Perdón por las molestias

Art Converter

01.10.2013 | 04:00

Perdone que le moleste pero es que cuando toca hablar del maravilloso mundo del circo artístico me pongo más tenso que el cuello de un cantaor.

El arte occidental, el que conocen la mayoría de nuestros paisanos y que debería ser universal, es para algunos personajes sin escrúpulos el negocio de venderle humo al que tienes delante sin que se intoxique. Que crea que le estás haciendo un favor, que lo times y encima que te dé las gracias.

La creación artística, como la literaria, da mucho juego. Es uno de los campos más amplios del ser humano, o de las personas humanas, como diría más de uno, de los que mucha gente saca su propia tajada. Los primeros de la lista de Schindler y principales son los autoproclamados artistas, en sus multidisciplinares versiones como pintores, escultores, videoartistas, fotógrafos, deconstructores, vanguardistas de talonario, algunos incluso proclaman a los cuatro vientos sin ruborizarse que son todo lo anterior. También están críticos, galeristas, mecenas, y la última moda llegada de ultramar: los comisarios, o lo que es lo mismo, allende de nuestras fronteras: curadores, que no sanadores.

Pero no nos olvidemos de los sagrados jueces que dan rédito y el preciado crédito en el escalafón final, que dejaron atrás su disfunción cultural, que no anal, de años de estudios universitarios el día que les encargaron la gran misión, el día que le compraron un billete en segunda para que fueran a la capital con los bolsillos llenos y la cabeza vacía a traerse de un plumazo todo lo moderno que las arcas pudieran adquirir.

En este país hemos partido del realismo rancio más costumbrista de Gutierrez Solana y Romero de Torres, pasando por la adaptación española de la figuración anglosajona de la mano de Hopper y Hockney al arte más contemporaneo. Ese que si no te lo explican no lo entiendes, pero que tiene que ser buenísimo porque ocupa espacios públicos pagados por todos y porque se los han traido desde la Conchinchina.

Una sociedad no puede evolucionar artísticamente si no lo ha hecho primero en conquistas sociales. No puede uno pasar de las cuatro reglas básicas a las integrales. No se puede subir al tren en marcha sin antes haber sacado el billete porque corres el riesgo de caerte o de que te bajen en la próxima estación. No se puede llegar al arte de concepto sin haber madurado las ideas. Se corre el peligro de vender humo, de intoxicar el ambiente y de perder la calidad innata y necesaria que conforma una obra de arte. Porque no hay manera más fácil de metérsela doblada a alguien que aleccionándolo con el placer que da el hecho de subsanarle su ignorancia. Y claro está, uno, por pudor, antes de admitir que no controla de todo el cuento, se deja engatusar por su magister de turno.

Si Richard Long estuviera viviendo en nuestra amada Lorca, estoy seguro de que al Ayuntamiento de la Ciudad del Sol le hubiera salido más rentable que actuara artísticamente en las ruinas que dejó el devastador terremoto, en vez de la costosa y necesaria rehabilitación. Y sí además estoy más que seguro de que nos hubiera representado en la Bienal de Venecia.

Pero mirándo el lado bueno de las cosas, lo mejor que ha podido pasarle a este mundo de locos en los últimos cien años fue el nacimiento de Marcel Duchamp, quien cambió radicalmente la interpretación objetual, dándole el valor artístico a un elemento creado por el hombre para un fin bien distinto, por el simple hecho de la manipulación desde el punto de vista conceptual y llegar a la creación de una obra maestra. Pablo Picasso ya hacía lo propio en sus cerámicas, Walker Evans lo llevó al extremo en su serie de fotografías de granjeros en Alabama en los años 30. Luego, se desarrolló el concepto opuesto. Crear un objeto artístico para que fuera totalmente funcional. Tenemos el claro ejemplo en Marianne Brandt con su serie de teteras para la Bahuaus. O al italiano Joe Colombo, quien después de la Segunda Guerra Mundial creó una serie de muebles low cost y de producción en masa como sus sillas de tubos de poliuretano. Mucho más cercano tenemos a Chema Madoz con sus fotografías imposibles, de una calidad y genialidad fuera de toda duda razonable. O a Miquel Barceló, con sus arroces temerarios.

Pero el problema viene cuando se te acaba el chollo. Cuando ya no hay tutía, cuando las arcas flojean y cuando papá ya no te da la paga semanal. Los artistas de élite que conforman un grupo cerrado, endémico, que en época de vacas gordas han tenido su propio lobby, un mundo interior, engrasado a la perfección, ahora ven mermados sus ingresos considerablemente.

Es entonces cuando el arte del plágio o de la autorepetición se te puede colar por cualquier sitio; es como el aire a las ventanas correderas de aluminio: al final se cuela. Si pones aluminio en vez de pvc corres el riesgo de que no te cierren bien. Si a un artista de prestigio no le valoras económicamente su trabajo con las cantidades desorbitadas de antaño empezamos a flojear, a ‘reubicar’ las obras anteriores. Claros ejemplos tenemos en el cartel realizado para La Mar de Músicas por Antonio de Felipe o el último de la lista de este verano, el de la Feria de Murcia, creado por Alberto Corazón.

Y la verdad, con esto del arte contemporáneo, uno no sabe qué pensar, y lo que es más peligroso: no sabe qué opinar, pero opina. Yo opino que son un auto-plagio, pero algunos dirán eso de ‘benditos plágios’.

No se está a la última en los circuitos internacionales por exhibir a grandes artistas. Se está a la última en una sociedad que haya alcanzado la mayoría de edad artísticamente hablando con una base cultural muy bien asentada. Es necesario un largo proceso de enseñanza-aprendizaje que pasa por no suprimir las enseñanzas artísticas en la adolescencia, abrir las mentes desde las instalaciones museísticas, una evolución que no descarte a los artistas figurativos, que apoye a artistas que piensen o actúen de manera distinta. Un proceso difícil, pero bien desarrollado no precisaría de artistas foráneos que vengan a mojarnos la oreja. Tengo mis dudas razonables de que nos estamos metiendo de lleno en un mercado de arte de segunda mano. Un mercado de Art converter.

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