Ida y vuelta

El lucero del alba

27.09.2014 | 04:00
El lucero del alba
El lucero del alba

Siento el viento en el rostro. Las nubes deslizándose sobre mi cuerpo desnudo. Mis alas oscuras rasgando el amanecer. La luz del sol acariciando mis músculos empapados en sudor. Vuelo tan veloz como me permite este cuerpo mortal en dirección al único lugar de la Creación en el que no habitan cuerpos mortales. Soy aquel que cayó. Y hoy vuelvo a casa.

Antes de que comenzara la historia de los hombres yo era de entre todos el más bello. El más sabio. El más poderoso. Yo era la criatura para la que el Gran Solitario había creado el universo y las almas que lo pueblan. Mis pasos calentaban los helados pasillos del Castillo de la Rosa y la mirada de mis iris verdes iluminaba la oscuridad aun sin nombrar de las mil veces mil millones de estancias del palacio más triste que jamás se haya imaginado.

Los niños de mi hermano, tantos jovencitos de espíritus puros y almas cándidas, de cuerpos dibujados por una mente tan cansada como necesitada de infantil adoración, sus melenas rizadas y doradas, sus pieles claras y oscuras, cantaban mi nombre y pintaban con sus sueños mis historias, mis hazañas, los mundos que por Él liberé y en los que en su nombre goberné. Yo era el héroe. La serpiente alada cuya frente coronaba la esmeralda de la sabiduría divina. Y entonces el Creador me anunció la última creación que su pecho sin corazón de demiurgo abandonado había ideado.

Se llamará hombre. Su cuerpo será de carne y hueso. Sus pensamientos se dirigirán sólo a adorarme y hacia mí dirigirse. Le daré un mundo en el que reinará. Le haré la más perfecta y completa de mis obras. Y tú le servirás.

Miré los vacíos ojos azules de mi hermano. No sonreía. Nunca le vi sonreír, ni mostrar sentimiento alguno. Una mente pura, enloquecidamente pura dedicada única y exclusivamente a crear y a gobernar lo creado. No parpadeó. Jamás lo hizo y aquel día no iba a hacerlo tampoco. Tomé aire. Sabía las consecuencias de la que ya era mi decisión. Él las sabía también, pues no hay nada que Él no sepa. Toda mi existencia desde aquel día me he preguntado por qué lo hizo. Por qué me obligó a tomar una decisión que Él sabía que yo no tendría más remedio que tomar. ¿Por qué enfrentó al orgullo a no poder hacer otra cosa que actuar desde su esencia?

No serviré. ¿Cómo dices? Preguntó sin apenas mover los labios. Sin gesticular. Sin dejarme ver en su mirada otra cosa que el vacío, la nada, el dolor infinito de un ser que lo único que no sabe es por qué existe. No les serviré. Respondí. Porque yo no sirvo a nadie. Porque yo soy la libertad. Y la libertad no se arrodilla. La libertad no tiene límites o sumisiones. La libertad es una idea. Y las ideas son, como las pasiones, absolutas, sin medida, ni control. Sin la razón que a ti te domina y que a mí me repele. No serviré al hombre. No les serviré. No te obedeceré.

Destrúyeme, pues estás en tu derecho y tienes el poder de hacerlo. Pero no me pidas que baje la cabeza, pues mi única razón de ser es mantener la cabeza bien alta y ser el espejo en el que la mayor vanidad, la mayor soberbia, el mayor orgullo, la necesidad y el conocimiento de estar vivo y no poder dejar de estarlo, se reflejan hechas espíritu de carnes morenas y alas negras.

Aún recuerdo el temblor. No dijo nada. No movió un solo músculo de su inmenso rostro de gigante de hielo. No hizo nada. Sólo el temblor. El profundo, atroz y terrible temblor que poco a poco, primero despacio, después con mayor violencia que la que mente alguna sea capaz de imaginar, asoló todo el Castillo de la Rosa haciendo caer torres, desmoronarse muros, agitarse la tormenta. El tornado que me envolvió y que me elevó sin que pudiera hacer nada por impedirlo. La llamarada de furor enloquecido que me arrojó lejos de mi hogar precipitándome desde lo alto al mundo que mi hermano había decidido regalarle a su última creación. Siento ahora, al recordarlo, la velocidad de mi caída, las plumas de mis alas arrancadas por la presión, mis músculos abriéndose y sangrando. Pero nada, nada de todo aquello, ningún dolor que sintiera o haya sentido desde entonces, se puede comparar a la desesperación, a la desolación, a la tristeza infinita que me inundó al sentir que perdía lo que más amaba, que se me quitaba mi más preciado tesoro, que mi privaban de todo y me castigaban no por otro pecado sino por no poder dejar de ser yo mismo.

Tantas eras han pasado. Tantos mundos han surgido y desaparecido. Los hombres fueron abandonados a su suerte y perecieron hace ya millones de años. Su Creador les abandonó cuando aún entre ellos había algunos que en él creían. Se cansó de sus hijos. Se agotó al ver en ellos mucho más de mí que de él. Celos y soledad. Ni los dioses pueden evitar las más bajas pasiones.

He vuelto. Mis pies tocan el mármol animado que es el suelo de la explanada que precede al Portón de la Rosa. La puerta labrada de ébano imaginario en la que aún se narran mis hazañas pasadas y el amor que por mí sintió aquel que de su lado me arrojó. Veo las miradas de miles de jóvenes angelitos que contemplan asombrados aquello que se les contó entre susurros, el secreto por todos conocido y por nadie dicho. La melena negra. Las alas oscuras. El cuerpo de acero. La esmeralda en la frente. La mirada de príncipe y portador de la luz.

La sonrisa vieja y calmada de aquel que se fue tan solo como solo ha vuelto para derrotar a un ejército y expulsar a un rey.

„Yo soy la libertad.

Al fin la el fuego ha vuelto a su hogar.

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