El Contenedor

Luna roja

04.10.2015 | 04:00
Juan Bautista Sanz

En una de las últimas madrugadas, la luna, más cercana a la tierra que nunca, se mostró roja iluminada por un sol dispuesto a ruborizarla delante de todos los habitantes de nuestro planeta. Por ser rigurosamente inexactos, cuentan los que saben del universo y sus maravillas, que este fenómeno se repite de siglo en siglo, más o menos; el que se lo perdió no debe esperar una nueva convocatoria del espectáculo próximamente; si no se trata de alguien, claro, de paciencia colosal y salud de hierro. Y ni así.

Los poetas estuvieron especialmente al acecho y caza de esta luna que cambiaba su color plateado por un tinte de carmín tamizado, y como corresponde a la lírica de la palabra, tomaron buena nota de la influencia del cambio en el alma humana, más aún en la de los lunáticos, entre los que me encuentro. Aullamos especialmente en aquellas horas negras y luna embellecida, tildada para la ocasión con el rubor de un color inusual en sus mejillas, en sus caras vistas y ocultas. Se compusieron versos y poemas encendidos de métrica desbordada.

La luna es caprichosa, yo la tengo por tal; a veces es de día cuando se muestra ante nuestros ojos redonda y juguetona, anunciando noche lejana y árida. Nuestro satélite nos pertenece a los románticos, nos ilumina los besos y nos ayuda con los sentimientos florales que todos llevamos dentro. La luna nos brinda, nos sugiere canciones; ahí está Cat Steven que nos quita años con frecuencia de lunas. La luna, las lunas, son lunas de miel, momentos lúdicos y lujuriosos; nunca molesta una luna en la ventana que proyecta un rayo de luz sobre las sábanas blancas de los amantes. La luna, que es conservadora, se salta a la torera la tradición y se resuelve en cómplice eterna de la mujer y del hombre, del lobo y la loba.

Si esta luna roja se nos ha aparecido junto al mar, se ha duplicado de reflejos en las superficies de las aguas calmas; tan nuestras, tan ajenas a cualquier influjo que devienen en mareas perdidas e inexistentes. La luna volverá a esconderse en su castillo escondido del horizonte oculto; y se nos volverá a aparecer con la cara lavada; y arderán las puntas de los lápices y los diseños clásicos de un salpicado de estrellas fugaces que juegan a brillos nunca vistos, renacidos en la imaginación de los niños que juegan a convertirla en un globo riente y feliz. Tenemos necesidad de luna nueva, junto a astros de luz de gas. La versión roja de la luna ha sido un juego, un acontecimiento para mirones de cielos.

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