Otras orillas

El trabajo invisible de los maestros

29.08.2015 | 11:34
El trabajo invisible de los maestros

Algunos viernes del curso escolar –ahora próximo– a pesar de la felicidad del inminente fin de semana, siento un leve vacío. Soy maestro, no lo he dicho antes. Un vacío, como si hubiese dejado algo a inconcluso en el trabajo. Albergo la sensación de haber dejado una conversación a medio, inacabada. El lunes he de volver y continuar€ ¿pero qué conversación es esta? ¿Con quién? Es un sentimiento difuso pero que he reflexionado y creo haber entendido en cierta medida. La conversación es, obviamente, con mis alumnos y no es sobre algo concreto. Es un largo diálogo que se empieza a principio de curso y no concluye jamás. La educación es eso, un proyecto inacabable, sutil, infinito, invisible. Y no es mío. Es de todos, es compartido.

Esa es una de las razones por las que no se valora el trabajo del profesor. Cuando alguien ve una casa o una pintura o un libro puede ponerle un nombre a su autor, puede felicitarlo. El autor, artista o artesano de estos trabajos tienen nombre y sus obras son tangibles, visibles. Están ahí, se pueden tocar. Sin embargo, el maestro trabaja una sustancia inacabable. La educación no ofrece resultados inmediatos. Un niño estará –mal o bien– educado al cabo de muchos años. O quizá nunca, quién sabe. Además, la educación no es un trabajo personal. Es labor de muchos. En ella intervienen maestros, padres, agentes sociales, televisión€ Por eso, cuando el alumno que se convierte en médico o arquitecto, vuelve la vista atrás, difícilmente es capaz de poner nombre a todos y cada uno de los que han intervenido en su formación. Además, el principal protagonista y artista de esta obra de arte, no lo olvidemos, no es otro que él mismo.

Como decía, esa es una de las razones por las que no se valora el trabajo de los maestros. Porque no se aprecian los resultados a primera vista. Porque no importan quién te enseñe la tabla de multiplicar ni a leer un poema. Importa el resultado total, la suma de las partes, partes invisibles que forman una figura futura de conocimiento, sensibilidad y relación con la belleza.

Imaginemos. Quizá un maestro nombre el título de un libro en clase.Quizá ese título volado al azar cale en la memoria caprichosa de un niño que dentro de diez años se topará con el libro, lo leerá y le cambiará la vida. Quizá, en este momento crucial, el nombre del maestro que le citó el libro ya sea víctima de las llamas del olvido. No pasa nada. Lo importante es que la semilla ha traspasado el tiempo y ha fecundado en el futuro. Creo que esta es una buena metáfora de la educación. El deseo oculto de leer un libro en el futuro que cambiará tu vida.

No creo que los maestros tengan que salir de su anonimato. Somos trabajadores invisibles y está bien así. No creo necesario que se erijan estatuas en los jardines. No somos héroes, tan solo trabajadores que creemos en algo muy importante y bonito. Y que además cobramos por ello. Pero quizá, en secreto y silencio, todos debamos reflexionar y apreciar que el trabajo que hacemos es importante, necesario y valioso.

Por la educación pública, de todos
y para todos. Dedicado a todos los maestros
de Alhama de Murcia

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