Las sietes esquinas

Populismos

28.08.2015 | 04:00
Populismos

En estos tiempos se habla mucho del populismo, aunque no estoy seguro de que la gente –el lector medio, quiero decir– sepa muy bien de qué se está hablando. La misma Wikipedia en español, por ejemplo, no sabe muy bien cómo definir el populismo y acaba haciéndose un lío. En cambio, la Wikipedia en inglés lo define bastante bien como «la doctrina política que apela a los intereses e ideas (en términos de esperanzas y temores) de la población en general, en especial cuando se trata de poner en cuestión los intereses del statu quo en el poder». La Wikipedia inglesa, además, subraya los aspectos más negativos del populismo, ya que también lo define como «la corriente política que recurre a la demagogia para hacer promesas irrealizables». Por el contrario, la versión española –o hispánica, más bien, ya que está pensada para toda Hispanoamérica– se muestra mucho más cautelosa, y en general tiende a ocultar los aspectos más negativos y problemáticos. El populismo, para la Wikipedia hispánica, sería una corriente ideológica opuesta al liberalismo y partidaria de la intervención del Estado en defensa de la justicia social. Y poco más.

Por supuesto, nada de esto aclara el problema. Y si bien se mira, todos los partidos políticos dicen representar a la población en general, o al pueblo mismo, y todos dicen oponerse a alguna clase de poder, ya sea financiero o político o económico, al menos mientras estén en la oposición (luego ya es otra cosa). O sea que el problema sigue en pie. ¿Cómo se puede saber si un partido político o un movimiento social son populistas? Pues bien, creo que sólo hay cuatro formas de averiguarlo. Una, si ese partido o ese movimiento social proponen soluciones muy fáciles a problemas muy complejos. Dos, si establecen un enemigo claro a quien culpar de todos los problemas. Tres, si explotan el miedo y el odio de la población (algo que apunta el historiador John Lukacs), es decir, si utilizan el emocionalismo y la irracionalidad frente a las frías razones y los fríos argumentos. Y cuatro, como decía la Wikipedia en inglés, si apelan a la demagogia para hacer promesas irrealizables.
Ahora bien, conviene tener en cuenta que todos los partidos políticos están contagiados de populismo, porque todos han recurrido alguna vez, o muchas veces, a estos medios fraudulentos para alcanzar el poder. Y nos guste o no, todos los partidos han hecho promesas irrealizables, todos han recurrido al irracionalismo y todos han buscado un enemigo a quien cargarle todas las culpas. Y esto es así, repito, porque toda la política actual está contaminada por el populismo, ya que todos los políticos, sean del signo que sean, sólo saben actuar en función de las encuestas de opinión y de los altibajos caprichosos de eso que se ha venido en llamar «opinión pública». De modo que conviene tener muy claro que el populismo no es sólo un movimiento de izquierdas, como quieren hacer creernos algunos dirigentes del PP cuando atacan a Podemos y a Syriza, porque el populismo tiene también muchos ingredientes de derechas. De hecho, el Frente Nacional francés o la derecha euroescéptica británica son típicos ejemplos del peor populismo. Y ojo, el PP también ha sido –y sigue siendo– un partido en buena medida populista, como demuestra cuando busca un enemigo en Cataluña o en los inmigrantes ilegales o en los mismos partidos populistas que ponen en riesgo la recuperación económica. Y por supuesto que también lo ha sido el PSOE. Y también son populistas –y de los peores– los partidarios de la independencia catalana que prometen cosas que incluso ellos mismos –si están bien de la cabeza– saben que son por completo irrealizables, aparte de que las movilizaciones populares y las campañas de intoxicación política de los independentistas han puesto en funcionamiento los mecanismos más perversos del populismo.

Y una última reflexión: el populismo se define, ante todo, por la negativa absoluta a llevar a cabo una política que pueda resultar impopular o que pueda poner en peligro los privilegios de la mayoría de la población. Y en este sentido, el mayor populismo actual, y el peor populismo de todos, es el que se niega a acoger a los miles y miles de refugiados que huyen de la guerra salvaje de Siria con el argumento de que no hay dinero suficiente ni trabajo para ellos. Porque un buen gobernante –alguien que no fuera populista– haría dos cosas para recibir a esos refugiados: recortar en todo lo posible las partidas presupuestarias innecesarias –y hay muchas–, y segundo, introducir un nuevo impuesto para financiar esa acogida de refugiados y explicarlo a las claras a la población. Pero por supuesto que ahora mismo ningún político, ni a derecha ni a izquierda, se atrevería a hacer algo así. Es mucho más fácil prometer y prometer, o buscarse un enemigo imaginario al que echarle la culpa de todo.

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