Ríos de paso

Un verano cruel

14.08.2015 | 04:00
Un verano cruel

Antonio gusta de las pasiones, de las pasiones blandas, claro. Por eso este agosto de inquietudes lo está pasando mal. Antonio ya no es joven, tampoco viejo, pero está en esa edad en la que se empieza a ser consciente de que el placer es excepción y la vida contemplativa una excelencia futura y un remanso presente. La contemplación de paisajes naturales geográficos, y la contemplación de perfiles naturales humanos femeninos. Antonio deja transcurrir el verano en Santander, en contra de su voluntad y a favor de la de su mujer. Detesta Santander, como ciudad y como paisanaje. No soporta esos cochecitos de bebé gigantescos y lujosos sacados de una serie española de bajo presupuesto. No soporta a los primos de su mujer, endomingados hasta los lunes, pesarosos en el café e indolentes en la merienda. Soporta mejor a las primas, primarias y políticas, que hablan con ese deje madrileño travestido en cantábrico, lo cual supura una mezcla de sadomasoquismo y botellón de boudoir.

Todo esto y otras cosas, me las escribe Antonio por correo electrónico con mucho más detalle, precisión y perversión, por supuesto. Antonio y yo fuimos compañeros de copas madrileñas, de manuelas, rockolas y vías lácteas, aunque lo mío tenía más mérito pues me desplazaba desde una Barcelona moribunda, cada fin de semana, para disfrutar de la movida madrileña. De todo eso no queda ni el recuerdo, ni el regusto de haberlo pasado bien, me escribe Antonio, porque él cree que tampoco lo pasamos tan bien. Yo discrepo bastante en este asunto: lo pasamos muy bien, estupendamente, fenomenal, como decía aquel otro primo de aquel otro amigo que ahora se divierte en otras ciudades. Antonio se retuerce en la nostalgia negativa, en la nostalgia inversa, grave error.

Y así, deja que algunas primas, primarias o secundarias, se le escapen a los altares de la sublimación, de la alienación, le escribo yo. «¿Por qué no les cantas 'qué hace una chica como tú en un sitio como este', como hacíamos entonces?» «Porque yo la cantaba muy bien, y tú no, pero te llevabas la cosecha». Lo que Antonio llama la cosecha, suponía levantarse poco antes de comer en un piso desconocido de la calle Argensola, por ejemplo, para ir corriendo a tomar las cañas a Santa Bárbara y comer. Yo les cantaría a las primas de mi mujer, si las tuviera, le escribo a Antonio, aun a sabiendas que no habría amanecer tardío en ningún piso de Malasaña.

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