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El mañana efímero

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PEDRO GUERRERO Aquella España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía que, en 1913, un profesor de francés, el poeta Antonio Machado, veía desde su ojos críticos, aquella devota de Frascuelo y de María, sería la España sempiterna que pintaba su pluma, frente a lastra España que él nos predecía, la de la rabia y de la idea, porque ya no la volvería e ver mientras yacía en el exilio definitivo de Colliure. Aquella España oscura frente a la clara, que es la misma de hoy, la del vano ayer para la que Machado auspiciaba un poeta, sin saber que el poeta era él mismo, la de un poeta que supo definir la negrura de un mañana vacío.

Por eso, Antonio Machado es un poeta nacional en el sentido al que alguna vez me he referido, porque el tiempo, que es quien pone a cada uno en su sitio, lo ha destinado a ser quien mejor concierta verdad con poesía, por su poética universalidad, porque el mañana que ayer nos decía es el mismo de hoy, el de las mismas hechuras de fiesta social, especialista en mentir y quedarse con lo que queda al alcance de su mano. Ese era el futuro de España, que ora y bosteza, viaje y tahúr, zaragetara. La España inferior que embiste cuando se digna usar su cabeza.

La España de aquel Machado poeta comparada con la que se imagina que sería en el futuro, una España casposa y anticuada que no avanza, sino que se nutre de su propia vanidad y se aleja del resto de Europa, sin rabia ya y sin ideas. Pero aquel poeta que la cambiaría todo no vino después de las palabras de Machado en su regreso sino a desdeñar la verdad, a dejarnos la misma caspa de los viejos poetas tertulianos de las mesas de camilla y el autobombo útil.

No vinieron los poetas de los versos a dentelladas secas y calientes de aquel Miguel Hernández, también asesinado por abandono, como arma de rebelión, sino que ahora se visten como Machado criticaba: amantes de sagradas tradiciones y de sagradas formas y maneras. Todo ya se venera desde las mismas formas que aquella España nacional y católica, de chipirrines y fatuos desfiles de calvas calaveras veneradas y amnistiadas. De aquella literatura no vino el poeta aún, sino que ha florecido el mismo mañana vacío y pasajero, el vacuo ayer que dará un mañana huero.

La España que él imagina en su ´Mañana efímero´ no vino aún, aquí no vive. Aquí aún perdura aquella náusea de borracho ahíto de vino malo, un tiempo estomagante dicho en la tarde pragmática y dulzona. Y aún se espera de la predicción del poeta sevillano que estos tiempos que ya son ya casi cien años de aquello, si se salva el período republicano, de lo efímero casi eterno que nos iba a traer una mañana nueva de España, la España que nace y que él veía en su imaginación poética de la esperanza, la del cincel y de la maza, con una juventud como la que pudo ver desde sus aulas en la pedagógica Segunda República Española, la que desharía toda su rabia y vería nacer otra nueva España, la de aquel mañana nuevo que empezaba a brillar en la mañana con la Institución Libre de la Enseñanza, en aquellos versos a don Francisco Giner de los Ríos, el nuevo amanecer de aquella patria fabricada desde la libertad, la educación y la cultura; aquella, ya no volvió nunca más. Y nos engañaron, nos decepcionaron, nos traicionaron.

Aquella que para Alberti galopaba hasta enterrarlos en el mar y que luego fue sueño sobre sueño, realidad frente a deseo para Luís Cernuda («y un día tú ya libre de la mentira de ellos, me buscarás; entonces, qué ha de decir un muerto») y su presagio definitivo. Y todos quedaron en la idea, con Machado, que una eterna juventud se haría del pasado macizo de la raza que era la misma raza del león español que ya anunciara a Estados Unidos la voz de Rubén Darío. Y se hizo también aquí frente a la bestia fascista, pero tan sólo duró nueve años de los que tres fueron de sangre y tristeza definitiva.

Porque aquella España implacable y redentora, la que alboreaba con un hacha en la mano vengadora, la misma que usara en su grito al viento León Felipe, y Neruda en su sentimental añoranza, fue arrasada por el toro vengativo que pintara Picasso en su Guernica, dejando el día en noche, arrasándolo y matándolo todo. Ahora ya no se mata, sino que te olvidan, pueden dejar morir a un millón de personas a la puerta de un hospital, desnutrir a los niños, desvestir a miles de familias; ponen en el hambre a cientos de miles de personas y te hacen creer que el sentido común es el más común de los sentidos porque la mentira repetida se hace creer entre los españolitos que vinieron al mundo y no los guarda nadie. La burla de aquella España y la fatiga de las familias en el portal del miedo, en la dictadura del miedo, en la sentencia de aquellas mismas palabras de Machado sobre la necedad.

¿Pero qué cantan los poetas hoy, y no sólo los andaluces de Alberti, si cuando cantan parece que están solos? ¿Dónde poesía y verdad? ¿Dónde aquel arma cargada de futuro de Celaya?, ¿dónde los hombres, la terca ventura de un nuevo amanecer de España? Es así que nuestro poeta, el que descubrió aquella Castilla que es la de la miseria y la España mendiga de Goya y la esperpéntica de Valle-Inclán, exaltada por Machado y atrasada por monarquías y gobiernos de la casta más incendiaria y destructora, nos provoca y nos duele, en esa personificación histórica de Antonio Machado, en los vicios pintados de la áfona religión y la inconsciencia, nos retorna a su pesimismo.

Pero ese anémico pesimismo se encontrará alguna vez, también como en Machado, con la otra España, en la que el poeta insiste, la España de la rabia y de la idea, la España rebelde, insumisa, la que no se resigna, la de aquel león español de Darío y la que César Vallejo administró, sacudido por el drama español, con su «matad a la muerte» porque nuestros cadáveres «están llenos de mundo»; tanto como Blas de Otero, al que le quedaba, como a nosotros, la voz y la palabra.

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