Tribuna Política

Observaciones parlamentarias sobre política y tiempo de espera

Sólo quienes tienen poder disponen de la posibilidad de hacer esperar a los demás, esto es, a los que no tienen poder. Disponer del tiempo de los demás es uno más de los privilegios que los poderosos tienen respecto a la ciudadanía. El privilegio de hacer esperar a los demás es un privilegio de casta. Y tiene su contraparte en que hay quienes se quedan esperando y con frecuencia esperan algo que les es muy urgente

02.08.2015 | 04:00
Andrés Pedreño

En la inusitada actividad parlamentaria desplegada por el partido gobernante en la Región de Murcia, esto es, el Partido Popular, una cuestión me ha llamado poderosamente la atención, seguramente por mi condición de neófito en esto de ser diputado regional. Me refiero a la cantidad de planes, reglamentos o similares que llevan esperando mucho tiempo.

El caso del Reglamento de Desarrollo de la renta básica es uno de ellos. Pero he ido descubriendo muchos más. Por ejemplo, en una de las últimas mociones presentadas por el Partido Popular, y que apoyamos por unanimidad el resto de grupos parlamentarios (Cs, PSOE y Podemos), se proponía instar al Gobierno regional a que se desarrollara un plan integral sobre enfermedades raras o poco frecuentes. En la exposición de motivos de la moción se podía leer que el grupo parlamentario Popular considera que «es el momento» de desarrollar este plan. Entrecomillo esa frase porque me gustaría señalar la particular relación con el tiempo que el Partido Popular demuestra en esta y otras cuestiones.

Desde que el ministerio de Sanidad anunció la puesta en marcha de la estrategia de enfermedades raras en el Sistema Nacional de Salud han pasado nada menos que siete años desde ese 23 de enero de 2008. Suele decirse que nunca es tarde si la dicha es buena, pero a veces la tardanza en la espera de una política tan justa y necesaria como es ésta es en sí mismo un hecho injusto. Han pasado siete largos años, en los cuales las asociaciones han denunciado en reiteradas ocasiones, inclusive en la propia Asamblea Regional, la escasez de medios para atender en condiciones a personas con este tipo de enfermedades.

Solamente los que tienen poder disponen de la posibilidad de hacer esperar a los demás, esto es, a los que no tienen poder. Disponer del tiempo de los demás es uno más de los privilegios que los poderosos tienen respecto a la ciudadanía. El privilegio de hacer esperar a los demás es un privilegio de casta. Y tiene su contraparte en que hay quienes se quedan esperando y con frecuencia esperan algo que les es muy urgente: sea una renta básica, sea una política para atender a un familiar con una enfermedad de las denominadas raras o poco frecuentes.

Allí donde unos tienen el privilegio de hacer esperar a los demás, los que esperan tienen, por el contrario, la urgencia de políticas que les protejan de las incertidumbres y vulnerabilidades propias de los que no tienen privilegios. Contra el privilegio de hacer esperar, a lo largo de la historia la gente se ha ido uniendo para afrontar las urgencias del presente y los desafíos del futuro. Gracias a ello se han diseñado sociedades sanas y buenas en las que una y otra vez la gente ha tejido vínculos de solidaridad para protegerse de la incertidumbre y de la arbitrariedad de los poderosos empeñados en hacer esperar a la mayoría social. Construimos vínculos porque nos necesitamos los unos a los otros para protegernos de las incertidumbres y vulnerabilidades del día a día. Por ello inventamos el Estado social. Porque solamente desde los servicios públicos se puede garantizar la atención a esa ´deuda sagrada´ que los individuos contraen los unos con los otros por el hecho de vivir en sociedad.

Me gustaría recomendarles para este verano que vieran, si no la han visto ya, una serie de televisión del canal HBO: Breaking Bad se llama. El protagonista contrae una enfermedad terminal que requiere un costoso tratamiento médico. Como en EE UU no existe un sistema universal de salud, los costes del tratamiento corren por cuenta del paciente. Pero este paciente tiene una urgencia, pues el tiempo corre en su contra, no puede esperar. La serie relata cómo el protagonista opta por financiarse el tratamiento recurriendo a actividades delictivas relacionadas con la producción y distribución de sustancias químicas ilegales, es decir, drogas. Capítulo tras capítulo vemos la transformación del personaje y cómo el mal, la maldad, se va apoderando de quien hasta ese momento era un tranquilo profesor de química en un instituto de Alburquerque.
La moraleja de la serie es clara: allí donde una sociedad no protege a sus individuos más vulnerables y donde no rige el principio de universalidad de la sanidad y en su lugar impera la lógica del beneficio privado, el mal o la maldad terminará laminando los vínculos de solidaridad. Es una serie interesante, véanla; permite comprender por qué efectivamente las políticas de recortes y de privatización de servicios públicos son un auténtico austericidio. Las urgencias de la vida son atendidas por los servicios públicos y no pueden esperar. La Federación de Enfermedades Raras (FEDER) ha venido todos estos años de espera y de recortes denunciando los efectos negativos que para las familias con enfermedades poco frecuentes tienen las políticas de desmantelamiento de la sanidad pública o el copago hospitalario o farmacéutico.

Hacer esperar a los demás es un privilegio que la gente con situaciones de emergencia no puede permitirse. Tampoco la ciudadanía está dispuesta a seguir soportando políticas que hacen esperar a unos (los más desprotegidos) mientras que se atiende rápidamente las peticiones de otros (banqueros y otros grupos dominantes). Ha llegado la hora de acabar con el monopolio del tiempo de espera en manos de una minoría privilegiada. La gente tiene prisa porque las necesidades del presente son acuciantes y no pueden seguir esperando más.

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