Este tiempo nuestro

La biblia financiera cambió de dueños

04.09.2015 | 04:00
Luis M. Alonso

Pagar 1.200 millones de euros, diez veces sus beneficios, explica la compra del Financial Times, una de las grandes instituciones periodísticas mundiales, por parte del grupo japonés Nikkei. La operación no es usual en los tiempos de crisis que corren. Pearson, su ya expropietario, sostuvo que quería vender su entramado de publicaciones para centrarse en los proyectos enfocados a la educación. También explicó, por medio de su consejero delegado, John Fallon, que la mejor manera de asegurar el éxito periodístico y comercial de FT era cerrar la operación con una compañía global de noticias digitales. Según datos del propio periódico, FT mantiene en la actualidad una circulación combinada de 720.000 ejemplares. Empezó a cobrar por sus contenidos online en 2002, y la mitad de las 450.000 suscripciones digitales con las que cuenta el periódico son de compañías que las adquieren para sus empleados.

Se puede abundar igualmente en los motivos que llevaron a Pearson a dejar el grupo en manos de alguien que garantice su futura independencia. Puede que FT no resulte para muchos lectores el colmo de la amabilidad, pero nadie podría poner en duda que durante décadas ha sido y es un periódico independiente. Si garantizar la independencia de la publicación ha sido el primero de los objetivos alguien se estará preguntando todavía (la redacción compuesta por más de quinientos periodistas lleva haciéndolo desde hace tiempo) por qué un grupo japonés antes que Bloomberg o Axel Springer, que se encontraban entre los pretendientes a hacerse con el diario y sonaron hasta el final como favoritos, sobre todo el último de ellos.

Es sabido que a Michael Bloomberg, exalcalde de Nueva York y fundador de la compañía de información financiera Bloomberg, le gusta el salmón. La adquisición del Financial Times le hubiera metido en competencia directa con Rupert Murdoch que, con The Wall Street Journal y la agencia Dow Jones controla una de las más influyentes combinaciones de medios especializados en dinero. Y, a la vez, podría representar una amenaza para el negocio de Thompson Reuters, que se vende como otra de las firmas de información inteligente. Con la marcha de Marjorie Scardino, exconsejera delegada de FT, Bloomberg vio ensancharse sus posibilidades para llegar a un acuerdo con la propiedad. Pero no está del todo claro que este gigante americano de la información financiera encarne el ideal que ha regido los pasos del rotativo británico y que desde hace tiempo maneja como uno de sus eslóganes: «El amigo de los brokers respetables». No resulta ocioso preguntarse si es ese tipo de broker el que se cuelga de las terminales de información bursátil de Bloomberg.

En cuanto a Axel Springer, quienes se han sorprendido por el cambio cultural que supone dejar un tradicional negocio de prensa británica en manos japonesas no dudarían, pese al globalismo que encarna el Financial Times, en tirarse de los mismísimos pelos si éste fuera a parar a Alemania. En el concepto sentimental que a veces se encarga de establecer la historia, el espíritu de libertad e independencia de cierta prensa que nació en Fleet Street y asumió el mandarinato conocido por Oxbridge es impensable que puedan manejarlo los boches.

Naturalmente, si se habla de una leyenda hay que referirse a este tipo de cosas. El Financial Times tiene su alma legendaria y es también una especie de biblia de las finanzas. A lo largo de su dilatada trayectoria, el periódico ha sabido caminar como nadie sobre el agua manteniendo, al mismo tiempo que su prestigio, la credibilidad. Leyendo a Ignacio Peyró y su diccionario sentimental de la cultura inglesa me he encontrado con una acertada semblanza del rotativo. A quienes lo tachan de defensor de la City, siempre se les podrá decir que FT presume también de periódico proeuropeo. Ante quienes no se han olvidado de acusarlo alguna que otra vez de socialdemócrata, podrá esgrimir en su defensa los apoyos a Thatcher. Y a quienes quieren ver en sus páginas el oculto entramado de intereses de la conspiración capitalista internacional, sólo hay que recordarles la connivencia de izquierdas mantenida con el laborista Gordon Brown. Navegar a vela y a vapor es una de sus numerosas virtudes, otra superar la insularidad para mantenerse en el primer plano de la influencia internacional entonando un canto al globalismo.

El gigante de color salmón se imprime con independencia de los usos horarios y en distintas ediciones. Ha manejado los más brillantes eslóganes: «El amigo de los financieros honrados y de los brokers respetables», «No FT€ no comment» o, a propósito de la crisis, «We live in financial times». Otro de ellos, «Sin miedo y sin favoritismos», invita a pensar que los japoneses no quieran tirar por la borda el prestigio de años de una cabecera que comienza con su famosa columna diaria Lex, escrita en equipo y de lectura obligada para quienes en este mundo ejercen autoridad sobre el dinero.

Un dinero que no siempre le sonrió al Financial Times, que en 1890, dos años después de su fundación por parte de James Sheridan y Horatio Bottomley, estuvo a punto de quebrar por no pagarle a la imprenta

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