Desde la Torre Amores

Somos esperanza

31.08.2015 | 04:00
Somos esperanza

Desde que somos unos recién nacidos, incluso sin saberlo entonces, nos constituimos en entidades investidas de dosis universales de sentimientos, entre ellos el de la esperanza. Sin ésta nada sería posible. Tenemos fe en nuestros mayores, en nuestros padres, en los que nos rodean, en los que hacen posible la sociedad en la que nos formamos y crecemos.

La esperanza no solo mueve montañas, sino también el día a día, mientras nos preparamos para ser hombres y mujeres de provecho. Indefectiblemente correspondemos a las creencias de los demás formando parte de sus imaginarios, de sus pensamientos, de sus obras, de sus construcciones, de todo aquello que aporta algo de valor con sentido y, a veces, incluso sin él.

Esta virtud, para algunos teologal, nos hace pensar en un futuro, en que superaremos los fracasos, en que seremos fuertes, en que la debilidad no continuará, en que sanaremos, en que nos amarán, en que avanzaremos estimando aquello que nos conforta, así como sustentándonos en tantas y tantas cosas, conceptos y eventos que nos van envolviendo con diferentes capas conforme vamos madurando.

Hay quien asimila la esperanza a la ingenuidad o a una excesiva bonhomía, pero lo cierto es que a menudo el creer hace que las cuestiones, fundamentales o no, sucedan. La fe nos salva. El pensar en el fracaso contribuye a que no acontezca lo aguardado. Por eso tan crucial que tengamos una positiva convicción. Mientras ésta existe hay vida, esto es, podemos progresar.

El juego, porque es así, se mantiene hasta el último minuto, y, a veces, en ese instante efímero, se desarrolla el milagro, visto éste como un hecho inexplicable. Nadie nos ha demostrado que todo tenga un parejo análisis. No se puede identificar de manera completa nuestro discurrir.
La esperanza, evidentemente, debe realizarse para que gocemos de plenitud en todos los órdenes. No ha de faltar en la formación reiterada, pero, más que nada, debe estar presente en el amor, tanto en el que recibimos como en el que ofertamos, que ha de singularizarse con actividades factibles que nos permitan crecer constantemente.

Cada jornada, se suele repetir, y es cierto, es una oportunidad. Hay ocasiones en lo que concierne a los sentimientos y a las labores que protagonizamos y/o en las que nos vemos inmiscuidos. Tanto es así que el consejo es que las tratemos de percibir en un esfuerzo que nos regalará destellos y ecos de querencia en el destino, hacia la propia vida.

Como quiera que es bueno que demos con esos ejemplos, son muchos, numerosos, los que nos recuerdan nuestros seres queridos, que son velas encendidas a la existencia, que nos atienden con pretensiones que nos invitan a ver el mar y el cielo con sellos de pura garantía en la felicidad. Ésta es el fruto más maduro de la esperanza a la que se consagra nuestro periplo, o debe, y es, fundamentalmente, un don y un tesoro para el corazón. Mimemos, por ende, cada instante, cada recorrido, cualquier proceso, y contemplemos el alba como esa estela que seguiremos desde la premisa de que todo lo que anhelamos aguarda, incluso en los momentos más controvertidos. Porque confiamos en ello, nos salvaremos una vez más. Comprueben. Somos esperanza.

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