Inventario de perplejidades

Dogmatismo de la no ciencia

12.08.2015 | 04:00

En un dominical de la pasada semana del periódico El País he leído dos interesantes entrevistas con el exministro griego de Finanzas, Yanis Varoufakis, y con el economista coreano Ha-Joon Chang, que ejerce de profesor en la universidad británica de Cambridge. Y los dos, en mayor o menor medida, vienen a coincidir en su análisis sobre la crisis financiera. Especialmente, sobre el papel del euro, que ambos consideran que fue una creación errónea.

Varoufakis, que emplea expresiones muy duras para describir el acoso a Grecia impuesto desde Alemania («terrorismo monetario», «tortura fiscal», «golpe de estado»), opina que el euro estaba mal diseñado, como se vio tras el colapso del banco norteamericano Lehman Brothers. «Desde entonces –dice– Europa vive en estado de negación y ha hecho todo lo contrario de lo que debía. Castigar el orgullo de un país para atemorizar a otros (principalmente los países del sur) no es la idea por la que lucharon dirigentes como Felipe González, Valéry Giscard d´Estaing, o Helmut Schmidt».

En la misma línea argumental, el prestigioso profesor coreano, considerado en círculos académicos como uno de los diez economistas más influyentes del mundo, considera que el euro es una fuente de constante perturbación para los países de su zona, de forma especial para los más débiles.

«El problema –dice– es la moneda única. Esta tiene sentido cuando la introduces en una región (y cita expresamente a Estados Unidos) que es más o menos homogénea en términos de estructura económica, productividad, historia e idioma pero en Europa fue un error. Sin el compromiso de ayudar a los países de menor productividad no podemos tener una moneda única. Antes –sigue diciendo– España o Italia podían devaluar para resolver sus problemas pero ahora lo único que pueden hacer es bajar los salarios y cortar el gasto público, lo que deprime aun más la economía. La austeridad permanente –concluye– no tiene salida».

El análisis de Ha-Joon Chang es clarividente pero aún lo es más –a mi modesto juicio– cuando atribuye gran parte de los problemas que padecemos a la «ilusión de considerar a la economía como una ciencia». De una parte, eso ha provocado que la materia se haya convertido, a nivel intelectual y sin ningún fundamento, en muy dogmática. Y de otra, se han excluido los asuntos económicos del debate democrático, lo que traslada el poder de decisión sobre asuntos de gran importancia social a unos supuestos expertos a los que nadie ha elegido (hombres de negro, troikas, e inventos parecidos).

Visto lo que ha ocurrido en estos últimos años, con las quiebras fulminantes de bancos y poderosas instituciones financieras que el día anterior a su caída gozaban de un aval de absoluta solvencia de afamados analistas financieros, nadie puede dudar que al profesor coreano le sobra razón. Algunos supuestos expertos en la materia me recuerdan a aquellos delirantes teólogos de los que nos hablaban en el Bachillerato, que reunidos en Salamanca descalificaban cualquier proyecto científico en base a argumentos bíblicos. No acertaron ni una. Pero eso sí, eran muy dogmáticos.

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