El año de la cabra

Catético

11.09.2015 | 14:44
Catético

El burro, como se sabe, es desde hace unos años el signo de identidad adoptado por el nacionalismo catalán para distinguirse del toro ´español´. Y España es la noria a la que vive atado ese burro que gira eternamente en torno a ella. Condenados. Es una canción inacabable, un martirio.
El nacionalismo es una enfermedad que convierte a los pueblos en adolescentes perennes, una insoportable rabieta de niños malcriados que creen tener derechos, pero ningún deber; que se sienten permanentemente agraviados, pero son incapaces de ver la montaña de sus agravios y el egoísmo de su inmadurez.

El nacionalismo catalán no es, así, más que un proceso (en efecto, el procés) de efervescencia, en manos de unos cuantos sinvergüenzas, por el que un sentimiento cateto de rivalidad, de frustración pueblerina ante el vecino (Castilla, la Meseta, Madrid?) ha sido convertido en un movimiento neonazi de bajísima estofa que ha inventado una nación donde nunca la hubo. Una nación que es, sobre todo, el negocio de algunos. Al que sirven tontainas como Piqué.

Una criatura que después de cachondearse de los españoles («¡españolitos, os vamos a ganar la Copa de vuestro rey!») y de sus rivales madridistas; después de sostener el derecho a pitar el himno español y al rey de España; después de defender el ´prusés´ independentista, que es en sí mismo un golpe de Estado, y de sumarse a Guanyarem (una plataforma para apoyar la independencia en el deporte, con selecciones catalanas), se siente ofendido por el hecho de que ahora se le recibe con pitos, muchos menos de los que los suyos le dedican a España.

Y esto es el coñazo adolescente del separatismo: un embudo eterno, ellos siempre los mejores. El patético catetismo que el PSOE llama la singularidad de Cataluña y que nos van a hacer tragar próximamente en este cartel. Los unos y los otros.

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