Ida y vuelta

Fumar pegamento

01.08.2015 | 04:00
Alfredo Ramírez Nardiz

Así se explica que los españoles no tengan ocupaciones más relevantes que la de autodestruirse a sí mismos. Afición, por cierto, que llevan practicando desde el principio de su existencia como país

No sé ustedes, pero yo, desde la distancia que me otorga mi retiro caribeño, tengo la intensa sensación de que en España hay mucha gente que fuma pegamento. Y así se les quedan las gónadas, cabría decir. Porque, ¿qué cabe pensar de un grupo de nacionalistas catalanes que se alían, como si de los Power Rangers se tratara, dando vida a una súper lista de unidad nacional y a los que literalmente les importa un comino la Constitución, la ley, el Estado de Derecho y el más mínimo atisbo de racionalidad? Pues que fuman mucho pegamento, está claro.

Porque si no, no se explica. Ustedes dirán. El presidente catalán que se presenta en Zarzuela y le comenta al Rey que adiós, majestad, que le vaya bonito, pero nosotros nos abrimos, o sea. Ahí te quedas, Borbón, llevo trescientos años esperando al siguiente Felipe para hacerle una peineta y largarme con viento fresco. Y el Borbón que le mira, que le sonríe y que se pregunta para sus adentros qué demonios se fumará este tío para pasarse el día entero tan colocado.

Pero es que después tenemos al presidente del Gobierno que abandona sus tareas institucionales (ver el Tour, echar la siesta, poner a cargar el plasma€) y se presenta en público para informarnos que Cataluña no se va a independizar, que todos tranquilos, que aquí estoy yo. Dan ganas de preguntarle, magnífico, ¿pero hay alguien más? Quiero decir, el único que se va a enfrentar al órdago nacionalista es un señor que no era capaz de parar de leer cuando en su discurso escrito se encontraba la expresión «fin de la cita»? Acabáramos. Parafraseando a Romanones y a él mismo, joder, que tropa.

Y en esto que aparece la égida podémica (recomiendo vivamente la parodia que les hacen en el extraordinario programa Polònia de TV3) y nos informan de que la solución a todos nuestros males consiste en hacernos un griego. Y no, no me refiero a lo que están pensando (guarretes), sino a hacer un referéndum. ¿Un referéndum sobre qué? Sobre todo. Enumero: sobre la monarquía, sobre la auditoría de la deuda, sobre la troika, sobre Cataluña (por supuesto), sobre la dirección del partido€ la dirección del partido€ Bueno, sobre eso último no, que los referendos los carga el diablo (o sea, la Transición) y la democracia bien entendida siempre ha sido moderada, ejem, como nosotros.

Gracias a Dios, tenemos a la gente sensata. Esto es, al PSOE. El problema catalán se resuelve haciendo de España un Estado federal. Acabáramos. Así que ahí estaba el intríngulis€ Si lo llega a saber el Conde-Duque de Olivares, cuántos problemas se habrían evitado desde aquel fatídico Corpus de Sangre. La cosa consiste en convertir esta jaula de grillos en una civilizada federación como lo es Alemania, sin ir más lejos. El detalle de que sólo ellos quieran tal cosa y que el resto de fuerzas políticas aboguen por seguir igual o mandarlo todo a la puñeta es secundario. Si repetimos mucho lo del Estado federal puede que el público se olvide de la evidencia y no perciba que lo decimos para ver si de alguna manera (Dios nos oiga) conseguimos diferenciarnos de quien se nos está comiendo por los pies y que, encima y en cruel broma del destino, tiene el mismo nombre que nuestro fundador.

Más pegamento en vena. El flamante nuevo ayuntamiento de Madrid empieza colocando de concejal de Cultura a un señor que se ríe de las amputaciones de una víctima del terrorismo, continúa diciendo que va a subir impuestos varios y concluye creando un organismo para corregir a la prensa, porque ya se sabe que los plumillas son todos unos troleros. El de Barcelona nos demuestra que los tiempos del nepotismo han pasado y, precisamente por ello, la alcaldesa ve de lo más normal contratar a su marido como asesor, porque, pensándolo bien, ¿quién te puede asesorar mejor en el ámbito profesional que aquel que te asesora en el íntimo y personal? Pues eso.

Claro, uno, que reside en un país en el que los problemas del día a día son un tercio de la población viviendo por debajo del umbral de la pobreza, una guerrilla que de vez en cuando hace saltar por los aires un cuartelillo de la Policía, un vecino venezolano chiflado que cada día tiene una ocurrencia nueva y un sistema jurídico (Estado de Derecho, separación de poderes, respeto a los derechos individuales, funcionamiento de la Administración€) que, en su conjunto, es un cachondeo, pues claro, se para a pensar y llega a la conclusión de que si en España, que dentro de lo que cabe es un país desarrollado, moderno y más o menos civilizado (créanme, sé que los que están dentro y no han salido piensan que no es así, pero cuando uno viaja cambia bastante de opinión), la gente no tiene mejor cosa a la que dedicarse que a semejantes soplagaiteces es porque, sin duda, el fumeteo de pegamento debe ser una afición de lo más extendida.

Y así se explica que los españoles no tengan ocupaciones más relevantes que la de autodestruirse a sí mismos. Afición, por cierto, que llevan practicando desde el principio de su existencia como país. Porque se fuma mucho pegamento. No digo yo que esté mal. Cada cual se entretiene como puede. Pero, ¿saben?, a poco que se adquiere perspectiva, aburre. O sea, cansa. Visto desde fuera les garantizo que la mayoría de las cosas que pasan en mi amado país resulta, como poco, estúpida. Cuando no ridícula. Y ya saben que lo peor que le puede pasar a uno no es dar pena, sino dar risa.

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