Pasado a limpio

Trueba no quiere ser español

02.10.2015 | 04:00
Miguel Ángel Alcaraz Conesa

Fernando Trueba (Madrid, 1955), director de cine laureado con un Óscar a la mejor película de habla no inglesa en 1993 y con el premio Nacional de Cinematografía este mismo año, declaró en San Sebastián al recibir este último que no se ha sentido español ni cinco minutos, que no cree en los premios „por lo visto sí cree en su dotación económica„ y que el término nacional le resulta repulsivo, ni siquiera para apoyar a la selección, salvo cuando ganó el Mundial. Dice que en caso de guerra él iría con el enemigo y que siempre va con el equipo contrario. El espanto me lleva a adoptar una actitud racional.

Primera premisa: la libertad artística y la de expresión son dos derechos fundamentales recogidos en el artículo 20 de la Constitución, pero en apartados distintos. La artística va más allá de la libertad de creación, pues, especialmente la literaria, permite romper algunas reglas, faltar a la verdad de un hecho histórico, incluso ´jugar´ con las del lenguaje. Por supuesto, tiene su contrapartida, porque si la obra no es buena, el escritor quedará como un necio o como un pretencioso. El séptimo arte recupera el sentido de la literaria, hasta el punto de que Shakespeare in love „John Madden, 1997, Óscar a la mejor película en 1998„, por ejemplo, juega con un sin fin de tópicos inciertos sobre la vida y obra del bardo sajón, que muchos creen a pies juntillas, porque la mentira siempre es más prestigiosa. Sin embargo, debemos precisar que las manifestaciones que libremente se hagan públicas fuera de la obra de arte no forman parte de la libertad artística, sino de la libertad de los artistas, que es común a la de cualquier otro ciudadano; en ese caso, están amparadas por la libertad de expresión, pero pueden ser vulgares paparruchadas.

Segunda premisa: la interpretación de la obra de arte se fundamenta en criterios objetivos, bien conocidos por profesores, diletantes y críticos de arte. Parten de la premisa de que el gusto es irrelevante. Si yo les digo que no me gusta Picasso, mi gusto les debe afectar lo mismo que a mí el de ustedes, podemos compartirlo, pero es intrascendente. En cambio, la crítica de las expresiones no artísticas puede ser objetiva o subjetiva, puesto que está amparada en la misma libertad que permitió su expresión. La mayor o menor objetividad o subjetividad dará medida de su rigor, al igual que los comentarios que son objeto de la crítica.

Conclusión: los artistas como Fernando Trueba pueden decir tonterías fuera de sus obras, que al no estar amparadas más que por la libertad de expresión, pueden ser objeto de contestación, tanto objetiva como subjetivamente. Puede ser tildado de tonto con objetividad o subjetividad. Por consiguiente, no podrá ofenderse por quien no comparte sus chaladuras y así lo manifieste con la misma libertad e independencia que él.

Yo, personalmente, le habría quitado el premio de las manos después de su discurso, puesto que dos tercios del mismo fueron despreciados en el mismo acto de entrega. Podía haber dicho lo mismo en Los Ángeles cuando recibió el Oscar y se habría ganado un monumental abucheo.
Un par de dudas: cuando dice que iba con la ´nacional´ que ganó el mundial „oportunista„ no sé a la de qué deporte se refiere, de los muchos en que tenemos selecciones ganadoras. Y si es tan detractor de los nacionalismos, ¿por qué va con el equipo contrario? En coherencia, no podría disfrutar del Campeonato de Europa de Baloncesto, porque él seguramente iba con Lituania, donde sus obras deben ser masivamente seguidas. Se equivoca en el planteamiento, a eso se llama derrotismo.

Una certeza: es uno de los fanáticos del equipo rival, no merece más que el desprecio de la más absoluta indiferencia, ni siquiera la deferencia hacia el digno competidor.

Finalmente, una sugerencia: la próxima vez que quiera decir una sandez, podría hacerlo como en la época dorada del cine americano y su divinizado Billy Wilder con sus magistrales películas. Dos ejemplos:

1. Sólo ante el peligro. Fred Zinnermann, 1952. Óscar, uno de ellos al mejor actor. Es una alegoría de la persecución de la llamada ´caza de brujas´ contra los directores, actores y guionistas tildados de comunistas y de la defensa de la moralidad y de la libertad artística „en una interpretación extensiva de los derechos civiles asentados sobre los valores morales de una nación que honra la libertad„. Esta notable defensa de la virtud moral fue interpretada por Gary Cooper, que fue algo más que comtemporizador con el macartismo.

2. La ley del silencio. Elia Kazan, 1954, ocho Oscar, entre ellos a la mejor película, mejor director y mejor actor. Es la defensa del macartismo, de la delación frente al poder mafioso que impone silencio. Protagonizada por Marlon Brando, quien tal vez encarne como nadie el espíritu rebelde y contestatario. Cuando ganó el Oscar por su interpretación en El Padrino no fue a recogerlo, pero sí acudió en su lugar una india que defendió la dignidad de su pueblo, maltratado en el cine de Hollywood sin ningún tipo de consideración moral.

Y, finalmente, un consejo: señor Fernando Trueba, cuando vuelva usted a hacer una película, que es lo que se supone que sabe hacer, piense en los españoles que le irán a ver „tal vez no tantos como lituanos„ y cuando le pongan una alcachofa delante, no diga nada, sólo haga buen cine y cállese, porque de otro modo yo no podré ver ninguna película suya: la libertad del espectador.

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