JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ-ABARCA
He recibido la noticia de la tardía muerte de la tonadillera para radiofórmulas Whitney Houston (tardía muerte porque lo anómalo es que no hubiese pegado el esclavejío mucho antes, dada su rigurosa dieta tóxica) con absoluta conmiseración humanista: no celebro la muerte de ningún ser vivo, a no ser que este ser vivo tiranice o corrompa a los pueblos. Quizás sería exagerado decir que la Houston tenga toda la culpa de la mala marcha del mundo. Ha sido, qué duda cabe, una pérdida, aunque artísticamente no irreparable. La ausencia de Whitney Houston en la música es en todo equivalente al hueco que dejaron Milli Vanilli cuando saltó el escándalo de que en realidad no cantaban ellos y que además sus ojos verdes eran lentillas. Algo de lo que quizá nos sobrepongamos uno de estos días.
La Houston está en el imaginario colectivo porque algunas experiencias es difícil extirparlas del pasado, sobre todo si te las repiten cincuenta veces al día en el presente. Aquella repelente película El guardaespaldas, junto al sospechoso habitual Kevin Kostner (que no es el nombre de pila de la mitad de los alumnos de la ESO, sino de un actor) fue una de aquellas experiencias de los años 90 que dos décadas después aún concitan teorías conspiranoicas (¿Por qué? ¿Pará qué? ¿A quién beneficia? ¿Dónde te encontrabas aquel día? ¿Estaba implicado en esa filmación el Pentágono, la masonería y el club Rotario?). El guardaespaldas era en realidad un indisimulado remake de Mandingo, aquella peli setentera donde una ama, una ´massa´ blanca requería las prestaciones de un sudoroso esclavo negro. Hubo un tiempo en que al pene se le llamó popularmente ´la mandinga´. Costner y Houston se intercambiaron papeles: la ama negra era ella y el sudoroso esclavo blanco, él. No sé de qué parte quedó la mandinga (el guardaespaldas Costner lucía un ostensible bulto durante la película, pero por puritanismo se ordeno localizarlo sólo bajo el sobaco). Desde entonces la humanidad no pudo esconderse en ningún sitio sin que la confitería líquida del karaoke de Whitney la persiguiera, con esa licuefacción del I will always love you que la neumática Dolly Parton cantaba con infinitamente más ´esprit"´, más gallardía, y más hombría.
Los medios, tan dispuestos en su imparable decadencia no a informar al público desavisado, sino a escribir por su halitósica boca, hablan de una cantante «legendaria e innovadora», pero eso sólo se puede aplicar a su madrina y a su tía: la inconmensurable Aretha Franklin y, en menor medida, la refinadísima, ésta sí, Dionne Warwick. A su lado, Whitney era sólo una natilla descremada y macarrilla, Vanilli sin el concurso de Milli. Las tragedias de la música, dicen. Pero soy de los que cree que desde Elvis no se muere nadie. Aquello sí fue un muerto.