Éxodos

Carta de un niño sirio

19.09.2015 | 04:00
Joaquín Sánchez

Sólo os pido que le deis una oportunidad a la paz, pero la paz se construye desde el amor, el diálogo, la ternura, la reconciliación y la justicia. No os olvidéis que para muchos niños y niñas su presente es un infierno y no tendrán ningún futuro. Tenemos todo el derecho a la vida, a una vida bonita, digna ¿Tan difícil es conseguirlo? ¿No se puede hacer nada?

Hola, amigos y amigas:

Soy un niño sirio, sí, de ese país que ya todos conocéis por los refugiados y que se está destruyendo y desangrando desde hace algunos años por la guerra y yo todavía no sé por qué de tanta maldad y crueldad. No importa mi nombre, uno de esos niños, de esos tantos niños que sufrimos esta violencia sin fin. A quien sí conocéis es a mi gran amigo Aylan, su foto ahogado en las playas de Turquía ha recorrido el mundo entero y ha provocado una movilización ciudadana muy importante. Los dos somos de Alepo y nacimos en el mismo día, con inmensa alegría de nuestros padres cuando abrimos los ojos al mundo. No entendía porque los médicos querían que lloráramos, pensaba que la vida debía ser algo bonito, una gran aventura, muchas cosas por conocer, vivir y amar.

Me daba un poco de inseguridad salir del seno de mi madre, porque se está tan a gusto y protegido, sobre todo cuando ella me acariciaba pasando su mano por su vientre y hablándome y escuchando sus canciones; tenía una voz preciosa, por lo menos a mí me lo parecía. Mi padre esa menos expresivo, pero notaba su sonrisa llena de cariño y ternura. De vez en cuando, ellos se sobresaltan y chillaban y se abrazaban cuando oían unos estruendos, yo no sabía en ese momento de qué se trataba, después supe que eran unos objetos que llamaban bombas, que causaban pánico.

Por cierto, no os lo he dicho, pero yo morí por causa de una de esas bombas unos días antes que mi gran amigo Aylan. Estaba con mi hermana dentro de mi casa, jugando, cuando de nuevo ese ruido que se producía antes del gran estruendo, lo oímos y a la misma vez a mis padres gritar llenos de desesperación: «Va a caer cerca». Mi hermana y yo nos miramos profundamente, sabiendo que algo malo iba a pasar, ella se levantó y vino hacía mí para abrazarse, pero, de golpe, todo se vino abajo y el polvo lo cubrió todo. Tengo recuerdos muy borrosos, había mucho polvo y yo no podía moverme por los escombros, llamaba a mi hermana con una voz muy débil, notaba cómo la vida se me escapaba, era una sensación extraña. Buscaba a mi hermana, cada vez mi voz era más débil, hasta que se apagó junto a mi corazón. Alguien que no me conocía habría apretado un botón, muy lejos de allí, y acabado con la vida de mi hermana y la mía. No sé si tiene conciencia él y quien le ha mandado disparar o esos que están en despachos organizando las guerras, sólo decirles que les perdonó de corazón y que se miren hacia dentro de sí mismos y piensen y sientan el dolor que causan, las vidas que arrebatan y truncan. Aún tengo grabado a mis padres llamándonos, ese grito desgarrador, mientras quitaban los escombros. No me quiero imaginar, cuando nos encontraran ya sin vida, el desgarro que sufrirían; quienes estáis leyendo esto y tenéis hijos poneos en su lugar.

Lo que nos pasó a nosotros, ya había pasado aquí muchas veces, en cambio no había despertado la indignación de nadie. No entiendo por qué unas muertes tienen repercusión y otras pasan desapercibas. No me quiero imaginar lo que sufrió mi amigo Aylan antes de ahogarse y el dolor de sus padres al ver que no podían hacer nada.

Ahora os voy a contar un poco de mi vida, de lo que recuerdo, claro. Como os he dicho nací en Alepo. Jugábamos mucho en la calle, íbamos a la escuela, yo estaba en el mismo pupitre que Aylan, de vez en cuando la maestra nos castigaba porque decía que no estábamos atentos; la verdad es que nos lo pasábamos bien. Pronto dejamos de ir a la escuela, porque ya no era segura por las bombas. Dejamos de aprender.
Recuerdo también a los soldados hacer daño a la gente, los maltrataban. Cada vez que aparecían todo el mundo se encerraba en sus casas. Nunca entendí porque los soldados hacían daño a la gente y se burlaban. No entiendo por qué tanta maldad. También recuerdo que mi padre me castigó porque había una fotografía del presidente de Siria, creo que se llama Bashar Al-Asad; le pegunté a mi padre quién era y él me contestó que el presidente; le repliqué si era su amigo o familia y me digo: «¡Que va! Es un dictador». Quise saber qué era un dictador y mi padre me digo con cara seria: «Una persona que sólo busca su felicidad, y es muy malvado». Le respondí que si era un malvado por qué no quitaba la fotografía y la tiraba a la basura y le decíamos a los vecinos que esa persona era malvada, por si no lo sabían. Lo dije con orgullo, siempre me habían dicho que era importante decir la verdad y ayudar a los demás, pero la cara de mi padre se quedó muy pálida, me cogió muy fuerte por los brazos y me dijo que jamás se me ocurriera decir eso. Mi padre nunca se había puesto así, me obligó a prometérselo. Con cara sufriente, estuvieron varios días repitiéndome lo mismo.

Ya no oigo a los vecinos hablar, cantar, bailar, saludarse. Los veo tristes, con los ojos perdidos, como si no tuvieran vida. No veo esa alegría de antes, sólo hay silencio y miedo, roto por el ruido de las balas y las bombas. Cada vez oigo más llantos y gritos.

Jugábamos en la calle, pero cada vez había menos niños, menos amigos. Le preguntaba a mi padre por qué se iban y él me explicó que tenían dinero y se podían ir; yo le pregunté adónde y me dijo: «A Europa, sobre todo, a Alemania, porque allí hace falta mano de obra cualificada y barata». Yo no entendía nada y encima decía que eran los que vendían las armas.

También se enfadaba con un país que se llamaba Arabia Saudí, decía que era un país malvado que daba dinero al Estado Islámico para que compraran armas y que era uno de los causantes de tantas guerras y que nadie los nombraba. Me decía mi padre que llegaría algún día en que lo entendería, pero ese día nunca llegará, porque una bomba fabricaba en Europa, Rusia o Estados Unidos había destruido nuestro hogar y nuestras vidas.

Bueno, amigos y amigas, me despido. Sólo os pido que le deis una oportunidad a la paz, pero la paz se construye desde el amor, el diálogo, la ternura, la reconciliación y la justicia. No os olvidéis que para muchos niños y niñas su presente es un infierno y no tendrán ningún futuro. Tenemos todo el derecho a la vida, a una vida bonita, digna ¿Tan difícil es conseguirlo? ¿No se puede hacer nada? Se nos ha arrebatado la vida ¿por qué? Que alguien me responda, por favor. Que alguien me diga por qué mi última imagen es la de mi hermana asustada corriendo hacia mí para abrazarse, pero ni siquiera pudimos hacerlo. Por favor, que alguien me responda y de verdad ¿no sé puede hacer nada para cambiar este mundo?

Los niños y niñas a quienes nos han arrebatado la vida tenemos derecho a que alguien nos responda con sinceridad.

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