Metamorfosis

01.06.2013 | 04:00

Cuando Gregor Samsa despertó una mañana tras un intranquilo sueño se encontró convertido en un monstruoso ciudadano europeo del siglo XXI. Comprobó que todos los alimentos que ingería habían sufrido modificaciones genéticas y cientos de sustancias químicas eran usadas para su elaboración. La ropa que vestía era sintética y fabricada en países del tercer mundo por personas mal pagadas en paupérrimas condiciones. Intentó consolarse viendo un poco la televisión pero sólo encontró un grupo de personas que gritaban y se insultaban enzarzadas en una discusión sobre el posible embarazo de la hija del marido de una cupletista que tuvo un affaire con un jugador de fútbol de segunda B. Gregor sintió en ese momento un fuerte dolor de cabeza.
Fue a tomar una aspirina y corroboró que muchos de sus medicamentos habían sido fabricados por empresas para curar enfermedades que ellas mismas habían inventado. Hubiese ido corriendo a denunciar la gravísima situación a alguno de los políticos de turno pero en ese mismo instante por la pantalla de su televisor de plasma desfilaban docenas de imágenes de políticos corruptos que se hallaban en mitad de algún proceso judicial. Perdió el ánimo y tuvo la magnífica idea de pasear junto al río o leer alguno de sus libros favoritos. Pero en ese instante alguien apareció y le conminó a trabajar sus nueve horas diarias. "Vamos, Gregor", le gritó, "despierta y ponte a trabajar, que luego querrás tener tus felices treinta días de vacaciones". ¿Trabajar como un esclavo once meses para disfrutar de uno? Nunca había sido Gregor brillante en matemáticas pero las cuentas no le salían. "Además", continuó la voz,"hay que pagar el apartamento de cincuenta metros. De aquí a cuarenta años ya será de tu propiedad". Le pareció la idea más estúpida que había escuchado en su vida pero como había que pagar cientos de facturas no tuvo tiempo de razonar y se marchó a trabajar. Además, Gregor sintió pavor al descubrir que todos los aparatos que compraba quedaban obsoletos cada cierto tiempo y tenía que reemplazarlos por otros más modernos y sofisticados. El coche, la ropa, el televisor y el teléfono móvil (un pequeño utensilio que supuestamente había sido concebido para hablar pero que en realidad evitaba que te comunicaras con las personas que tenías a tu lado) pasaban de moda y había que adquirir los nuevos modelos que la publicidad te exigía de forma categórica y constante.
Gregor Samsa trató, al principio, de escapar de la pesadilla posmoderna en la que se encontraba. Pero esta vez, su autor no era Franz Kafka sino la propia realidad contemporánea. Por lo que no tuvo más remedio que ceñirse al guión de la escena narrativa en la que se hallaba sumido.
Siguió su nueva vida. Al principio echaba de menos su antigua etapa de insecto pero nada como la inercia demoledora de la costumbre para derrumbar cualquier atisbo de movilidad en los corazones y producir una especie de procastinación existencial insobornable. Incluso sintió que su vida tenía sentido y que todos los anuncios que emitían por la tele iban dirigidos a él. Olvidó su otra existencia y que era un pringao.

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