Pasado a limpio

Samper en una cáscara de nuez

Me pregunto, si hay alguna razón para ser adorador de un club cuando algunos presidentes nos avergüenzan con el trato que dedican a quienes han sido los puntales del equipo en las mejores y más laureadas épocas. Personalmente, creo que un aficionado tiene derecho a cambiar de equipo por las mismas razones que se cambia el voto

28.09.2015 | 04:00
Miguel Ángel Alcaraz Conesa

El deporte nace, como tantas otras cosas benéficas, en la Grecia clásica. Nos sorprendería saber las afinidades con el actual, no sólo de los juegos olímpicos modernos que funda el barón de Coubertin dando réplica a los de la Antigüedad. Éstos tenían sus estadios, sus gimnasios y sus palestras. Eso sí, con algunas diferencias significativas y propias de aquella sociedad: ni había mujeres atletas ni les estaba permitido acudir a los estadios. Pero no por machismo, pues los griegos no sabían lo que eso significa.

Una singularidad también es que el deporte estaba vinculado a la religión. En Olimpia los juegos se celebraban cada cuatro años „una olimpiada, que es una unidad de tiempo„ en honor a Zeus y eran una tregua para cualquier conflicto bélico. Hoy el deporte está desvinculado de advocaciones religiosas, pero no de ciertas devociones litúrgicas. Si los vencedores de los juegos eran recibidos en sus propias ciudades como héroes, ahora, mucho más laicos que entonces, los consideramos directamente dioses. Si no lo creen, pregunten a los bonaerenses por Maradona.

Curiosamente, los fans de un club balompédico muestran ese sentimiento devoto. Sea cual fuere nuestro favorito, valoramos a un aficionado por su fidelidad. Debe ser cosa del fútbol, que no existía en la antigua Grecia. Nuestro sentimiento tiene tintes romanos también, aun cuando no concebían más deporte que el entrenamiento militar, pues acudimos en masa a los estadios como ellos al Coliseum „que tenía el doble de aforo que la Nueva Condomina„. Me van a permitir, sin embargo, que discrepe de las fidelidades futbolísticas, pues la profesionalización del deporte rey no es para los seguidores, que no cobramos por ello, mas al contrario, pagamos. En la Antigüedad era gratis y con la entrada te daban el almuerzo.

Me pregunto, pues, si hay alguna razón para ser adorador de un club, cuando algunos presidentes nos avergüenzan con el trato que dedican a quienes han sido los puntales del equipo en las mejores y más laureadas épocas. Personalmente, creo que un aficionado tiene derecho a cambiar de equipo por las mismas razones que se cambia el voto o con más motivo que se esgrime en los divorcios para reemplazar la pareja, el cese de la affectio maritalis. Si hemos asumido que la fidelidad no es una virtud en alza y que en su sede natural puede vulnerarse sin que ni siquiera Némesis restablezca el equilibrio en la naturaleza, mucho menos en los tribunales, donde con frecuencia se premia al infractor de la virtud con los dones que fueron gananciales del matrimonio. ¿Por qué entonces habríamos de respetar mucho más a un club que un pacto conyugal?

No obstante, tengo un aprecio casi sagrado para un equipo, pues el mismo Cristo jugaba en sus filas, si bien dirigido por Mesones y acompañado por Tabernas. No era un sacrilegio, pues el trato con Jesús redimió a María Magdalena. Por eso tal vez, porque hace tanto que no pisamos Primera, me permito el lujo de ser seguidor de otros clubes más engalanados.

Mientras, asisto acongojado al espectáculo de quien llegara aquí como el rey Midas, para hacer oro de aquello que tocaba. Para ello gozó de todos los favores y privilegios. Tuvo la gloria en sus manos. Pero igual que despidió a David Vidal cuando ascendió a Primera División, por un quítame esas pajas (quería cobrar como entrenador de Primera), se le fue el don áureo. Aun así lo buscaron para otros proyectos, esta vez de atracciones de chiquillos, que duermen ahora el sueño de la lechera y de quienes ordeñaron la vaca. Como si no hubiera más emprendedor que Samper, rodeado de acólitos de sillón y poltrona, quiso él también apoltronarse. Dejemos que la nueva Némesis, portadora ahora de la balanza y la espada, se quite de una vez la venda de los ojos para no errar el golpe y comprobar que el fiel no está trucado.
Pero mientras tanto, el Murcia me recuerda aquella canción infantil::

Un barquito de cáscara de nuez,
adornado con velas de papel,
se hizo hoy a la mar para lejos llevar
gotitas doradas de miel.

¿Qué intereses espurios guían a este piloto que no suelta el timón?

Un mosquito sin miedo va en él,
muy seguro de ser buen timonel...

Esa confianza en la divina Providencia me llena de oscuros presagios.

Navegar sin temor,
en el mar es lo mejor.
No hay razón de ponerse a temblar.

Porque el mar bravío ya llegó, pero este capitán tiene otro libro de bitácora:

y si viene negra tempestad,
reír, remar y cantar.

Es lo que me preocupa. Ofertas de compra no le faltan. Alguna incluso propone de presidente a un excelentísimo profesor y magnífico amigo. Pero hay quien no le quiere de rector de un club. ¿Tanto interés hay en hundir al Real Murcia? Mientras tanto otra universidad hace gala de buena gestión deportiva. Su omnímodo presidente presume de ser gran empresario, que lo es, pero está tocado por Hybris „diosa de la desmesura„, poseído por Ate „la furia y el orgullo„:

Y si el cielo está muy azul
el barquito va contento
por los mares lejanos del sur.

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