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FRANCISCO LUIS VALDÉS-ALBISTUR Con la que está cayendo, prefiero pensar en el periodo estival, ya que la mayoría se encuentra a punto de iniciar sus vacaciones —si es que no lo está ya, como mi vecina—. Suelo aprovechar este periodo para viajar, hacer turismo y dejarme infectar por el «síndrome de Stendhal», también denominado de Florencia. Dicho síntoma se ha convertido en un referente de la reacción romántica ante la acumulación de belleza y la exuberancia del goce artístico. Se denomina así por el famoso autor francés, quien dio una primera descripción detallada del fenómeno que experimentó en 1817, tras su visita a la Basílica de la Santa Croce de Firenze: «Había llegado a ese punto de emoción? me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí». Hoy en día, los psicólogos admiten la influencia del arte en el placer (83%) y en la emoción (62%). El shock jamás cae en olvido. Yo lo padecí la primera vez que te vi —sí, a tí—, e incluso sufrí una recaída el día en que cenamos junto al Ponte di Rialto en Venecia. Su recuerdo acelera mi pulso y estremece mi corazón. (Es hora de cambiar de tercio o acabaré como el galo, al borde del síncope).
En la Edad Media hubo algún tímido destello, tal y como consta en las Partidas de Alfonso X. Los primeros en otorgarse a ellos mismos vacaciones fueron los jueces —para que luego digan—, debido a la poca actividad registrada en los meses de asfixiante canícula.
Posteriormente, se sumaron miembros del clero, quienes, al ser los encargados entonces de la docencia, la normalizaron entre los escolares.
En el XVIII, el gesto se hizo popular entre la aristocratie française, cuyos miembros aprovechaban ese intervalo para desplazarse a otros lugares. El ferrocarril terminó por encumbrar la práctica, generalizando su hábito. Tras la Segunda Guerra Mundial, y como consecuencia de que el Gobierno francés había reconocido el derecho social a las vacaciones pagadas (1936), los días de descanso se extendieron a todos los países. Es entonces cuando podría hablarse de que emergió el sector turístico a la sombra de la costumbre de tomarnos unas vacaciones. ¡Bendita conquista social! Como decía Hubbard, no creo que nadie necesite más unas vacaciones que el que acaba de tenerlas.
En España su extensión depende del status laboral. Y así, para los diputados nacionales y regionales los meses de enero, julio y agosto son inhábiles. El periodo escolar en 2012, según la web de la consejería, concluye el 29 de junio y se inicia el 15 de septiembre (sumen además quince días en Semana Santa y otros tantos en Navidad). Los poco más de dos millones de empleados públicos de este país gozan de un mes, al que hay que añadir de uno a cuatro días según los años de servicio y seis días para asuntos personales sin justificación. En el extremo contrario se encuentran los más de tres millones de autónomos (es curioso que siendo en número más que los funcionarios, tengamos menos derechos), singular ralea de pringaos que trabaja a full, que dirían los argentinos, de la que ningún Gobierno se acuerda y por la que los sindicatos son incapaces de montar una huelga reivindicativa (lo siento, camarada Dólera; es lo que pienso). Como esbozaba, el trabajador autónomo que sea afortunado, se deleitará, a lo sumo, con unos quince días, y creo que exagero. Mientras esto apunto, en TVE el cantante Bisbal declara que no puede pensar en unas vacaciones y que será en diciembre cuando se coja unos días. El almeriense me recuerda a mi padre, al que jamás vi tomarse unos días de asueto y que trabajaba sin descanso mientras un servidor, de junio a agosto, asistía a clases, sin sentimiento de culpa alguno, en el prestigioso King´s College (y todo para acabar luego aquí, y así. ¡Lástima de inversión!).
Por cierto, interesará saber que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea acaba de dictar una sentencia en la que afirma que «un trabajador cuya incapacidad laboral haya sobrevenido durante sus vacaciones anuales retribuidas tiene derecho a disfrutar posteriormente de un período de vacaciones de duración equivalente al de su enfermedad». Cuando estén a punto de concluir sus días estivales, no olviden procurar caer enfermo o hacerse un esguince; eso bastará para alargar el periodo de descanso un poquito más. No es ninguna novedad, según un estudio de una prestigiosa consultora es una práctica recurrente entre el 32% de los funcionarios. Y recuerde, yo no he dicho nada.
De media, los países de Europa Occidental tienen el mayor número de días de vacaciones pagadas del mundo (laborales + fiestas = 34). Según la Guía Mundial de Beneficios y Empleo (Mercer), de 62 países analizados, España con 36 días de media (laborales más festivos) se sitúa por detrás de Austria, Malta (38), Polonia, y Bolivia (37).
Ni que decir tiene que para deleitarse de unas buenas, merecidas, justas y suficientes vacaciones hay que seguir, creo, los consejos de Groucho Marx, para quien la idea de unas perfectas vacaciones era aprovisionarse de una buena pila de libros, y que apelando a la experiencia propia, recomendaba encarecidamente ser rica, inteligente y divertida. En ese caso, y esto lo añado yo, tu vida no será otra cosa que unas satisfactorias y eternas vacaciones (v. gr. Paris Hilton. De acuerdo, puede que no parezca ser muy lista. O quizá sí, pues ¿acaso alguien puede afirmar que esta niñata trabaja? Sin pegar palo al agua no para de divertirse y gana en tres horas, más de lo que yo en un año. ¡snif!). Les deseo unas provechosas vacaciones.
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