Al azar

Estados Unidos libera a Francia

26.08.2015 | 18:06
Matías Vallés

No podía imaginarse una conmemoración más apropiada del aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial. Setenta años después, Estados Unidos vuelve a liberar a Francia, esta vez mediante tres aguerridos mozarrones que neutralizaron a un terrorista marroquí, empeñado en provocar una matanza en un tren dirección París. También se ha celebrado la colaboración de un súbdito británico, la misma cuota que en los años cuarenta. Solo un pequeño detalle, ¿dónde están los héroes franceses de unos vagones poblados mayoritariamente por personas de dicha nacionalidad? De Gaulle no ha hallado precisamente un sucesor en el actor galo Jean-Hugues Anglade, herido leve al romper un cristal para estirar la señal de alarma del tren. Desgarrador. Mientras tanto, el yanqui Spencer Stone se abalanzaba sobre el islamista doblemente armado y sufría heridas de cutter en un brazo.

Estados Unidos guerrea y Europa tira del freno de mano, deliciosa metáfora del siglo XXI en el vehículo arquetípico del XIX. Pese a los reconocimientos y las Legiones de Honor, el presidente Hollande no podía disimular ayer la embarazosa humillación ante gladiadores que lo tumbarían con una sola mano. Uno de los aguerridos norteamericanos visitaba por primera vez Francia, el desconocimiento del terreno no le impidió obtener una estrepitosa victoria a domicilio. Reconozcamos deportivamente que Le Monde tituló con un entregado ´Militares norteamericanos evitan una carnicería´. Sin embargo, también aquí detectamos más frustración que agradecimiento.

No está claro que las fuerzas policiales hayan mejorado su efectividad ante el terrorismo islámico, y ayer mismo se declaraban desbordadas por la multiplicación de candidatos con kalashnikov. Por fortuna, la iniciativa privada alcanza allá donde la burocracia se empantana. El adiestramiento ciudadano, tras las masacres encadenadas con posterioridad al 11-S, ha convertido a los pasajeros en vigilantes atentos a cualquier anomalía en el entorno. La seguridad surge de la desconfianza, otra máxima del capitalismo siempre triunfal.

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