Palabras

Ida y vuelta

23.08.2015 | 04:00
Pedro Guerrero Ruiz

A los 20 días de agosto he vuelto a La Azohía para ver a Candelita, que se ha hecho muy amiga de Alejandro, nieto de Gabriel y Encarna y que les tengo fotografiados jugando con el móvil en un chiringuito de la playa. Se alegra tanto de vernos a su abuela y a mí que se puso nerviosa y hasta se dio un golpe sin importancia. Está preciosa y cada día se actualiza más en cuentos y palabras. La palabra madrastra le tiene ahora entretenida en la interpretación, porque en cuentos ya se sabe: madrastra no es nada bueno. Vuelvo a casa después de comerme un caldero en El Molina, y retorno a la buena vida.

La buena vida es, entre otras cosas, la plaza de La Alberca. La echábamos de menos, porque andaba cerrada una semana por reformas menores de la techumbre. Pascual ya estaba preparado para los desayunos, Gonzalo al pescado, Fini en fruta y frutos secos y Loli en otros menesteres. Mañana tendremos empanada lorquina (un día les diré la receta), y esta misma noche (por hoy viernes, cuando envío la columna) cenaremos en la huerta y cantaremos en un pequeño karaoke (a ver las voces...). Por lo demás: vuelta a casa o al aire acondicionado, desayunos de plaza, con la compañía de los Pacos (Muñoz, el de la tele; y Díaz, el de las recetas caseras de la buena vida). Nos cuenta el Díaz que el Berni, su nieto, está gozando en la República Dominicana con la batería, que, por cierto, la toca muy bien el niño. Parece que el tiempo ha cambiado y que tendremos buenas noches también, sin necesidad de tanto aire acondicionado y ventiladores y un ligero airecillo de la montaña.

Estoy corrigiendo una novela y leo: «Cuando llegaron, a pesar de la tibia luz de unas farolas, pudo ver un edificio nuevo, de ladrillo rojo, con grandes balconadas y flores, sobre todo macetas colgadas con geranios. En la base del edificio, unos soportales que parecían neomudéjares. Entraron a una cervecería. Pidieron dos cervezas y algo de pescado frito.

–Yo ahora resido en el tercero. En la casa de arriba vive el poeta chileno Pablo Neruda. Neruda era amigo de la gente de la Residencia de Estudiantes. Algunas noches hacen mucho ruido. Se lo pasan bien. Yo he subido a casa de Neruda. Delia del Carril, que es amiga mía desde que nos conocimos en la Alianza de Intelectuales, me llama y subo en ocasiones. Ella es amante de Neruda, aunque mucho mayor que él, unos veinte años más, no sé. Me llevo la guitarra y, si está allí, canto con un músico chileno muy bueno, Acario Cotapos. También vienen el pintor Manuel Ángeles Ortiz, una gran persona. Y Rafael Alberti con María Teresa León, que tienen un ático cerca de aquí. Neruda hace unos ponches cargados que€ ¡se agarran unas borracheras! Son unas veladas interesantes. Rafael es muy divertido, y Federico también. Los dos recitan muy bien. Ya sabes€ los andaluces.

Se levantó y fue hacia una mesa que estaba en la esquina de la cervecería. Ella saludó a dos hombres y una mujer.

–Son amigos, Maruja y Pepe, y esperan a otra gente. También les conozco de las visitas a Neruda con Delia. Maruja Mallo y Pepe Caballero son pintores. El otro es Acario Cotapos, el músico que te dije. Les he dicho que eres amigo de Eliodoro. Maruja y Pepe le conocen mucho.
Entraron al edificio que tenía un patio interior y un jardín muy bonito. Subieron a su casa. Salieron al balcón, que era amplio. Allí había una pequeña buganvilla roja y macetones de geranios. Se veía una luna llena que inundaba la noche madrileña. Aurora estaba resplandeciente. Había soltado sus cabellos, que le caían por los hombros y el cuello. Se acompañaba con la guitarra mientras decía unos versos del poeta cubano Nicolás Guillén. Cuando terminó, dejó la guitarra sobre la silla y vino a sentarse al lado de Pedro en un banco de madera que había junto a la pared.

Él había dejado la chaqueta colgada en un sillón de la casa. Mientras hablaba, ella llevaba el brazo sobre su espalda y con la otra mano le quitaba la corbata. Él parecía inquieto.

–Eres hermosa.
–Y tú. Tú también eres muy hermoso, mi amor.
–Tú sí que tienes unos ojos muy hermosos, muy expresivos –le dijo titubeando, algo nervioso–.
–Pero yo soy muy mayor, y he aprendido. Mi mirada no es tan inocente como la tuya, sino algo más...

Seguía leyendo y se me pasaba el tiempo en la espera de otra manera de repensar lo escrito. Por eso, todo ello continuará, ahora que ya ando más tranquilo y que hace menos calor. Pronto vendrá mi nieta y tendrá una nueva escuela, la de su madre, que es donde hará Educación Infantil.

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