Dulce jueves

El verano entre libros

06.08.2015 | 04:00
Enrique Arroyas

Aquel verano lo pasamos viviendo en pensiones, a veces en algún hotel. Ella llevaba la maleta con la ropa de los dos, yo una maleta llena de libros. Más de un mes por ciudades y pueblos cargando con los libros que habíamos seleccionado, hasta que llegamos a París, donde se nos acabó el dinero. Empezábamos cada día leyendo y, si encontrábamos algo, lo anotábamos en un cuaderno que compartíamos. En la terraza del hotel, si la había, o en algún jardín público, nos sentábamos juntos a leer, y en cada lugar en que leíamos el libro parecía cambiar, aunque la historia fuera la misma. Todavía conservo ese cuaderno, donde anotamos las cosas que descubrimos ese verano, pero casi no me atrevo a abrirlo.

A veces alguien te pregunta cuáles son los más bellos días de tu vida... ¡Qué difícil es responder! ¿Fueron los de aquel verano? ¿Fueron los de aquel amor entre libros aunque ella ya no esté? No teníamos dinero, no teníamos un hogar ni suelo firme, no teníamos ninguna certeza ni lugar al que volver, y por alguna extraña razón no hablábamos del futuro, como un presagio de que ella no estaría conmigo cuando llegara. La perdí (¿qué importa la razón por la que se pierde algo?) y me pregunto si su ausencia, que ha sido tan absoluta como fue su presencia aquellos días, no habrá amargado la felicidad del verano de mi vida. Los libros que llevábamos (Boris Vian, Cummings, Miller, Apollinaire, y más que no recuerdo) también hablaban de pérdidas, de amores truncados. Busco al azar en el cuaderno: «...te enamoras de alguien que te promete un hogar». Esta frase aparece tachada y, más abajo, con la letra de ella, esta otra: «Te enamoras de alguien que convierte el mundo en un hogar».

Queríamos que las historias que se contaban en los libros formaran parte de nuestro viaje. Por las mañanas en París, cuando la ciudad se extendía clara y brillante ante nosotros, esa sensación era real. Recuerdo la Place de Marché Sainte-Catherine, nuestro rincón preferido. Comprábamos panecillos y se nos pasaban las horas leyendo y mirando a la gente del mercado. Una vez ella abrió la maleta de libros y consiguió algo de dinero que nos permitió alargar un poco las vacaciones y hacer de ese jardín un hogar soñado. No sé lo que buscábamos ni qué queda de aquel verano entre libros. Quizá eso, un lugar soñado.

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