Achopijo

El Valle Perdido

27.09.2015 | 11:27
Yayo Delgado

Creo que nunca he ido a El Valle por el mismo camino. Supongo que por eso se llama El Valle Perdido, otro de los mejores namings que tenemos en la ciudad. Si lo de Quitapesares lo visiono con letras a lo Hollywood sobre la ladera de la Fuensanta, lo de El Valle Perdido me suena a icono con letras a lo Indiana Jones o Jurassic Park, así amarillas con powerline rojo y en un crescendo lateral muy de película. Quién no ha jugado partidos imposibles en aquel campo gigante. Alguna de las excursiones del cole, allí se ha batido el record del mundo de partidos distintos en un mismo campo sin que nadie tuviera problema alguno. Qué capacidad teníamos para saber quién era de tu equipo.

El pulmón de Murcia está en plena forma. Está limpio y coqueto. Hay vida, mucha gente que pasa las tardes pedaleando por cuestas de piedras, correteando y paseando, buscando nuevos puntos de vista. Allí todo el mundo saluda, aunque el esfuerzo sea titánico. Un fotógrafo con su perro, un señor con bidones de agua que sube a ritmo, un par de amigos que abren nuevas rutas con sus bicicletas y una familia que aprovecha la tarde del viernes para esperar ese momento mágico desde lo más alto, cuando el sol cubre toda la ciudad menos Monteagudo y la luna aparece sobre nosotros.

Subiendo a La Balsa empiezan varios caminos que llegan a las colinas más altas. Son las que se ven a la izquierda de la Arrixaca cuando afrontas el Puerto de la Cadena, en ese lugar exacto en el que ningún móvil ha conseguido cobertura jamás. En uno de esos caminos, en la antepenúltima curva, hay una valla de madera que protege uno de los valles perdidos más bonitos de Murcia. Justo desde ahí se puede ver toda la ciudad, desde más allá de Monteagudo. Un inmenso valle de verdes y casas chapoteadas en mil kilómetros cuadrados que forman la Gran Murcia.

Hay una roca lisa justo frente a la valla, dónde uno puede sentarse y escuchar el ajetreo de la ciudad al caer la tarde, minúsculo. Sólo haciendo el gesto de mirar hacia las copas de los árboles hace que el viento engulla el jaleo de coches y voces perdidas. La inmensidad de un mar de crestas verdosas que bailotean sin criterio alguno triunfa sobre todo lo demás. Desde allí ves un valle repleto de casas y autopistas, donde brillan los espejos de las Atalayas y puntos de luz se mueven de un lado a otro como hormigas a las que acabas de soplar, y entonces entiendes que aquel es el verdadero valle perdido, porque en la quietud de la inmensidad y el silencio que brota de las copas de los árboles es donde uno se encuentra a sí mismo.

Después vuelves, por un nuevo camino, claro, y con la serenidad de haber relativizado todo lo que era necesario relativizar. ¿Vas al Valle Perdido? Vale.

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