JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ-ABARCA
Si habla como un pato, anda como un pato y parece un pato, entonces es un pato, dice el refrán político estadounisense. Si no hablaba como un juez, no andaba por la vida como un juez y no se parecía en nada a un juez, entonces no era un juez, podríamos decir de Baltasar Garzón.
Todo en la vida y obra de Garzón era precisamente lo contrario de aquella profesión que decía ejercer. Juez, Garzón no lo fue nunca. La Ley no fue jamás el fin sino el instrumento para otra cosa (donde no llegaba el instrumento echaba mano de esa pestilencia conceptuosa llamada ´buena fe´ o ´el ideal´, causa de los mayores atropellos del mundo aunque a este respecto Garzón ha sido ¡con lo que es él! más cuidadoso, y ahora el Tribunal Supremo ha resuelto sencillamente la contradicción. Nunca fue un servidor del Derecho, sino que el Derecho fue su servidor.
Su ´valet´, para ser exactos. El único que mandaba en casa era él. Ha sido el alumno no sé si más preclaro pero sí desde luego más iluminado del llamado ´uso acompasado del Derecho´, antes conocido por ´uso alternativo´. Las togas debían mancharse con el polvo del camino, dijo un Fiscal General. Y si llovía, revolcarse en el cieno.
Donde no llegaba la manga del Derecho llegaba la larga mano del tenido como juez. La manga siempre andaba escasa, aunque no los dedos, cuando se dirigía a Botín como «querido Emilio» para pedirle una derrama. España, con Garzón dentro, no era un Estado garantista sino aleatorio. Los días amanecían dependiendo de donde se posara la luenga vista este tipo, que creía que, de no ser porque no existe, Dios sería de Jaén porque los jueces pueden nacer donde les dé la gana. Sin embargo, para retirarlo de la carrera sus colegas han ido a elegir una minucia. Dice el Tribunal condenatorio que en la jurisprudencia del Supremo «no hay un caso similar», en el que un juez ordene escuchas ilegales indiscriminadas. Afirmación interesantísima. No sé en el Supremo, pero en provincias es práctica no muy inhabitual en jueces, y hasta en fiscales gubernativos. Hay que poner, inevitablemente, en relación lo de Garzón y lo que ocurrió en Murcia con el caso Torre Pacheco, en 2008. Aquel juzgado número 4 de San Javier que ordenó a la Policía pinchar a media Región, sospechosa o no, para un asunto que ni existía.
Aquellas conversaciones crudas, cuando no ´porno´, de gente sin relación con el caso que pasaba por allí, filtradas por la Policía (que no las utilizó, pero las supo, algo también penado ahora por el TS).
Es realmente extraño: no he visto que ningún otro juez, o jueza, ni fiscal de la provincia, hayan precedido a Garzón caminito de las vacaciones permanentes. ¡Con la ilusión que le haría a algunos un editorial en The New York Times clamando porque en Murcia sigue vivo, y bien, el franquismo!