Palabras

Octubre en poesía

04.10.2015 | 04:00
Pedro Guerrero Ruiz

Leopoldo de Luis, en Poema para octubre, nos dice que «Vivir es retornar a cada Octubre / para sentirse el corazón dorado. / La tarde es una rosa vagamente / ceniza. / Octubre es fruto / otra vez en el árbol». Porque para el poeta, «vivir es reencontrarse / en todo lo lejano, / ser otra vez aliento en el paisaje / que fue otra vez soñado». Ese retorno al paisaje que un día se soñaba, aquella tarde rosa vagamente, es octubre, el corazón dorado por las hojas caídas. Y es también el mar de la memoria que dará sus frutos en el recuerdo.

Octubre es poesía en Juan Ramón Jiménez, echado en la tierra, enfrente del infinito campo de Castilla que el otoño envuelve en amarillo; arado y semilla en el ancho surco del terruño tierno en la espera de que un día, en primavera, el fruto señalara el mundo de la poesía como el de la tierra. Poesía necesaria, como lo era el pan de cada día para Celaya.

Fue César Vallejo, el peruano y exiliado, quien en su poética urbana de la soledad, en un octubre de 1936 señala al París de los Campos Elíseos y la callejuela de la Luna donde empieza ya a despedirse («Y me alejo de todo, porque todo / se queda para hacer la coartada: / mi zapato, su ojal, también su lodo / y hasta el doblez del codo / de mi propia camisa abotonada»), si es que su vida no fue una despedida inacabada y gris hasta que un día tuvo el presagio de su destino en aguacero y soledad.

Y en esto arrancó el verso enredado y otoñal de los ojos crepusculares del chileno Pablo Neruda cuando vino a decir: «Te recuerdo como eras en el último otoño. / Eras la boina gris y el corazón en calma. / En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo. / Y las hojas caían en el agua de tu alma». Era así, su sed ardía, jacinto azul torcido en su interior, que sentía viajar sus ojos y caían sus besos alegres como brasas. Poesía, todo poesía, todo lleno de poesía a borbotones: «Cielo desde un navío. Campo desde los cerros. / Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma. / Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos./ Hojas secas de otoño giraban en tu alma».

Pero fue Rubén Darío, el colosal poeta nicaragüense quien en sus Versos en otoño llenó el mundo de unos labios y enseñó la copa, como un vino (tal vez el mismo vino de otoño que más tarde poetizó Neruda) de las hojas de la primavera en aquel otoño de las alamedas amorosas: «El amor pasajero tiene el encanto breve, / y ofrece un igual término para el gozo y la pena. / Hace una hora que un nombre grabé sobre la nieve; / hace un minuto dije mi amor sobre la arena. / Las hojas amarillas caen en la alameda, / en donde vagan tantas parejas amorosas. / Y en la copa de Otoño un vago vino queda / en que han de deshojarse, Primavera, tus rosas». Y ese otoño del recuerdo amado, lo hizo saber Darío para, más tarde decirnos aquella melancolía sobre la fugacidad de la vida en Canción de otoño en primavera, la de aquel «Juventud, divino tesoro...».

Pero si hay unos versos que dieran forma y color a la poesía (ut pictura poesis), esos son los de Antonio Machado, dedicados a Julio Romero de Torres, en aquel Amanecer de otoño·: «Una larga carretera / entre grises peñascales, / y alguna humilde pradera / donde pacen negros toros. Zarzas, malezas, jarales. / Está la tierra mojada / por las gotas del rocío, / y la alameda dorada, / hacia la curva del río. / Tras los montes de violeta / quebrado el primer albor. / a la espalda la escopeta, / entre sus galgos agudos, caminando un cazador».

He ahí la poesía del paisaje, de la luz y la paleta golondrina, y la poesía del rumor del alma, de la soledad, del tiempo y del recuerdo amado. Por eso, por estos poetas y por los que siguieron convocándonos a un silencio de musicalidad postromántica, octubre tiene el sello de la humedad de la tierra, del buen vino y de la nostalgia al escuchar aquella Balada de otoño de Serrat, mientras llueve y llueve sobre los campos deshojados y tras los cristales mientras se quema el último leño al fuego del hogar: «Una balada en otoño, / un canto triste de melancolía, / que nace al morir el día. / Una balada en otoño, / a veces como un murmullo, / y a veces como un lamento / y a veces viento».

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