El año de la cabra

La noria partida

25.09.2015 | 04:00
Javier Orrico.

Habría resultado tragicómico, bufo, que la primera batalla que esta región desdichada hubiera conseguido ganar, en toda su pequeña historia, hubiese sido para perderla. Y eso es lo que habría sucedido si, con el AVE a las puertas, el cainismo, la politiquería de bajo vuelo, los intereses más localistas y hasta de barrio, y nuestra invertebración secular hubieran logrado impedir su llegada.

Este tren no debió venir nunca por Alicante. Lo denuncié entonces y lo repito ahora, sino por su camino natural, lo que habría acercado al mundo a muchos de los que ahora y para siempre se quedarán sin tren: mi tierra, las comarcas de Caravaca y Hellín, las sierras de Jaén, Albacete y hasta Granada. Pero en aquel momento no os importó, porque Murcia nunca ha sabido mirar más allá de La Ñora, y por eso jamás acabaremos de ser una región. Valcárcel pecó de crédulo ante los embaucamientos de Bono y la doblez de Cascos para aceptar un trazado absurdo con aquella promesa de la llegada simultánea a las tres capitales mediterráneas. Era entonces cuando debió darse la batalla, cuando debieron salir a la calle los que hoy se oponen furibundamente esgrimiendo la legalidad y el beneficio de la capital. Sólo os importaba el soterramiento y nunca el enterramiento a que se nos condenó a los demás con este trazado, unido al empeño, vuestro empeño, en eliminar la estación de Calasparra.

Pero, una vez que este AVE (pero esta aula, esta agua, esta área, esta ave, por favor) maltratado y ´maltrazado´ llega a las puertas de Murcia, ¿qué hacemos? ¿Llamamos a Antonete Gálvez y declaramos el Cantón otra vez? Tendríamos Cantón, sí, pero no tendríamos AVE. Los defensores del soterramiento verían refrendada su razón, que la tienen, porque los compromisos deben cumplirse y porque resulta muy irritante que haya dinero para atravesar la entera ciudad de Barcelona, con lo que lo agradecen, y no lo haya para una tierra mil veces castigada; pero el bien pequeño provocaría un mal mucho mayor, pues no parece que los futuros Gobiernos de España, o lo que quede, vayan a ser muy partidarios de seguir impulsando AVES. Y es ahí donde la ciudad de Murcia volvería a dar muestras de miopía territorial, porque este tren no viene a su ciudad: viene a servir al menos a un millón de personas (los otros somos aquellos a los que nunca nos llega nada), y la capitalidad, que es fuente de riqueza y beneficios, no puede olvidar sus servidumbres.

Esta región ha cargado siempre con dos lastres que la han hecho más débil de lo que ya era: la invertebración territorial y el hispánico cainismo social y político. Nos han toreado siempre porque jamás nos hemos mostrado unidos. Nunca hemos tenido una idea de región, ni hemos logrado ser otra cosa que ciudades-estado enfrentadas unas con otras. Una ´Españica´, como la llamé una vez. Y nadie ha sabido, exactamente igual que en esta España que acaso llega a su fin, hacerle a esta Españica el discurso antiidentitario, republicano en su mejor sentido, generoso en la mirada que nos permitiera mantener nuestros sentimientos locales a recaudo para compartir la Ley. Un discurso que hiciera imposible la aparición por el túnel del tiempo de personajes como Mas o el abertzale púnico que hoy gobierna Cartagena de la mano del PSOE, seguramente, aunque no quieran verlo, la ciudad que menos pueda quejarse en los últimos veinte años del centralismo murciano.

El poder, digamos el Rey, como metáfora, huele siempre la desunión de sus vasallos. En nuestro caso no hace falta ni que él la agite: llegamos ya desunidos a cualquier demanda. Para la historia universal de las traiciones infamantes quedará el voto de los diputados socialistas a favor de la derogación del Trasvase del Ebro. O la tarea de Miguel Sánchez imponiendo la reforma de la ley electoral contra los intereses de su comarca. O, y no quiero agotar el repertorio, la inversión millonaria en San Javier del ministerio de Defensa bajo Trillo, con la única intención de boicotear el aeropuerto de Valcárcel, cuya primera tacha, por lo demás, era ser eso, un aeropuerto de Valcárcel y no un aeropuerto del Estado.

Lo sorprendente es que no se haya enviado a Trillo al destierro, que no es Londres, a cocinar ´minchirones´ por el resto de sus días. O que el delegado del Gobierno de Zapatero, González Tovar, encabece hoy la reivindicación. Cualquier reivindicación. Nuestros principales enemigos no son, pues, el fantasmagórico ´enemigo exterior´ que alimenta siempre los nacionalismos: nuestro principal enemigo hemos sido siempre nosotros, y ahí está La Manga para verlo.

Tengo ya muchos años y suficiente escepticismo como para pensar en otra cosa que en el eterno retorno de una historia de olvidos y fracasos, de esperas arruinadas y proyectos ilusorios. Nunca creí que aquí fuera a llegar ningún tren. Una noria partida en dos, que siempre pierde el agua, podría ser el símbolo de esta tierra ignorada por los demás, y mantenida en la modorra por los propios.

La verdadera victoria no es, por tanto, en este caso, la llegada del AVE, ni el blindaje de un acuerdo que debe ser de obligado cumplimiento para una región harta de engaños y de ser lo que en 1978 el maestro García Martínez llamó ´La tonta del bote´, ni el que los soterramientos se hagan por el principio, como las casas y las cabezas en la enseñanza antigua. El verdadero éxito, lo trascendente aquí es el acuerdo mismo. Quizás aún estemos a tiempo de tener algún futuro.

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