos: padre de siete hijos, presidente del Cartagena en los años 60 del pasado siglo, escritor, colaboró en diversos medios de comunicación tanto escritos como radiofónicos y televisivos. Su columna La gota malaya la ´sufríamos´ sus amigos „éramos los primeros en leerla y había que darle una opinión, sí o sí. Se atrevió con relatos eróticos. Miembro activo de la Tertulia Mandarache, gran batallador y mejor oponente, ´moría´ defendiendo sus ideas, recuerdo grandes discusiones€ acaloramiento incluido. Lector voraz y curioso, admirador de Murakami „lo había leído de pe a pa„.

Traspasada la barrera de los 80 años, ha fallecido con 83, a menos de tres meses para los 84; su actividad mental era envidiable. El último acto en el que estuvimos juntos fue el pasado 20 de marzo, en una exposición del maestro Juan Heredia, en silla de ruedas pero mentalmente activo.

Todo esto me lleva a recomendar que nos mantengamos activos intelectualmente€ en cualquier actividad; la curiosidad no puede decaer, la discusión es muy sana „sin llegar a las manos, lógicamente„, la lectura es muy sana, la que sea „no hace falta leer a Murakami, ni a Faulkner€„ incluso prospectos de medicamentos. La actividad cerebral nos mantiene vivos, vivos en vida. Tenemos que interrogarnos contínuamente, unas veces obtendremos respuestas y otras no, no hay que decaer. Igual nos vamos a la otra dimensión sin ver satisfecha alguna pregunta; eso le ha ocurrido a mi amigo Eduardo, se ha ido sin que le quedase clara la diferencia entre ´cuento´ y ´relato corto´: las reflexiones y discusiones, sobre el particular fueron muchas, pero no supimos aunar posturas.

Por favor, no le demos gusto al título de este modesto artículo, Morir en vida.

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